Enanas marrones

A medio camino entre las estrellas y los planetas, las enanas marrones están ayudando a resolver misterios sobre ambos.

Recreación artística de una enana marrón. [MARK ROSS]

En síntesis

En la galaxia existen astros que no pueden clasificarse como estrellas ni como planetas. Conocidos como «enanas marrones», fueron descubiertos a finales del siglo pasado. Hoy se sabe que son casi tan abundantes como las estrellas.

En las últimas dos décadas los astrónomos han logrado esclarecer numerosas características de estos objetos. Su mecanismo de formación es similar al de las estrellas, pero son demasiado pequeños para sustentar procesos de fusión nuclear.

La atmósfera de las enanas marrones puede presentar nubes compuestas de minerales y, al igual que los planetas gigantes gaseosos, suelen exhibir campos magnéticos y auroras. Se cree que estos astros podrían incluso albergar sus propios planetas.

«Respira, respira», me repetía como un mantra. A 5600 metros de altitud, mi cuerpo reclamaba oxígeno y tenía que concentrarme en llevar suficiente aire a los pulmones. Estaba en la cima del Cerro Toco, un estratovolcán que domina el llano de Chajnantor, en Chile. Esta meseta alberga el Gran Conjunto Milimétrico/Submilimétrico de Atacama (ALMA), uno de los principales radiotelescopios del mundo. Entre la tenue atmósfera y el árido terreno rojo de la montaña, me sentía como si estuviera en Marte. Mis colaboradores y yo estábamos comprobando las condiciones atmosféricas del Cerro Toco. Si eran lo bastante buenas, tal vez justificaran los retos técnicos de construir un observatorio en un lugar tan elevado y remoto.

La atmósfera terrestre es un problema para los astrónomos, y las nubes frustran a más de un observador. La turbulencia atmosférica difumina la luz de las estrellas, haciendo que parezcan bailar y titilar cuando están cerca del horizonte. Las moléculas de agua y dióxido de carbono presentes en la atmósfera absorben la luz estelar incidente, sobre todo la infrarroja. Pero, dado que más de la mitad del aire de la Tierra se encuentra por debajo de la cima del Cerro Toco —como mis ardientes pulmones se empeñaban en recordarme—, esperábamos que un nuevo telescopio infrarrojo instalado allí pudiera realizar nuevos y emocionantes descubrimientos.

El espíritu aventurero que me había llevado a esa cumbre había despertado mi fascinación por la astronomía infrarroja: el estudio del cosmos en longitudes de onda demasiado largas para ser percibidas por el ojo humano. Esta luz suele proceder de los objetos más tenues y distantes que podemos observar. Entre los astros que se distinguen mejor en el infrarrojo se encuentran las enanas marrones. Cuando hice mi doctorado, a principios de la década de 2000, estos objetos se acababan de descubrir y representaban todo un misterio. Llegué a sentirme cautivada por esos extraños orbes que, en cuanto a su clasificación, ocupan una zona limítrofe entre las estrellas y los planetas. Me preguntaba dónde y cómo se habían formado y cómo eran. E investigando sobre ellas aprendí que, además de ser fascinantes en sí mismas, las enanas marrones constituyen un importante puente para entender mejor tanto los planetas como las estrellas, ya que poseen temperaturas y masas intermedias entre las de ambos.

Años después, quienes investigamos las enanas marrones disfrutamos de un momento dulce: aún quedan muchos de estos astros por descubrir, y podemos aprovechar la profusión de estudios anteriores para desvelar nuevos detalles de los procesos físicos que ocurren en ellos. Por fin disponemos de las herramientas técnicas necesarias para estudiar su atmósfera, así como la velocidad a la que rotan y la de sus vientos. Y también para determinar si podrían incluso albergar planetas propios.

Eslabón perdido
La mayoría de las estrellas obtienen energía a partir de la fusión del hidrógeno, un proceso sorprendentemente estable que mantiene las estrellas ardiendo a la misma temperatura y con el mismo brillo durante miles de millones de años. Pero si una aspirante a estrella no llega a alcanzar temperaturas o presiones lo bastante altas para sustentar la fusión del hidrógeno, se convertirá en una enana marrón: un astro con una masa máxima del 8 por ciento de la del Sol, o unas 80 veces la de Júpiter.

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