El origen de la tartamudez

Las conexiones neurológicas y los genes se encuentran detrás de este trastorno del habla, para el que se están investigando varios tratamientos innovadores.

Lee Reeves, que es tartamudo, vocaliza tres sonidos que le hacen trastabillar: «l» (izquierda), «w» (centro) y «st» (derecha). Reeves afirma que relajarse mientras forma los sonidos le ayuda a trabarse mucho menos. [FOTOGRAFÍAS DE ANTHONY FRANCIS]

En síntesis

En los últimos años se ha establecido que la tartamudez está asociada a pequeñas variaciones en la estructura y función del cerebro, y además posee un componente genético.

Esta constatación está inspirando nuevos tratamientos, desde fármacos que actúan sobre los receptores de dopamina hasta la estimulación cerebral con pequeñas corrientes eléctricas. La consigna es actuar cuanto antes.

También se estudian otras incógnitas en torno a la tartamudez, como cuál es el papel que desempeñan los genes implicados o por qué en unas personas remite y en otras se cronifica.

Lee Reeves siempre quiso ser veterinario. Una buena mañana de sábado, cuando aún iba al instituto en las afueras de Washington D.C., acudió a pedir trabajo a una clínica cercana a su domicilio. La recepcionista le dijo que el veterinario estaba demasiado ocupado para recibirlo, pero Reeves no se dio por vencido y se quedó esperando. Al cabo de tres horas y media, tras haber pasado consulta a todos los pacientes caninos y felinos, el veterinario salió y le preguntó en qué podía ayudarlo.

Reeves, tartamudo desde los tres años, tuvo problemas para responder. «Le dije como pude que quería trabajar allí y me preguntó cómo me llamaba», rememora. «No habría sido capaz de pronunciar mi nombre aunque mi vida hubiera dependido de ello.» El veterinario acabó por acercarle un papel y le pidió que anotara su nombre y número de teléfono, aunque le advirtió que no había ninguna vacante. «Aquella mañana me marché de esa clínica pensando que mi vida se había acabado», asegura Reeves. «Ya no es que nunca fuese a ser veterinario, es que ni siquiera me contratarían para limpiar las jaulas.»

Ha pasado más de medio siglo. Ahora Reeves tiene 72 años y se ha convertido en un activo defensor de las personas con trastornos del habla en EE.UU., pero aún recuerda como si fuera ayer la frustración y la vergüenza que sintió aquel día. El relato ilustra lo difícil que resulta ser tartamudo. Desde el punto de vista médico, la disfemia o tartamudez es una alteración de la fluidez verbal, aunque el esfuerzo físico y los efectos emocionales que suelen acompañarla han hecho que se atribuyera erróneamente a defectos en la lengua o la laringe, problemas cognitivos, traumas psicológicos o nerviosismo. También al hecho de forzar a los niños zurdos a usar la mano derecha o (la explicación más desafortunada de todas) a una mala crianza. Los psiquiatras freudianos creían que representaba un «conflicto oral sádico», en tanto que los conductuales sostenían que etiquetar a un niño como tartamudo exacerbaría el problema. A los padres de Reeves les dijeron que no pensaran demasiado en su tartamudez: con el tiempo, desaparecería por sí sola.

Todos estos mitos e ideas erróneas han sido refutados. En los últimos veinte años, y sobre todo desde hace cinco o diez, un creciente número de investigaciones han establecido que la disfemia tiene una base biológica. En concreto, parece ser un trastorno del neurodesarrollo que surge en los primeros años de vida, cuando los niños están aprendiendo a hablar. Así le ha ocurrido a la mayoría de los más de 70 millones de personas de todo el mundo que tartamudean. En su cerebro se han descubierto pequeñas variaciones estructurales y funcionales que afectan a la fluidez del habla. Las personas tartamudas presentan diferencias en la conectividad neuronal, cambios en la integración de los sistemas vocal y nervioso motor, y alteraciones en la actividad de neurotransmisores esenciales como la dopamina.

También confluye un componente genético: se han identificado cuatro genes que aumentan drásticamente la probabilidad de padecer el trastorno. Del mismo modo que el parpadeo de una bombilla a veces no se debe a un defecto del filamento, sino a una avería en el cableado de la habitación, todas esas diferencias conducen a lo que los neurocientíficos describen como un problema en el conjunto del sistema encefálico.

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