¿Por qué juegan los animales?

Retozar mejora la forma física y la cognición, a la par que facilita la adquisición de otras habilidades necesarias para la supervivencia y la reproducción.

Un elefante de más edad se agacha para dar la oportunidad a un joven macho de medir sus fuerzas con él. [© 2021 O’Connell & Rodwell]

En síntesis

Lejos de ser un mero entretenimiento, el juego desempeña un papel clave en la crianza y en las relaciones familiares y sociales de los animales gregarios.

En todas las modalidades conocidas en el reino animal, ya sea el juego social, locomotor o imaginativo, este adopta formas ritualizadas de comportamientos propios de la edad adulta.

Entre las virtudes del juego destacan la facilitación del aprendizaje y de la adquisición de habilidades por los jóvenes.

Caía la tarde en el parque nacional de Etosha, en Namibia, cuando entre el matorral desértico divisé una familia de elefantes en el extremo sur del claro. Estaba oteando el horizonte subida a la torre de observación desde donde mis colaboradores y yo estudiamos lo que ocurre en la charca de Mushara. Los paquidermos no habían acudido antes por culpa del viento, pues este interfiere en su comunicación vocal, necesaria para la vigilancia mutua, pero ahora, con el aire en calma, hacían acto de presencia los primeros.

A juzgar por la cantidad de trompas en alto que cataban el aire, la manada estaba impaciente por salir al descubierto y llegar al agua. Los machos jóvenes parecían especialmente ansiosos, no solo impelidos por la sed, sino también por cuentas pendientes que saldar. La sequedad que avanza en paralelo con el invierno obliga a los elefantes a alejarse cada vez más de las fuentes de agua, en busca de alimento. A veces transcurren días hasta que regresan a la charca para abrevar y se produce el reencuentro.

No tardé en averiguar por qué la manada se estaba refrenando: otra familia se estaba congregando en aquel momento en el bosque del sureste y se dirigía hacia nuestra posición, de ahí la cautela de las hembras adultas. Estas permanecían inmóviles con los pies clavados y las orejas erguidas, mientras olfateaban el escaso viento en busca de peligros. Salir a campo abierto no solo expondría a la familia a los depredadores, sino que el encuentro con otra familia de mayor rango podría acabar en un enfrentamiento. En cambio, ese tipo de contactos brindaban más oportunidades de juego a los más jóvenes del grupo. Así que, después de escudriñar el claro, con un barrito sordo y un vaivén de orejas la matriarca dio la orden de marchar hacia la orilla.

Durante nuestra campaña de campo en el invierno austral, el final de la tarde es para mí el momento favorito del día; el aire se enfría rápidamente cuando el sol raya el horizonte y colorea a los elefantes de un rosa brillante. Permanezco junto a mis compañeros en la torre, con un refrigerio a mano y los prismáticos apuntados hacia el horizonte, a la espera de alguna de nuestras queridas familias residentes. En el curso de esas visitas diarias siempre aprendo algo nuevo de ellos, sobre todo cuando juegan.

Durante mis largas horas de observación en aquella charca he sido testigo del importante papel que el juego desempeña en la crianza y en las relaciones familiares de los elefantes. Estas observaciones, a menudo caóticas, han despertado en mí un vivo interés por saber más acerca del juego animal y las ventajas que este brinda no solo a los elefantes, sino también al conjunto de los animales sociales, el ser humano entre ellos. A semejanza de otras formas de interacción, el juego se rige por reglas y es esencial para el desarrollo de las facultades físicas y cognitivas necesarias para la supervivencia y la reproducción.

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