Evolución de la alimentación canina

Las heces fosilizadas contienen pistas sobre los cambios que experimentó la digestión de los perros.

THOMAS FUCHS

La transición desde la caza y la recolección hasta la agricultura no solo alteró la evolución humana, sino la de nuestro compañero más fiel, el perro. Greger Larson, arqueólogo de la Universidad de Oxford, considera que las heces petrificadas, o coprolitos, son una fuente de información extraordinaria sobre el modo en que la alimentación condicionó el proceso. «Son instantáneas del intestino de cada individuo.» El reciente análisis de 13coprolitos caninos de la Edad del Bronce ha revelado que la alimentación a base de cereales modificó el microbioma intestinal del perro, lo que pudo tener consecuencias en su domesticación.

Los autores secuenciaron el ADN de los fósiles, de entre 3600 y 3450 años de antigüedad, hallados en un yacimiento perteneciente a una antigua comunidad agrícola del noreste de Italia. En comparación con el de un perro actual, el ADN canino extraído de los coprolitos contenía menos copias del gen de la amilasa, una proteína digestiva que descompone el almidón en el intestino. Muchos lobos ni siquiera poseen una copia, por lo que los expertos atribuyen tal disparidad respecto al perro doméstico a la sustitución de la alimentación predominantemente carnívora por otra rica en cereales.

No obstante, además de las proteínas del propio animal, los microbios intestinales también intervienen en la digestión. Al secuenciar los restos de ADN microbiano hallados en las heces fósiles, los autores encontraron rastros de bacterias que sintetizan amilasas en gran cantidad. El genoma canino no había completado la adaptación a los cereales cultivados con que sus domesticadores humanos los alimentaban, «así que los microbios lo complementaron», explica el microbiólogo de la Universidad de Bolonia Marco Candela, autor principal del estudio, publicado en iScience.

Si bien los microbiomas fósiles arrojan luz sobre un estadio intermedio entre el lobo y el perro, la domesticación no fue un simple proceso lineal, matiza Angela Perri, zooarqueóloga de la Universidad de Durham, ajena al estudio. «Lo más fácil y sencillo es pensar que se trata de una progresión de X a Y y de Y a Z», afirma, pero la hibridación continua entre los cánidos salvajes y los domesticados complica las cosas. Las razas caninas actuales no comparten la misma dotación de genes de las amilasas, subraya Larson, quien tampoco ha formado parte del equipo de investigación. Con todo, Perri considera trascendente que los microbios suplieran las carencias del genoma del perro, fenómeno este que también podría haber ocurrido en el intestino humano durante la transición alimentaria que marcó el paso de la caza y la recolección a la agricultura, una posibilidad que Candela y sus colaboradores están estudiando en este momento.

Perri destaca que esta nueva investigación hace patente la cantidad de información que pueden albergar los excrementos animales fosilizados, un recurso tradicionalmente inexplotado y poco valorado de los antiguos asentamientos humanos. «En arqueología muchas veces no es fácil conseguir material humano, pero nadie se disputa la caca de perro», concluye.

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