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  • Marzo 2019Nº 510
Libros

Reseña

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Nuestra especie vista desde fuera

Una defensa de nuestra herencia biológica es necesaria, aunque potencialmente peligrosa para ojos radicales.

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THE APE THAT UNDERSTOOD THE UNIVERSE 
HOW THE MIND AND CULTURE EVOLVE
Steve Stewart-Williams 
Cambridge University Press, 2018

Darwin siempre está de moda. Lo está por omisión, como en algunas escuelas de EE.UU., donde se enseña el arca de Noé como hecho objetivo de la historia de la humanidad, y también por acción, como podemos ver en libros y documentales sobre la evolución de nuestra especie. Saber qué nos hace humanos no es solo una pregunta filosófica que nos une a pensadores desde la antigua Grecia. Es también una que requiere una base científica; es decir, conocer lo que sabemos objetivamente sobre nuestra especie.

Para responderla hay numerosos títulos de obligada consulta. Si bien habría que empezar por la fuente original, El origen de las especies o El origen del hombre (con respectivos títulos mucho más largos en sus originales en inglés, por cierto), no podríamos dejar fuera otros que aborden la cuestión desde los distintos puntos de vista actuales. En este sentido, el debate principal que surgió tras la aceptación global de la evolución de las especies y el descubrimiento del genoma era el que preguntaba si somos producto de la biología (nature) o de nuestra interacción con el entorno (nurture).

Quienes defienden la primera postura creen que los genes y siglos de evolución biológica han ejercido un gran impacto sobre nosotros. Quienes preconizan la segunda consideran que son los sistemas sociales y culturales los que explican realmente cómo somos. Si bien la respuesta correcta suele ser un aurea mediocritas, no está de más interesarse por ambas perspectivas para tener argumentos a la hora de posicionarse. Así, junto a los libros de Darwin, no nos podrían faltar otros como El gen egoísta, de Richard Dawkins; Sociobiología, de Edward O. Wilson, o La evolución de la cultura, de Luca Cavalli-Sforza. La pregunta es si podríamos incluir en nuestra estantería el libro que nos ocupa.

Para definir la obra podemos empezar por el final, donde dos anexos dejan muy clara la intención del autor: convencernos de que la perspectiva evolucionista es la ganadora en la carrera por entender qué nos hace humanos. En ambos apéndices, Stewart-Williams se defiende de los argumentos contrarios a la biología evolucionista y a la negación de la selección natural en la cultura. Este formato es interesante, ya que los libros arraigados en una idea no suelen dar crédito a la contraria. Y quizá sea también un ejercicio necesario en un tiempo intelectual convulso, donde la política se inmiscuye en la ciencia y niega la existencia de algunos conceptos más que probados (como ocurre con el cambio climático).

No obstante, en ciertos sectores ideológicos con «hemiplejía moral», como diría Ortega y Gasset, esta defensa a ultranza de la psicología y la biología evolutivas correría el riesgo de ser malinterpretada y empleada para justificar lo injustificable —no sería la primera vez: ya en el siglo XIX se malinterpretó la supervivencia del más apto de Darwin en términos sociales—. Y aunque esto no sería culpa del autor, en este caso su insistencia acaba resultando tediosa para el lector medio y peligrosa para el lector radical.

El libro no debería leerse con demasiadas pausas temporales, ya que muchas de las preguntas que el autor se hace no quedan respondidas de forma inmediata. Ello revela ciertos problemas de estructura, donde el lector no puede intuir qué vendrá a continuación. Un punto positivo es que Stewart-Williams no es un académico corriente. Antes de ser profesor de psicología en la Universidad de Nottingham fue rockero (su álbum Casual angst puede oírse en SoundCloud) y su cuenta de Twitter se encuentra llena de curiosidades referentes a la evolución, la política y la psicología básica. Esta biografía inusual se nota en la obra, que exhibe un tono irónico, irreverente y plagado de anécdotas. Su estilo es más cercano a una Ted Talk que a un manual al uso. Eso permite una lectura fácil, que ahorra tecnicismos o que los explica de forma amable, aunque también le confiere una incorrección política flagrante, más propia del lenguaje oral.

La obra se divide en seis capítulos, de los que el primero sirve como base al resto. En él se emplea la supuesta visita de un antropólogo extraterrestre para despojarnos de nuestro Umwelt, de nuestra propia manera de ver el mundo, y convertirnos así en un observador ajeno a nosotros mismos. Dicho ejercicio es interesante, pues nos hace ver nuestra especie como el resultado de ciertos ambientes y necesidades biológicas (entre las que se encuentra, principalmente, expandir nuestros genes).

A partir de aquí, cada capítulo habla por sí mismo. El segundo refresca los postulados de Darwin con una mecánica basada en proponer hipótesis cada vez más sutiles. No obstante, cuando se nos da a conocer un concepto tan interesante como el de «evolución desajustada» (mismatch evolution, la idea de que vivimos anacrónicamente porque nuestro cuerpo actual se corresponde con el de nuestros antepasados pero en un ambiente totalmente distinto), al lector le pueden asaltar dudas. Para despejarlas, sería interesante acudir a El mono obeso, de José Enrique Campillo, donde se analizan fenómenos modernos, como la aparición de la diabetes.

La obra aborda también las diferencias entre sexos. Al respecto, el autor defiende como causa principal la herencia biológica. Eso da lugar a ciertas frases que, sacadas de contexto, podrían herir algunas sensibilidades, como que «los hombres son más proclives a la infidelidad» (pág. 65) o que «las preferencias de los hombres han ayudado a moldear el pecho de las mujeres» (pág. 77). No obstante, lejos de abanderar el determinismo biológico, el autor insiste en que la construcción de una sociedad mejor pasa por asumir sin miedos esas diferencias biológicas, explicadas por siglos de funcionamiento en la especie, y aplicar las medidas sociales oportunas. Aquí, recurrir a lecturas desde los preceptos feministas, como La creación del patriarcado, de Gerda Lerner, ayudaría a conocer el curso histórico de estas medidas.

Stewart-Williams reserva otro capítulo al altruismo, la capacidad de hacer el bien a otros a un coste personal, y analiza cómo la evolución pudo haber seleccionado un rasgo tan paradójico. La propuesta es no observar a la persona altruista en el momento en que lo es, sino considerar qué beneficios ha obtenido su especie al permitir que prosperaran otros seres altruistas. El libro ¿Por qué cooperamos?, de Michael Tomasello, profundiza en la cuestión a través del análisis de otras especies.

El viaje para entender mejor nuestra especie culmina en el mundo de la cultura. Aquí se nos dan a conocer los memes, que se refieren a las unidades de cultura que se propagan y evolucionan tal y como lo harían los rasgos físicos o psicológicos (por ejemplo, los virus o programas maliciosos en Internet). Una bonita lectura complementaria al respecto, también de Tomasello, sería Los orígenes culturales de la cognición humana.

El libro de Stewart-Williams es una buena opción para quien desee entender bien los principios evolutivos con una propuesta sugerente: atrevernos a vernos por dentro desde fuera. No obstante, el texto es repetitivo y con una postura teórica muy marcada. Quien desee profundizar en cada uno de los temas o en otras posturas deberá recurrir a lecturas complementarias.

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