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La increíble diversidad de las aves canoras

Descubren un extraño cromosoma que habría favorecido la evolución de nuevos rasgos.

Entre las especies de aves canoras que poseen el cromosoma extra están el diamante de Gould (1), el carricero de Blyth (2), la alondra común (3), el camachuelo común (4), la graja (5), el jilguero lugano (6), el canario común (7) y el escribano cabeciblanco (8). [Cyril Laubscher, Getty Images (1); Oleg Minitskiy, Getty Images (2); Les Stocker, Getty Images (3); Reinhard Holzl, Getty Images (4); Kim Taylor, Getty Images (5); ALAMY (6); Fernando Sánchez de Castro, Getty Images (7) y Hanne y Jens Eriksen, Nature Picture Library (8)]

Cuando un pedazo de roca espacial llameante de 10 kilómetros de ancho cayó sobre lo que hoy es el Golfo de México, hace 66 millones de años, provocó una amplia devastación que aniquiló a más del 75 por ciento de las formas de vida presentes en la Tierra. El asteroide Chicxulub, que es el nombre que se le dio a dicha roca, es más conocido como el asesino de los dinosaurios. Pero, aunque condenó a la extinción a Tyrannosaurus rex y a Triceratops, a los saurópodos y a los hadrosaurios, el asteroide colocó en la casilla inicial del camino que le conduciría hacia la gloria a un linaje de dinosaurios: el de las aves modernas.

Las aves iniciaron su camino hace más de 150 millones de años, evolucionando a partir de los dinosaurios carnívoros llamados terópodos, y alcanzaron un impresionante grado de diversidad durante los primeros 85 millones de años de su existencia. Pero los antepasados de las aves actuales (del linaje de las neornitas) eran simples actores secundarios en comparación con el protagonismo de aves arcaicas como las enantiornitinas, que eran las que llevaban la voz cantante. Sin embargo, cuando cayó el asteroide, la suerte de las aves neornitas cambió. El impacto provocó la extinción de todos los dinosaurios no avianos y de la mayoría de las aves. Solo las neornitas resistieron al suceso apocalíptico. Este conjunto de supervivientes daría lugar a una de las radiaciones evolutivas más grandes de todos los tiempos.

En la actualidad, existen más de 10.000 especies de aves, lo que las convierte en la segunda clase de vertebrados vivos con más número de especies, superada solo por la de los peces óseos. Las hay de toda forma y tamaño: desde el avestruz terrestre, que puede pesar más de 135 kilogramos, al siempre zumbador colibrí zunzuncito, de menos de dos gramos. Han colonizado prácticamente toda porción de tierra y agua del planeta, de los sofocantes trópicos a los polos helados. Y se han diversificado hasta llegar a cubrir un amplio espectro de nichos según su alimentación, desarrollando adaptaciones que les permiten comer de todo, desde algas microscópicas hasta mamíferos de gran tamaño.

Resulta increíble que casi la mitad de esas especies sean cantoras, caracterizadas por un órgano especial para la fonación. El grupo incluye a currucas, canarios, alondras y otros cantadores melifluos, pero también a los estridentes —para el oído humano— cuervos y sus parientes. Para situar esa cifra en perspectiva, diremos que existen aproximadamente tantas especies vivas de aves canoras como las que hay de mamíferos.

¿Cómo consiguió este grupo particular de aves ser tan extraordinariamente diverso? Los biólogos llevan buscando desde hace tiempo una respuesta, y han estado explorando el registro fósil y las secuencias de ADN de las aves modernas en busca de pistas. Pero, al margen de ubicar el origen de las aves canoras (Australia), gran parte de estos estudios habían arrojado resultados no concluyentes o contradictorios. Seguían sin conseguir una imagen detallada de dónde y cuándo se separaron los linajes que condujeron a las aves canoras modernas —y, en consecuencia, los factores que impulsaron esta radiación.

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