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Dunas musicales

Cuando las capas de arena de una duna se deslizan, los granos pueden oscilar de forma colectiva y producir sonidos sorprendentes. La causa última del fenómeno sigue intrigando a los físicos.

En la cara de sotavento de una duna no dejan de producirse aludes de distinta magnitud. En ocasiones, ello desencadena el desplazamiento de capas de arena individuales que acaban deslizándose unas sobre otras. Dicho fenómeno provoca que las capas vibren y, en ocasiones, generen sonidos muy intensos. Los físicos siguen sin ponerse de acuerdo en los detalles del proceso. [H. JOACHIM SCHLICHTING]

La primera vez que visité una extensa playa que hay cerca de Burdeos, me sorprendió notar que, al caminar hacia la orilla, cada uno de mis pasos se veía acompañado de un chirrido relativamente agudo. No sabía que la arena seca pudiera producir sonido por el mero hecho de pisarla. Al fin y al cabo, parece difícil concebir un medio más simple que el que forman los granos de arena. Sin embargo, esos chirridos no son más que una pequeña muestra de un inmenso repertorio de sonidos posibles.

Desde tiempos inmemoriales los cronistas han relatado cómo, en muchos desiertos de arena y paisajes de dunas, los movimientos de la superficie, como los que tienen lugar en un alud, van acompañados de curiosos sonidos. En algunos casos, estos pueden ser ensordecedores y llegar a prolongarse durante varios minutos. Dependiendo de su frecuencia y volumen, quienes los han oído han hablado de cantos, silbidos, zumbidos, bramidos, gruñidos, aullidos o rugidos, y los han comparado, entre otras cosas, con el estrépito de un trueno o, en clave más moderna, con el ruido de un avión rasante.

Hoy tales afirmaciones pueden precisarse en términos de decibelios y de hercios: en la superficie de las dunas se miden intensidades acústicas de hasta 110 decibelios, mientras que las frecuencias varían entre 50 y casi 800 hercios. Ello hace que, en ocasiones, el sonido pueda escucharse a diez kilómetros de distancia.

Resulta comprensible que tales señales acústicas, aparentemente caídas del cielo del desierto, aterrorizasen en su día a los viajeros y suscitaran fantasiosas especulaciones sobre su origen. Ya en el siglo XIII, Marco Polo hablaba de los espíritus malignos del desierto del Gobi, que llenaban el aire «con sonidos de instrumentos musicales de todo tipo y, a veces, también con el ruido de tambores y armas». Más tarde, otros visitantes del desierto volverían a describir el fenómeno, como hiciera Charles Darwin en su Viaje del Beagle, de 1839.

Aunque pronto se comprendió que el mecanismo de acción fundamental eran los aludes, se ignoraban las condiciones concretas bajo las cuales llegaba a producirse el estruendo. De hecho, los físicos no comenzaron a estudiar el fenómeno con detalle hasta hace algunas décadas y, hoy por hoy, siguen persistiendo algunas incógnitas.

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