Un virus desmonta el mito del individualismo

Los seres humanos evolucionamos para ser interdependientes, no autosuficientes.

[ELLEN WEINSTEIN]

En la vida prepandémica, muchos estadounidenses padecían un dolor sordo pero constante, causado por el alto precio de la vivienda, el difícil acceso a la atención sanitaria, la escasez de recursos en educación, el estancamiento salarial y la desigualdad sistémica. Era una dolencia conocida, una especie de afección crónica con la que la gente había aprendido a vivir sencillamente porque no le quedaba más remedio. Frente a una red de protección social deshilachada y unos valores culturales que defienden el mito nacionalista de la autosuficiencia, muchos hacían lo mismo que ha hecho siempre el ser humano en tiempos de necesidad: buscar el consuelo emocional y la ayuda material de sus familiares y amigos. Pero cuando golpeó la COVID-19, apoyarnos en nuestro círculo de allegados se tornó insuficiente. A los estadounidenses se les persuade de que son inmensamente fuertes, inmunes a los desafíos que afrontan los habitantes de otros países. Pero la realidad muestra que sus sistemas de asistencia social y económica son frágiles, y muchas personas son vulnerables a casi cualquier cambio en su medio de subsistencia. Las secuelas de la pandemia constituyen un llamamiento urgente para reforzar los programas de ayuda.

Los antropólogos saben desde hace tiempo que la humanidad se distingue por sus niveles excepcionales de sociabilidad, cooperación y cuidado comunitario, que nos separan de nuestros parientes vivos más próximos, los chimpancés y los bonobos. Esta interdependencia ha resultado clave en nuestro éxito como especie. Visto así, tenemos el mandato evolutivo de ser generosos y cuidarnos unos a otros. Pero, a diferencia de los humanos primitivos, que vivían en grupos relativamente pequeños, no podemos limitarnos a confiar en la ayuda de nuestra familia y amigos cercanos. Debemos invertir en políticas nacionales de atención comunitaria que faciliten a las personas necesitadas el acceso a los recursos, con arreglo al tamaño y la complejidad de las sociedades globalizadas actuales.

En cierto sentido, lo enmarañado de nuestra vida cotidiana nos volvió aún más vulnerables a un virus de transmisión aérea que exigía aislamiento social, y la aparente normalidad saltó por los aires en la primavera de 2020. La nueva cotidianidad impuesta por la COVID-19, que implicaba el uso de mascarillas, el distanciamiento social, los confinamientos y el cierre de colegios, nos obligó a abandonar nuestros instintos más básicos y a alejarnos de los familiares y amigos próximos. Se desgarró el tejido social del que todos dependemos.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso a la revista?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.