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Imperios y Estados aliados con la ciencia

Los orígenes del apoyo gubernamental a la investigación.

Militares y científicos reunidos en una entrega de premios en 1945 en el laboratorio de Los Álamos, sede del proyecto Manhattan de desarrollo de armas nucleares. Las tres flechas rojas indican, de izquierda a derecha: J. Robert Oppenheimer (director del laboratorio), el mayor general Leslie Groves (director del proyecto) y Robert Gordon Sproul (presidente de la Universidad de California). [LABORATORIO DE LOS ÁLAMOS/WIKIMEDIA COMMONS/DOMINIO PÚBLICO]

A finales de agosto de 1609, el astrónomo italiano Galileo Galilei describió vivamente en una carta al hermano de su mujer la rápida sucesión de acontecimientos de aquel verano. Apenas unas semanas antes, tras alcanzarle rumores sobre la invención de un anteojo en Flandes, Galileo había construido una versión mejorada que, a su vez, desencadenó nuevos rumores. El Senado de Venecia le pidió una demostración. Galileo alardeaba en su carta de que «muchos nobles y senadores» no habían dudado en «subir a los más altos campanarios de Venecia para avistar velas y buques tan lejanos que, sin el anteojo, no se hacían visibles sino horas después». El Senado le concedió inmediatamente una cátedra vitalicia en la Universidad de Padua, dotada con el respetable salario anual de 1000 florines.

Eso no era más que el principio. Galileo dirigió a continuación su telescopio al cielo y descubrió, entre otras cosas, cuatro lunas que orbitaban Júpiter. Las denominó astutamente Estrellas Mediceas en honor a Cósimo II de Médici, Gran Duque de la Toscana. La jugada funcionó: antes de que hubiera transcurrido un año desde que describiera en su carta el éxito alcanzado en Venecia, fue nombrado filósofo natural de la corte de los Médici en Florencia, un puesto mejor pagado y sin obligaciones docentes.

Galileo sabía cómo convencer a senadores y nobles para que apoyaran sus trabajos. Su habilidad para enlazar un benefactor con otro recuerda a la de los actuales emprendedores científicos. Sin embargo, una nueva relación entre ciencia y política empezó a forjarse en varias partes del mundo unos 250 años después.

 

La construcción de imperios

En las décadas centrales del siglo XIX, el Imperio británico se extendía sobre la cuarta parte de la superficie terrestre y ejercía su dominio sobre una cuarta parte de la población mundial. Destacados políticos británicos, entre los cuales se contaban antiguos y futuros primeros ministros, querían promover la ciencia y la tecnología. En la década de 1840, Robert Peel, Benjamin Disraeli y William Gladstone, entre otros, contribuyeron con fondos propios a la fundación del Colegio Real de Química, seguros de que la investigación en este campo beneficiaría a la nación. Dos decenios después, muchos investigadores se esforzaban por materializar este tipo de acuerdos. Numerosas universidades del Reino Unido construían laboratorios, con la confianza de que la medición precisa de las magnitudes físicas iba a impulsar el conocimiento científico y el desarrollo industrial.

La electrificación, la telegrafía, la expansión del ferrocarril y la producción a gran escala de acero caracterizan la segunda revolución industrial, que se inició hacia 1870. Cada uno de estos desarrollos requería unidades y medidas estándar. Investigadores como James Clerk Maxwell y William Thomson (lord Kelvin) aportaron sus conocimientos de electromagnetismo y termodinámica a las comisiones gubernamentales en las que participaban, creando nuevas sinergias para abordar los retos de las comunicaciones transatlánticas, los estándares de electricidad, la navegación oceánica y la energía del vapor.

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