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1 de Julio de 2017
Reseña

Las raíces intelectuales de Darwin

¿Ciencia provinciana o ciencia cosmopolita?

DEBATING DARWIN
Robert J. Richards y Michael Ruse
The University of Chicago Press, 2016

Hace tiempo que la evolución entró en el ejercicio común de la ciencia. Si en biología constituye su motor, en otras disciplinas abre nuevas cuestiones. Consideremos la fosilización geológica. ¿Cómo fosilizó la biota del Ediacárico, compuesta por organismos que existieron hace entre 571 y 541 millones de años, los cuales comprenden fósiles que se encuentran en capas rocosas de todos los continentes a excepción de la Antártida? Muchos de ellos eran de cuerpo blando, cuyos tejidos no se muestran en absoluto proclives a conservarse en registros rocosos. Sin embargo, se acaba de poner de manifiesto que los océanos ediacáricos impulsaron la fosilización: sus aguas eran más ricas en silicio que las de los mares modernos, lo que ayudó a preservar los animales.

Consideremos un par de muestras más: una teórica y otra aplicada a la sistemática. En la evolución convergente, condiciones ambientales similares producen adaptaciones similares. ¿Existe una convergencia pareja en los componentes moleculares de esos cambios morfológicos? Aunque pudiera parecer verosímil, se ha comprobado que los caracteres adaptativos convergentes no surgen siempre de los mismos cambios genéticos. Los dinosaurios terópodos dieron origen a las aves, vía por la que han llegado hasta nuestros días. En cambio, los placodermos, un grupo de peces que dominaron las aguas del Devónico, no ofrecían interés evidente para un enfoque evolutivo. Esta idea ha quedado cuestionada a raíz de descubrimientos recientes en China. Los placodermos presentaban una función de gozne en la evolución de los vertebrados: la aparición de mandíbulas en estos peces constituye un punto de inflexión en la evolución de los vertebrados iniciales. Los primeros peces mandibulados ocuparon un rango depredador en la cadena trófica y se diversificaron en numerosos nichos.

En 1859, Charles Darwin presentó en On the origin of species su teoría de la evolución a través de la selección natural. Con ello Darwin cambió no solo la ciencia, sino también la filosofía. Mas si entre la comunidad científica nadie cuestiona esa doctrina, entre sociólogos, humanistas y filósofos la reacción es dispar. Pocos negarán su poder explicativo en el desarrollo de las especies vegetales y animales, pero muchos se mostrarán reticentes a la hora de aplicar consideraciones evolutivas a la conducta humana y las relaciones sociales.

Con todos los recursos disponibles y con bibliotecas enteras de estudios sobre Darwin y su teoría, cabría esperar que se hubiera alcanzado un relato canónico. Ciertamente existe acuerdo en las grandes líneas. Sabemos cuándo y cómo abordó Darwin la transmutación de las especies y qué le estimuló a formular el principio de la selección natural. Podemos trazar con buena aproximación la trayectoria de sus creencias y su convicción de incluir al hombre en el proceso evolutivo. Pero quedan todavía por aclarar lagunas sobre las influencias recibidas. Michael Ruse y Robert J. Richards proponen aquí dos fuentes distintas. Pudiera pensarse que la divergencia entre ellos obedece a su formación y especialización académica: Ruse se ha desenvuelto siempre en departamentos de filosofía y Richards en los de historia. No es el caso, pues ambos se ocupan de cuestiones históricas y filosóficas.

Ruse ve en la obra de Darwin un arquetipo de la ciencia británica: Darwin era un británico educado en la cultura británica, que, aparte de sus cinco años de navegación a bordo del Beagle, pasó toda su vida en Inglaterra. De sus mentores intelectuales destaca a Adam Smith, teórico de la división del trabajo en los comienzos de una sociedad fabril. Tesis que Darwin aplica a su concepción de la selección, junto con la del crecimiento de la población de Thomas Malthus.

Por su parte, Richards sostiene que para interpretar a Darwin no importa la geografía física, sino su geografía mental, la cual se extiende mucho más allá de las islas británicas. Fue la explicación de los viajes de Alexander von Humboldt al Nuevo Mundo lo que indujo a Darwin a embarcarse en su propia aventura romántica. Ignorar el romanticismo alemán y su legado es perder la significación de los logros de Darwin en On the origin of species y The descent of man.

Ahí estriba la desavenencia: ¿fue Darwin un científico genuinamente británico, o uno con una actitud cosmopolita que abarcaba ideas del romanticismo alemán? De manera más específica, es este un debate sobre el mecanicismo y la mente en la naturaleza, sobre una teleología falsa o real y sobre el espejismo del sentido moral o el sentido moral real.

Las inclinaciones naturalistas de Darwin se forjaron en sus años estudiantiles en Cambridge. Coleccionista empedernido, le fascinaban los escarabajos. En Cambridge resultaba inevitable sentir el estímulo de Newton. ¿Qué es lo que hizo? ¿Qué es lo que hubiera hecho en nuestro tiempo? Reflejo de esa atmósfera fue Preliminary discourse on the study of natural philosophy, de John Herschel, que, por expresa recomendación de William Whewell, Darwin leyó de inmediato. Para Darwin, la selección natural no era una causa, sino una fuerza en el sentido newtoniano. Es ella la que moldea el mundo vivo, no su fin. Con los conceptos fundamentales de lucha por la existencia y selección natural, Darwin insertó su análisis en las prácticas y metáforas de su tiempo, la cultura industrial británica. Ilustración inglesa que pudo muy bien conjugarse con el romanticismo alemán.

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