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1 de Marzo de 2019
Astronomía

El primer mapa 3D de la Vía Láctea

La misión Gaia, de la ESA, ha cartografiado con una precisión sin precedentes 1300 millones de estrellas de la galaxia. Sus resultados están cambiando la forma de ver y entender nuestro entorno cósmico.

Una nueva Vía Láctea: El satélite Gaia ha medido con enorme precisión las paralajes y los movimientos de millones de estrellas de la galaxia. La paralaje de un astro se debe a su movimiento aparente en el cielo (elipses) causado por la traslación de la Tierra alrededor del Sol. Dado su pequeño valor, en esta imagen su magnitud se ha aumentado en un factor de 100.000. [ESA/Gaia/DPAC, CC BY-SA 3.0 IGO]

En síntesis

A lo largo de la historia cósmica, la Vía Láctea fue creciendo por acreción sucesiva de galaxias de menor tamaño. Esas interacciones dejaron su huella en las propiedades, posiciones y velocidades de las estrellas.

Con el objetivo de estudiarlas, a finales de 2013 la Agencia Espacial Europea lanzó al espacio el satélite Gaia. El año pasado, la misión publicó el catálogo estelar más extenso y preciso de la historia de la astronomía.

Los nuevos datos ya han revelado varios episodios significativos relativos al pasado de la Vía Láctea y a la evolución de sus estrellas. Sus resultados están transformando diversas áreas de la astrofísica y la cosmología.

¿Cómo se formó la Vía Láctea? ¿De dónde proceden las estrellas que la componen? ¿Cuáles son sus propiedades? Para responder a estas preguntas, a finales de 2013 la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó al espacio el satélite Gaia, una de las misiones astronómicas más ambiciosas de los últimos tiempos. Tras cuatro años de observaciones y análisis, en abril de 2018 el consorcio Gaia hizo público un monumental catálogo que incluía la posición, la paralaje, el movimiento, el color y el brillo de más de 1300 millones de estrellas. La enorme cantidad de objetos cartografiados, sin parangón en la historia de la astronomía, y la exquisita precisión de los datos han comenzado a transformar buena parte de lo que creíamos saber sobre nuestra galaxia y los procesos de evolución estelar.

El escenario aceptado hoy en día para explicar la creación de galaxias es jerárquico: a lo largo de la historia del cosmos, las galaxias de menor tamaño van uniéndose entre sí para formar otras cada vez mayores. Estos procesos de mezcla pueden prolongarse durante millones de años y, en la actualidad, pueden reconstruirse a partir de las órbitas y las propiedades de las estrellas individuales de una galaxia. Ello se debe a que las estrellas procedentes de una galaxia que en su día fue engullida presentarán hoy características y movimientos que permiten conocer su origen. Así pues, la mejor forma de inferir el pasado de la Vía Láctea pasa por cartografiar, con la mayor precisión posible, el movimiento, la distancia, la edad y el contenido químico de tantas estrellas como podamos. Tal es el objetivo de la misión Gaia.

El análisis de los datos de Gaia ya nos ha brindado varias sorpresas. Hemos aprendido que, hace unos 10.000 millones de años, la Vía Láctea colisionó y se fusionó con otra galaxia cuatro veces menor. Y que, en época mucho más reciente, el paso de una galaxia enana desencadenó la perturbación de las órbitas de numerosas estrellas del disco que aún podemos observar. Tanto la cantidad como la precisión de los nuevos datos están permitiendo analizar los procesos de evolución estelar como nunca antes, y ya han revelado algunos tipos de estrellas no predichos por los modelos teóricos. Más allá de nuestro entorno cósmico más inmediato, las mediciones de Gaia están revelando la dinámica de su halo difuso de estrellas y la de las galaxias enanas que nos rodean. Y esta ola de nuevos hallazgos no ha hecho más que empezar. El análisis de los datos proporcionados hasta ahora por la misión Gaia y los que están por venir mantendrán ocupados a los astrónomos durante décadas.

Tesoro de datos

El satélite Gaia fue lanzado al espacio en diciembre de 2013 desde la base de la ESA en Kourou, en la Guayana Francesa. Viajó hasta el punto de Lagrange L2 del sistema Sol-Tierra (situado a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta en sentido opuesto al Sol) y permanecerá allí hasta el final de sus operaciones. En julio de 2014 comenzó sus observaciones científicas, las cuales continúan hasta hoy. El satélite gira alrededor de su eje cada seis horas; a su vez, dicho eje describe un movimiento de precesión en torno a la dirección Sol-Tierra con un período de 63 días. Esas dos rotaciones, combinadas con el movimiento del satélite alrededor del Sol al mismo ritmo que la Tierra (un año), permite la observación del cielo completo en aproximadamente seis meses.

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