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BURIED GLORY. PORTRAITS OF SOVIET SCIENTISTS
Por Istvan Hargittai. Oxford University Press, Oxford, 2014.

Pese a brillar entre las mentes más conspicuas de la creación e investigación del siglo XX, los físicos soviéticos han sido preteridos por la historia de la ciencia. Su vida se desarrolló casi en el anonimato, ahormados en una rígida burocracia que controlaba con mano férrea su trabajo, con la permanente espada de Damocles del encarcelamiento, muerte incluso, del científico y de su familia. Muchos de esos hombres yacen ahora en el cementerio Novodevichy de Moscú. Aunque la ideología comunista postulaba una sociedad sin clases, la realidad reflejaba una estratificación que llegaba hasta la tumba. Había en esta una jerarquía, que culminaba en el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú. (Entre 1953 y 1961 fue el mausoleo de Lenin y de Stalin.) El siguiente escalón lo ocupaban los líderes soviéticos, políticos y militares, enterrados en las murallas del Kremlin; entre ellos, Sergei Korolev, jefe de construcción de los cohetes espaciales soviéticos, e Igor Kurchatov, el zar nuclear. En Novodevichy reposan dignatarios del Soviet supremo, así como escritores, artistas y científicos anteriores a la Revolución y posteriores a la caída del comunismo.

Apoyándose en una minuciosa investigación archivística, entrevistas personales y sus propios recuerdos, Istvan Hargittai retrata a catorce científicos soviéticos sobresalientes, sometidos al direccionismo letal y al terror del régimen comunista. El libro, dedicado a su padre, Jeno Wilhelm, abogado de Budapest que fue el primer miembro de su familia en adquirir una formación universitaria, constituye un descargo de conciencia más que un ajuste de cuentas. Al progenitor, enviado a una unidad de castigo en el Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial, le estalló la mina que intentaba desactivar a mano; sus restos reposan en una fosa común de Rusia.

Entre los eminentes científicos reseñados sobresalen Petr L. Kapitza, premio Nobel que arriesgó su carrera y su privilegiada situación social defendiendo a varios colegas; Yulii B. Khariton, jefe del laboratorio secreto de armas nucleares, Arzamas-16, pese a ser judío y tener a su padre Boris en un campo de trabajo, y Andrei Sakharov, creador de la bomba soviética de hidrógeno. Si bien el resto no les anduvo en la zaga. Pero ¿por qué existe un gran desconocimiento de ellos en Occidente? Sí disfrutó, en cambio, de predicamento el programa espacial tras el éxito obtenido con el primer Sputnik, lanzado en 1957, y el primer vuelo espacial, tripulado por Yuri Gagarin, en 1961.

Durante la Guerra Fría, en el período transcurrido entre 1945 y 1991, el equilibrio de fuerzas entre las dos superpotencias (Estados Unidos y la Unión Soviética, con sus respectivos aliados) posibilitó el mantenimiento de una paz frágil, amenazada por un arsenal armamentístico capaz de acabar, varias veces, con el bando antagonista. En otros aspectos, las diferencias eran clamorosas. Occidente disfrutaba de un progreso tecnológico avanzado, en tanto que la Unión Soviética pugnaba por salir de una miseria secular.

El poderío militar soviético se debía en buena medida a los logros de sus científicos y a la capacidad del régimen comunista de concentrar recursos limitados en determinadas tareas. La Unión Soviética no se hubiera convertido en superpotencia sin una sólida base científica cuyos fundamentos se pusieron durante los años veinte y treinta. Ser científico era una de las profesiones privilegiadas, un imán para jóvenes con talento que veían ahí un futuro. Sectores extensos de la población que durante los zares no pudieron soñar con un acceso a la universidad se sentían ahora apremiados a hacerlo. Se facilitaron las interacciones con el resto del mundo y viajes de estudio a Europa Occidental. Se invitó a científicos prominentes a los congresos y a los laboratorios domésticos. Se buscaba con ello elevar el nivel de la ciencia hasta equipararla con la occidental —una ambición que contrasta con la precariedad de medios y financiación de nuestros días— [véase «La investigación soviética durante la Guerra Fría», por Alexei B. Kojevnikov; Investigación y Ciencia, abril de 2014].

Pero esa apertura cambió desde el inicio del decenio de los treinta debido a diversos factores. Entre ellos, la demanda del estado soviético de implicar a los científicos de forma creciente en la solución de problemas relacionados con la economía y, de manera especial, con los asuntos militares. Comenzó de un modo inocuo. Hubo un debate en el Instituto Ucraniano de Tecnología Física sobre si el perfil del Instituto debía o no cambiar para dedicarse a problemas prácticos. En un principio la discusión era abierta y democrática. Pero muy pronto se desencadenó un feroz enfrentamiento entre ambas posturas. La aplicación de la ciencia, especialmente en usos militares, exigía que en buena medida estuviera clasificada. No fue ajena a ello la paranoia de Stalin ante todo lo extranjero; impulsó el aislamiento que caracterizó a la Unión Soviética durante su mandato.

El terror estalinista se plasmó en asesinatos en masa y deportaciones de comunidades enteras, con Nikolai Ezhov de mano ejecutora. Su sucesor Lavrentii Beria no fue menos sanguinario, aunque de maneras más refinadas. Entre las víctimas, junto a líderes del partido comunista soviético y del ejército rojo, había numerosos físicos, biólogos, químicos y otros científicos. Tras la segunda Guerra Mundial se produjo otro episodio de terror, que abarcó el quinquenio de 1948 a 1953. En la segunda mitad del decenio de los treinta no hubo rama de la ciencia que fuera inmune a la persecución. En el período posterior a la Segunda Guerra, la física constituyó una excepción. Stalin se percató de que, sin física ni físicos, no habría armas nucleares. La cuestión era si la pureza ideológica era más importante que la bomba atómica o la bomba de hidrógeno. La física no podría haber aportado la segunda sin la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, que habían sido consideradas productos de ideologías burguesas.

Frente a esa situación privilegiada de los físicos, la precariedad de otras ciencias se agravó durante el estalinismo. La biología sufrió el daño más severo a manos de Trofim Lysenko, biólogo y agrónomo oficial. El propio Stalin respaldó la presentación de Lysenko en 1948 en la academia de agricultura, en la que lanzó un ataque frontal contra la biología moderna. La consigna comunista era evitar que la influencia occidental penetrara en la sociedad soviética. Las áreas de computerización, automación y otras disciplinas dependientes de la tecnología, cuanto pudiéramos considerar del dominio de la «cibernética», fueron también objeto de ataque, pues simbolizaban todo el mal que una sociedad imperialista y burguesa podía ofrecer. Las condiciones devastadoras de la biología y la cibernética en la Unión Soviética no solo impidieron el bienestar de la sociedad, sino que también frenaron su capacidad militar.

Fueron los físicos los que acudieron al rescate de la biología, primero con cautela y luego con resuelta determinación. Igor Tamm, Sakharov, Kapitza, Igor Kurchatov y otros se mostraron cada vez más decididos ante las posibles consecuencias biológicas de las pruebas nucleares. Tamm, fallecido en 1971, procedía de una familia mitad alemana mitad cosaca. Su padre, ingeniero, intervino en la construcción del ferrocarril transiberiano. En el bachillerato, Igor se convirtió en militante socialista. Para alejarlo de la política turbulenta, sus padres lo enviaron a estudiar a Edimburgo. Al año siguiente, en 1914, volvió a Rusia y se graduó en física y matemática en la Universidad de Moscú. Se opuso a la guerra recién desencadenada y postuló la revolución como salida al progreso. Pasó en Europa Occidental el curso académico 1927-28, disfrutando en especial de su estancia en Leiden con Paul Ehrenfest. Aprovechó para trabar relaciones con Albert Einstein, Walter Elsasser, Pieter Zeeman, Oskar Klein, Erwin Schrödinger, Niels Bohr y, en particular, Paul Dirac. En 1929 descubrió el fonón. Pertenece al dominio de la conductividad eléctrica y térmica de sólidos cristalinos y líquidos ordenados. En efecto, las unidades constructoras de tales fases condensadas (átomos, iones o moléculas) pueden ser excitadas por interferencia externa. La respuesta es una excitación colectiva, el fonón.

Tras la guerra, Tamm pasó a liderar parte de la investigación secreta sobre armas nucleares. En agosto de 1953 se ensayó la primera bomba de hidrógeno soviética. Tras el éxito, él y otros fueron colmados de honores, incluidos nuevos apartamentos, dachas y automóviles. La producción científica de Tamm no fue muy elevada en volumen, unos setenta artículos y dos monografías. Abarcaron cuatro áreas principales: teoría macroscópica, teoría del núcleo atómico, teoría de las partículas elementales y sus interacciones, y aplicaciones. La contribución por la que él y sus colaboradores recibieron el premio Nobel pertenecía a la primera área. Ese trabajo lo realizó entre 1937 y 1944, en parte con Ilya Frank. Se trataba de la interpretación teórica del efecto de Vavilov-Cherenkov. Ese efecto, descubierto de manera experimental, se funda en un mecanismo de emisión de luz por partículas céleres. Se aplicó al establecimiento de técnicas para la detección de partículas cargadas, que se mueven con rapidez en el aire, agua, hielo y otros medios. Para la partícula radiante, el efecto conduce a un nuevo mecanismo de resistencia como consecuencia de colisiones con otras muchas partículas del mismo medio.

El autor dudó en incluir en la selección a Kurchatov, físico eminente del nivel de los mejores occidentales. Lo eliminó del elenco al comprobar que fue el receptor privilegiado de la información sobre bombas nucleares obtenida por el espionaje soviético en Occidente. Tenía cuarenta años cuando fue nombrado director del programa nuclear soviético. Otros jefes del proyecto soviético sobre la bomba recibieron datos del espionaje, pero nadie tuvo acceso directo a los informes como Kurchatov. Este no podía revelar las fuentes de información. Sus colegas se maravillaban de la seguridad de sus aportaciones y las soluciones que siempre se mostraban acertadas; pensaban que los progresos se producían en laboratorios secretos soviéticos. Khariton fue también receptor de información procedente del servicio secreto, pero en su caso cabe delinear con nitidez sus aportaciones personales antes de que se integrara en el programa armamentístico como jefe del laboratorio nuclear soviético secreto de Arzamas-16.

Kapitza, muerto hace ahora treinta años, fue quizás el representante más eximio de esa generación extraordinariamente potente. Hijo de ingeniero militar y profesora de literatura, Kapitza tuvo una formación exquisita. Visitó en su infancia Suiza, Italia, Grecia, Alemania, Escocia y extensas regiones de la Rusia septentrional. Brillante en matemáticas, se matriculó en el Instituto de Tecnología de San Petersburgo, donde Abram Ioffe le encauzó hacia la investigación. Su primer artículo sobre física de electrones apareció en la Revista de la Sociedad Rusa de Fisico-Química. Con Nikolai Semenov diseñó un nuevo método para determinar el momento magnético de los átomos.

En 1921 viajó a Inglaterra como miembro de una delegación soviética de ciencia para estrechar lazos con la investigación occidental. En Cambridge quedó impresionado con lo que observó, y pidió a Ernest Rutherford que lo admitiera en su laboratorio Cavendish. Rutherford le respondió que estaba lleno y no cabía ningún investigador más. Pero el ruso insistió y doblegó su voluntad al señalar que la adición de un miembro más entraba dentro de un error experimental del 3 por ciento que caracterizaba los trabajos de Rutherford en física.

En Cambridge, Kapitza fundó un seminario informal (una reunión semanal en su apartamento) donde se daba cuenta de los últimos resultados. La primera sesión comenzó el 17 de octubre de 1922 con una exposición del propio Kapitza sobre magnetismo. La última sesión del Club Kapitza antes de su detención en la Unión Soviética el 21 de agosto de 1934 fue la que hacía el número 377. En 1923 defendió la tesis de doctorado sobre campos magnéticos extremadamente intensos. Rutherford le hizo su adjunto de dirección en la investigación sobre magnetismo del laboratorio Cavendish. Fue elegido miembro del Trinity College.

Una vez al año, Kapitza volvía a su Rusia natal, lo que le permitía anudar relaciones con los científicos de su país y analizar los problemas que allí encontraba la investigación científica. Esas visitas venían instadas por Lev Trotsky y Lev Kamenev, que habrían de ser víctimas del terror estalinista. En 1933 se hizo cargo de un nuevo laboratorio de investigación magnética en el Cavendish financiado por Ludwig Mond. Un año después, logró la licuefacción del helio empleando un aparato original de su propia creación. Trabajó estrechamente con su doctorando John Cockcroft. En septiembre de 1934 se aprestó a realizar su visita anual, aunque no solicitó garantía de vuelta una vez concluida su tarea. No se le permitió volver. Fue una orden directa de Stalin. Se le prometió a cambio crearle un instituto cerca de Moscú, con los colaboradores que escogiera, una residencia familiar y la compra en el extranjero de los aparatos que necesitara. El centro se llamó Instituto de Problemas Físicos. Durante 32 años se le prohibió que volviera a Inglaterra. En octubre de 1937 murió Rutherford. Kapitza escribió a Niels Bohr: «He vivido todos estos años con la esperanza de volver a ver a Rutherford, una esperanza que se ha perdido ya para siempre [...]. Estimaba a Rutherford [...]. Aprendí mucho de él, no física, sino cómo hacer física.»

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