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ARSÉNICO SILENCIOSO

Con relación al artículo «La verdad sobre el caso Lafarge» [por José Ramón Bertomeu Sánchez; Investigación y Ciencia, agosto de 2012], me permito hacerles llegar algunas consideraciones. La peligrosidad del arsénico se conoce desde antaño. En el caso Lafarge, la responsabilidad de Marie Cappelle fue probada al certificarse que había adquirido a un farmacéutico, pidiéndole que guardase secreto, cantidades considerables de arsénico; destinado, según ella, a matar ratas. Sobre los argumentos legales que cuestionaban la metodología científica de Orfila, Raspail llegó a plantear en el juicio que Orfila podía encontrar arsénico «por todos lados, incluso en la peluca del presidente de la Corte de Apelaciones». Tan de moda se puso asesinar con arsénico que, en 1846, se promulgó en Francia un decreto que prohibía la venta libre del producto.

Pero el arsénico no solo ha sido utilizado como veneno. Uno de los usos más difundidos de este metaloide fue como medicamento contra la sífilis. Paul Ehrlich dedicó su vida al estudio del compuesto 606, comercializado después como Salvarsán («arsénico inocuo»), si bien el tiempo acabaría demostrando que su uso tampoco se encontraba exento de riesgos. La repercusión del «arsénico inocuo» fue tal que, al poco tiempo, en la Argentina se estrenaba un tango intitulado El 606.

Hoy son miles las víctimas que, en numerosas partes del mundo, perecen a causa del consumo crónico de aguas contaminadas con arsénico. La intoxicación crónica (hidroarsenicismo crónico regional endémico, o HACRE) fue descrita en 1913 en la Argentina a raíz de la ingestión de agua de pozo en la localidad cordobesa de Bell Ville. Próximos a cumplir cien años de aquel flagelo, este asesino silencioso continúa cobrándose víctimas más allá de las pruebas periciales que lo incriminan.

Dr. Eduardo Scarlato
Hospital de Clínicas José de San Martín
Universidad de Buenos Aires

RESPONDE BERTOMEU: Los comentarios del Dr. Scarlato ponen de manifiesto la larga historia del arsénico en ámbitos muy variados, desde el crimen hasta la medicina, pasando por los accidentes industriales y el riesgo ambiental. Los lectores podrán encontrar muchos más detalles en la obra de John Parascandola, King of Poisons (Potomac Books, 2012).

Creo, sin embargo, que hay dos cuestiones que conviene aclarar. En primer lugar, los años del caso Lafarge (1840) coinciden con el mayor número de envenenamientos con arsénico en Francia. Posteriormente, los casos disminuyeron y otros venenos más complicados de detectar fueron destronando al «rey de los venenos». Por otra parte, las pruebas testificales, como la compra de arsénico por Marie Lafarge, nunca permitieron demostrar la culpabilidad de la acusada. Al menos así lo entendieron los jueces, el fiscal y los abogados, quienes solicitaron hasta cuatro pruebas periciales. Las declaraciones de los testigos solamente ofrecieron indicios indirectos y, en algunos casos, contradictorios. Además, el amplio uso del arsénico en la vida cotidiana (como matarratas, por ejemplo) hacía posible explicar, sin necesidad de recurrir a intenciones criminales, las abundantes cantidades de este veneno adquiridas por Marie Lafarge.

La prueba se buscó a través de la alta sensibilidad de los nuevos métodos de análisis químico, pero las expectativas no se cumplieron y el fallo del jurado provocó una controversia que se extendió y amplió a lo largo de los meses siguientes, sin que pudiera nunca llegar a resolverse. Por ello, el caso Lafarge es un buen antídoto contra la excesiva confianza en las pruebas periciales para resolver asuntos judiciales.

 

¿ELECTROLISIS MARINA?

En el artículo «Sistemas geotérmicos mejorados» [Investigación y Ciencia, diciembre de 2012], Karl Urban menciona la posibilidad de aprovechar la energía de las fumarolas negras submarinas y añade que «aunque la idea funcionase, solo podrían beneficiarse de ella los países que, al igual que México, cuentan con acceso a volcanes marinos cercanos a la costa».

Supongo que esta restricción se debe a la dificultad de transportar a tierra la energía eléctrica generada. Pero ¿no podría emplearse esa electricidad para alimentar cubas electrolíticas que, a partir del agua de mar, obtuvieran hidrógeno, oxígeno y, tal vez, otros elementos como cloro, sodio o magnesio? Las sustancias gaseosas podrían almacenarse en contenedores especiales y llevarse a tierra para su distribución. ¿Sería rentable?

Tomás González
Doctor en química
Valladolid

RESPONDE URBAN: Hoy por hoy, el modo en que la energía procedente de volcanes submarinos podría transportarse o usarse in situ no supone más que mera especulación. Hasta ahora su explotación solo ha sido evaluada a muy grandes rasgos por Gerardo Hiriart, geofísico de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyos resultados fueron presentados en 2010 en una conferencia en Bali: http://bit.ly/10w61aM.

Hiriart añade que dichos volcanes constituyen hábitats muy exóticos, por lo que deberían tomarse precauciones extremas. Probablemente, una ganancia neta de energía resultase menos problemática que la obtención a gran escala de las sustancias disueltas; pero, hasta donde puedo afirmar, a día de hoy aún no existen estudios al respecto.

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