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1 de Marzo de 2019
Sostenibilidad

El último recurso

¿Es posible frenar o incluso invertir el cambio climático retirando CO2 de la atmósfera?

En la central geotérmica de Hellisheiði, en Islandia, unos pozos de inyección introducen en el sustrato rocoso profundo una solución salina junto con dióxido de carbono extraído del aire. [LIZ TORMES]

En síntesis

Para limitar el calentamiento a 1,5 grados, los países tendrán que retirar de la atmósfera un billón de toneladas de CO2 en el presente siglo.

La clave consistirá en hallar la combinación óptima de métodos de captura de carbono. Las máquinas que extraen CO2 de la atmósfera podrían retirar hasta 250.000 millones de toneladas de aquí a 2100. La replantación de bosques talados, 180.000 millones de toneladas.

Los costes netos oscilan entre 0 y 300 dólares por tonelada. A menos que se desarrollen grandes mercados de CO2 capturado, nada apoyaría mejor a estas técnicas que un impuesto sobre el carbono.

Parecía que para salvar al mundo del cambio climático bastaría con reducir las emisiones de gases con efecto invernadero. Ese objetivo se conseguiría con fuentes de energía limpias, iluminación LED o comiendo menos carne, entre otros métodos. Pero dicha estrategia no ha funcionado. De hecho, las emisiones globales han aumentado. Ahora ni siquiera bastará con reducir a cero las emisiones anuales netas para 2050: los climatólogos sostienen que tendrá que haber también emisiones «negativas»; es decir, deberemos retirar de la atmósfera miles de millones de toneladas de dióxido de carbono cada año.

De acuerdo con un estudio publicado en 2018 en Environmental Research Letters ydirigido por Jan C. Minx, del Instituto Mercator de Investigación de los Bienes Comunales y el Cambio Climático Globales, una organización alemana, las emisiones negativas a gran escala se han convertido en una «necesidad biofísica» de la mayor urgencia si queremos limitar el calentamiento a 1,5 grados Celsius. Casi todas las naciones del planeta suscribieron ese objetivo —o, al menos, el de quedar por debajo de los 2 grados— como parte del Acuerdo de París de 2016. Actualmente, el calentamiento es de un grado por encima de los valores preindustriales, pero las temperaturas aumentan 0,2 grados por década. En un informe de octubre de 2018, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático advirtió de que puede que solo queden 12 años para actuar; luego, ya no podremos evitar que el calentamiento rebase los 1,5 grados, el valor considerado por la mayoría de los científicos como el máximo permisible si queremos preservar la vida más o menos como la conocemos.

Permanecer por debajo de ese umbral exige atenerse a un «presupuesto de carbono»; es decir, un volumen máximo de CO2 que puede añadirse a la atmósfera sin que el calentamiento supere el umbral. Minx y sus coautores explican que, si se ma tiene el nivel actual de emisiones (entre 40.000 y 50.000 millones de toneladas anuales), «podrían quedarnos solo cinco años de emisiones de CO2» antes de que se vuelva imposible cumplir el objetivo de los 1,5 grados. A partir de ahí, cada tonelada adicional exigiría la retirada de una cantidad equivalente. Los investigadores calculan que, para 2100, deberíamos haber extraído de la atmósfera entre 150.000 millones y más de un billón de toneladas de CO2: entre 2000 y 16.000 millones de toneladas anuales a partir de 2050, con cifras bastante mayores a finales de siglo.

Para conseguirlo, Minx y sus colaboradores apuntan que, a partir de 2030, deberíamos empezar a construir cada año varios centenares de instalaciones de captura y almacenamiento de carbono. En principio las posibilidades van desde grandes máquinas que extraigan CO2 de la atmósfera hasta centrales de biomasa que capturen el carbono producido y lo entierren a grandes profundidades. O, sin tanta tecnología, replantar bosques o mejorar los suelos para que atrapen más carbono. Sin embargo, la mayoría de los métodos de alta tecnología se encuentran en pañales. Requieren una elevada inversión, con un considerable riesgo de que fracasen. Tienen además importantes efectos secundarios, como la competición por una tierra que, o bien ya está en uso para alimentar a la población, o bien es un hábitat para la vida salvaje.

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