Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Diciembre de 2014
Historia de la ciencia

El caso contra Copérnico

La oposición a la revolucionaria idea de que la Tierra gira alrededor del Sol no provino solo de las autoridades religiosas. Los datos disponibles en aquella época apoyaban una cosmología diferente.

KIRK CALDWELL

En síntesis

Al proponer que la Tierra giraba alrededor del Sol, Copérnico desafió el saber científico y religioso acumulado durante más de un milenio.

La mayoría de los sabios de la época rechazaron sus teorías durante décadas, incluso después de que Galileo realizase sus históricas observaciones con el telescopio.

Las objeciones al modelo copernicano no eran solo teológicas. Los indicios observacionales favorecían una cosmología competidora: el «geoheliocentrismo» de Tycho Brahe.

En 2011, un equipo del CERN envió un haz de neutrinos desde Ginebra hasta el Laboratorio Nacional de Gran Sasso, en Italia, situado a 730 kilómetros de distancia. Al cronometrar el viaje, los investigadores del centro italiano observaron que, de algún modo, las partículas parecían haber sobrepasado la velocidad de la luz en el vacío. ¿Cómo respondió la comunidad científica? En lugar de dar la espalda a la teoría de la relatividad de Einstein, muy bien establecida y según la cual nada puede viajar más rápido que la luz, la gran mayoría supuso que lo más probable era que todo se debiese a algún error en las mediciones. Meses más tarde, se comprobó que así había ocurrido.

Ahora imaginémonos dentro de cuatro siglos, en un futuro en el que las ideas de Einstein han sido superadas y en el que se ha demostrado que, en efecto, los neutrinos pueden viajar más rápido que la luz. ¿Cómo interpretaríamos la reticencia de los científicos actuales a aceptar las pruebas al respecto? ¿Concluiríamos que los físicos del siglo XXI estaban demasiado apegados a sus creencias? ¿Que, motivados por consideraciones acientíficas, no eran más que un montón de einsteinianos testarudos, aferrados a una idea por tradición y autoridad?

Queremos creer que los científicos de hoy recibirían un tratamiento más justo. A fin de cuentas, su reserva a abandonar ideas de apariencia sólida —por más que estas siempre puedan demostrarse falsas— se funda en razones científicas, no en meros prejuicios.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.