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Las cartas familiares de Heinrich Hertz

El camino a las ondas hertzianas.

HEINRICH RUDOLF HERTZ (1857-1894). [COLECCIÓN WELCOME/CC BY 4.0]

Si Isaac Newton fue afortunado porque logró lo que ya nadie podría en el futuro repetir —ver que lo que une a los planetas y hace caer a los cuerpos hacia la superficie de la Tierra es la misma fuerza, y formular las ecuaciones básicas de la dinámica y de la teoría de la gravitación, aunque siglos después estas se viesen mejoradas gracias a Albert Einstein—, otro tanto se puede decir de James Clerk Maxwell, que desarrolló el conjunto de ecuaciones que rigen el comportamiento de la interacción electromagnética y que hoy denominamos, en su honor, «ecuaciones de Maxwell». Con su teoría del campo electromagnético, o electrodinámica, Maxwell logró, además, unir en un mismo marco teórico la electricidad, el magnetismo y la óptica. Los dos primeros no son sino diferentes manifestaciones de un mismo sustrato físico, electromagnético, como demostró poco menos de medio siglo después con mayor claridad Einstein, al formular la teoría especial de la relatividad. Y los fenómenos ópticos, como la luz, resultaron no ser sino ondas electromagnéticas, algo que advirtió el propio Maxwell.

Sin embargo, los resultados teóricos de Maxwell estaban en su tiempo muy por delante de los conocimientos experimentales. Como él mismo señalaba, restaba por demostrar que los efectos electromagnéticos se transmitían mediante ondas que se propagaban a la velocidad de la luz. Fue un discípulo de Hermann von Helmholtz quien lo consiguió: Heinrich Hertz (1857-1894).

Múnich: de la ingeniería a la ciencia

Tendemos a pensar que los grandes científicos, aquellos que dejaron una huella imborrable, tenían claro desde el principio que a lo que querían dedicarse era a la ciencia, a hacerla avanzar mediante sus investigaciones. Pero no siempre ha sido así. Paul Dirac, por ejemplo, uno de los creadores de la mecánica cuántica, estudió ingeniería eléctrica en Bristol, y se graduó en 1921. Algo similar le ocurrió al protagonista de este artículo.

Hertz llegó a Múnich, en octubre de 1877, para comenzar sus estudios en la Escuela Politécnica. Sin embargo, no tardó mucho en darse cuenta de que no quería ser ingeniero, sino científico. Explicó por qué tomaba esta decisión en una carta que escribió a sus padres el 1 de noviembre de 1877:

Puede que os sorprenda que esta carta siga tan rápidamente a la anterior; no pretendía escribir tan pronto, pero esta vez se trata de un asunto importante que no permite un largo retraso. Es para mí una confesión vergonzosa, pero debo hacerla. Querría cambiar de caballos ahora, en el último momento, y dirigirme a las ciencias de la naturaleza. En este semestre llego a un cruce de caminos donde debo bien dedicarme a ellas completamente o dejarlas y abandonar toda pérdida de tiempo superflua con ellas, si no quiero descuidar mis estudios y convertirme en un ingeniero mediocre. Cuando recientemente me di cuenta de esto, mientras organizaba mi plan de estudios, y, además, sin sombra de duda, mi primer pensamiento fue renunciar a todas las innecesarias preocupaciones sobre las matemáticas y las ciencias de la naturaleza; pero entonces me di cuenta de repente que no podía hacerlo, que hasta entonces solo me había ocupado de estas materias y que únicamente pensaba en ellas —todo lo demás me parecía anticuado— y me di cuenta de esto tan de repente que quería haber saltado y escribiros de inmediato, pero me contuve durante unos pocos días y lo medité. Y no pude llegar a otra conclusión. No puedo comprender por qué no me di cuenta antes, ya que incluso cuando vine aquí era con la mejor intención de estudiar matemáticas y ciencias de la naturaleza y sin pensar en absoluto en agrimensura, construcción de edificios, materiales de construcción, etcétera, que se suponía debían ser mis temas principales. También es una pena que la idea no se me ocurriera mientras estaba en casa, porque entonces podríamos haber hablado de ella y hacer planes mejores que ahora; pero ¿para qué sirve pensar en esto? Ya no puede ayudar. También me he repetido a mí mismo algo que había pensado antes a menudo, que mejor ser un científico importante que un ingeniero importante, aunque sea preferible ser un ingeniero no importante que un científico no importante. Y, ahora que estoy en el borde, creo que lo que dijo Schiller es verdad: «Si no te atreves a arriesgar tu vida, nunca puedes esperar ganar la batalla», y que sería una locura tomar demasiada precaución. No se me escapa el hecho de que convertirme en ingeniero me daría antes una seguridad y lamento que probablemente tendré que depender de vuestra ayuda, querido papá, mucho más tiempo que si siguiera el otro camino. Pero todo esto es superado por una cosa: que siento que puedo dedicarme completamente y con entusiasmo a las ciencias de la naturaleza y que estas me harán sentirme realizado, y me doy cuenta ahora de que las que se denominan ciencias de la ingeniería no son suficientes para mí y que constantemente estoy buscando ocupaciones adicionales.

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