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1 de Agosto de 2007
Medicina

Hacia una anestesia más segura

La investigación sobre la potencia y el riesgo de la anestesia general abre nuevas vías para el desarrollo de fármacos selectivos, más seguros y sin efectos secundarios.
En un filme de suspense reciente, un hombre joven, sometido a una intervención a corazón abierto, se despierta, pero es incapaz de gritar o moverse. Una situación que se presta a lances efectistas de todo tipo. Con todo, la escena inicial no es pura ficción. Uno o dos de cada 1000 pacientes sufren episodios de consciencia intraoperativa bajo anestesia general. Suelen ser incidentes breves; en general, no implican dolor ni sufrimiento. Pero ponen de manifiesto una de las carencias de los fármacos anestésicos, incluidos los de la última generación. La anestesiología ha evolucionado en una suerte de arte, pues el conocimiento del modo en que operan los anestésicos y de cómo mejorarlos ha ido a la zaga de la mayoría de las demás áreas farmacológicas.
La mayor parte de los anestésicos modernos comparten propiedades estructurales y efectos clínicos con el éter, cuyas propiedades anestésicas fueron demostradas en 1846 por William Morton, dentista de Boston. Desde entonces, el uso de la anestesia general se ha expandido hasta los 40 millones de pacientes anuales, sólo en Estados Unidos. Sin embargo, los progresos en el cuidado anestésico desde los tiempos de William Morton se han debido, sobre todo, al desarrollo de las técnicas de administración de fármacos complejos y a las estrategias para el control del riesgo y los efectos secundarios de la anestesia.

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