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La sorprendente inteligencia de las aves

Algunas aves usan útiles y se reconocen ante el espejo. ¿Cómo un cerebro tan diminuto logra tales proezas?

Una urraca examina su reflejo en la recreación de un experimento de autorreconocimiento. [TIM FLACH]

En síntesis

Entre otras aves, los córvidos y los psitácidos demuestran poseer una cognición compleja que abarca el razonamiento causal, la flexibilidad mental, la planificación, la inteligencia social y la imaginación.

Tales capacidades han sorprendido a muchos investigadores, que no las esperaban en las aves a causa del reducido tamaño de su encéfalo y de la carencia de corteza cerebral.

Esa pequeñez la compensan con una densidad neuronal mucho mayor. De modo independiente, aves y mamíferos han desarrollado redes neuronales y regiones cerebrales similares que desempeñan funciones cognitivas.

En mi laboratorio de la Universidad del Ruhr en Bochum, procedimos a sacar a Gerti de su jaula. Con la cabeza encapuchada, le colocamos a nuestra urraca (Pica pica) una pequeña pegatina amarilla sobre el plumaje negro de la garganta, que por su ubicación no podía ver. A continuación, la introdujimos en una jaula de prueba provista de un espejo grande y la dejamos sola sin la capucha antes de pasar a la sala aledaña, donde la observamos a través de un monitor de TV. Primero miró el espejo y, de inmediato, trató de arrancársela con frenesí rascándose la garganta y restregándose contra el suelo. Conseguido al fin, se contempló ante él para serenarse. En los simios superiores, semejante conducta se considera demostrativa del reconocimiento de sí mismo. Hasta entonces, era inédita en un ave.

Recuerdo que aquel día de 2006 estábamos exultantes, pero tuvimos que hacernos la pregunta obvia: ¿y si andábamos equivocados? ¿Se la habría arrancado simplemente por una sensación extraña en la garganta? Nuestro equipo de Bochum, formado por Helmut Prior, Ariane Schwarz y por mí mismo, volvió a poner a prueba a Gerti en condiciones idénticas, excepto que ahora llevaría una pegatina negra apenas visible sobre el plumaje del mismo color. En otras condiciones comparativas le adosamos una amarilla pero sin poner a su disposición un espejo. En ningún caso intentó arrancárselas. El comportamiento aversivo tuvo lugar solo cuando pudo ver en el espejo la llamativa pegatina sobre el plumaje. Otras urracas se comportaron de modo similar, por lo que llegamos a la conclusión de que esta especie de córvido parecía saber que estaba viendo su reflejo en el espejo.

Aparte de los humanos, son contados los mamíferos de cerebro voluminoso que han mostrado esos indicios de autorreconocimiento: el chimpancé, el orangután, el elefante indio y el delfín mular son ejemplos. Esa capacidad de la urraca para reconocerse ante el espejo es solo uno de los numerosos aspectos de la cognición compleja que de un tiempo a esta parte se han descubierto en los córvidos y en los psitácidos (papagayos). Tales descubrimientos remueven la secular teoría dominante de que semejante aptitud exige poseer una corteza extensa, la capa exterior del prosencéfalo. Puesto que las aves carecen de ella, no deberían destacar en el autorreconocimiento ni en otras pruebas cognitivas. Durante las últimas dos décadas, el estudio sobre la cognición en estos vertebrados ha revelado cómo fisiologías tan distintas como la del cerebro aviar y la del cerebro humano pueden, en el curso de cientos de millones de años, dar lugar a facultades cognitivas asombrosamente parecidas que conforman la base del aprendizaje de alto nivel, la conciencia de uno mismo y la toma de decisiones.

Modalidades de la evolución cognitiva

Para entender por qué los biólogos creen que las aves carecen de tales aptitudes, hemos de remontarnos a finales del siglo XIX, al laboratorio de neuroanatomía de Ludwig Edinger, en la Universidad Goethe de Frankfurt. Edinger, que vivió entre 1855 y 1918, dedicó su labor científica a trazar la evolución del cerebro y de la mente de los vertebrados. Comparaba el proceso evolutivo con una pirámide escalonada en cuya base se situaban los peces con sus caracteres primitivos, que ascendía en complejidad con los anfibios, los reptiles y las aves hasta culminar en los mamíferos. Descubrió que los componentes más básicos del encéfalo siempre habían existido en los vertebrados.

Ahora bien, una gran región de este, el cerebro, parecía haber experimentado grandes cambios evolutivos que posiblemente explicaban la expansión de las capacidades cognitivas. El cerebro consta de dos grandes partes: el palio (del latín pallium, «manto») y el subpalio, situado debajo. El palio de los mamíferos está constituido en su mayor parte por la corteza (sede principal de la cognición en dichos animales), si bien engloba otros elementos más pequeños, como la amígdala y el hipocampo. En cambio, el subpalio semeja una masa homogénea de neuronas que almacena y después activa patrones de movimiento aprendidos. La situación en las aves es radicalmente distinta. Si un observador sigue el esquema anatómico definido por Edinger, verá que el palio guarda una estrecha semejanza con el subpalio. El neuroanatomista confundió gran parte de aquel con este y llegó a la conclusión de que las aves poseían un subpalio enorme y un palio diminuto, por lo que sus capacidades cognitivas debían de ser muy limitadas.

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