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Planeta febril

Un funesto informe vincula el cambio climático con pérdidas laborales, enfermedades y muertes prematuras en todo el mundo.

Las olas de calor pertinaces y mortíferas, que ponen en riesgo a millones de personas, son cada vez más frecuentes. [Matteo Colombo/Getty Images]

Una devastadora ola de calor asoló Europa durante 2003, donde se cobró decenas de miles de vidas, calculan los expertos. Muchos eran ancianos, personas con movilidad reducida o enfermos crónicos. Ahora, el cambio climático está convirtiendo esos fenómenos meteorológicos en algo más habitual, con efectos que no solo aquejan a los ancianos y a los enfermos. Las temperaturas calurosas, además de suponer una amenaza directa para nuestra vida, también causan la pérdida de miles de millones de horas de trabajo, favorecen la propagación de enfermedades infecciosas y merman las cosechas, según un informe reciente.

Publicado el pasado diciembre en Lancet, el trabajo describe los últimos hallazgos del Lancet Countdown, una coalición internacional de organizaciones científicas que colaboran con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Meteorológica Mundial. El grupo examina el impacto que el cambio climático supone para la salud y las respuestas de los Gobiernos.

«Afecta a toda la humanidad, a cada persona, a cada población. Ningún país es inmune a las consecuencias del cambio climático sobre la salud», advierte Nick Watts, director ejecutivo de Lancet Countdown y uno de los numerosos autores del informe.

El informe revela que millones de personas en todo el mundo son vulnerables a las enfermedades y los fallecimientos propiciados por el calor. Las poblaciones de Europa y del Mediterráneo oriental resultan especialmente sensibles, quizá porque cuentan con un alto porcentaje de personas de edad avanzada residentes en zonas urbanas. Los mayores de 65 años constituyen un colectivo de especial riesgo, al igual que los afectados por dolencias crónicas, como cardiopatías o diabetes. Las zonas habitadas experimentan una variación de la temperatura media que duplica ampliamente la variación mundial, con 0,8 frente a 0,3 grados centígrados, respectivamente (gráfica). En 2017 hubo 157 millones de «episodios de exposición a olas de calor» (entendidos como una ola de calor que afecta a una persona) más que en 2000. En comparación con el período de 1986 a 2005, en el de 2000 a 2017 cada persona ha estado expuesta en promedio a 1,4 días más de olas de calor cada año. Quizá no parezca mucho, pero Watts matiza: «Una persona de 75 años aquejada de una enfermedad renal probablemente sobrevivirá a tres o cuatro días de calor sofocante, pero no a cinco o seis».

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Las temperaturas tórridas también afectan a la producción de alimentos. En 2017, el calor excesivo acarreó la pérdida de nada menos que 153.000 millones de horas de trabajo, el 80 por ciento de ellas en la agricultura, según indica el informe; las regiones más vulnerables se concentran en India, sudeste asiático, África subsahariana y Sudamérica. La primera fase del efecto del calor es la incomodidad, explica Tord Kjellstrom, director de la consultoría Health and Environment International Trust en Nueva Zelanda, asesor de salud ambiental y laboral y, a la sazón, uno de los autores del informe. Pero llega un momento en que el calor excesivo altera las funciones corporales. Por ejemplo, sudar con profusión sin reponer el agua acaba provocando nefropatía crónica, destaca Kjellstrom. Así lo demuestran informes recientes que atribuyen el fallecimiento de peones agrícolas en Centroamérica a los problemas renales contraídos por años de trabajo en el campo bajo un calor inclemente. Los países más ricos, como EE.UU., eluden los peores efectos gracias al acceso al agua corriente y, en el caso del trabajo en interiores, al aire acondicionado. Pero esas soluciones resultan caras, aclara Kjellstrom.

Y a todo ello se añaden los daños indirectos. Las temperaturas cálidas han ampliado las áreas de distribución geográfica de los organismos responsables de la propagación del dengue, el paludismo o el cólera. La «capacidad vectorial», parámetro que cuantifica la facilidad con la que el portador de un patógeno lo transmite, ha alcanzado cifras de récord en 2016 en el virus del dengue, cuyos transmisores (o vectores) son los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus. Entre los años 80 y la década actual, la superficie de la zona litoral adecuada para las bacterias del género Vibrio (al cual pertenece la causante del cólera) ha aumentado un 24 por ciento en la cuenca del Báltico, mientras que en el noreste de EE.UU. lo ha hecho un 27 por ciento. En las altiplanicies de África, el ambiente propicio para el parásito causante del paludismo (Plasmodium falciparum) se ha extendido casi un 21 por ciento desde los años 50 del pasado siglo hasta la actualidad.

El cambio climático amenaza asimismo a la seguridad alimentaria. El planeta aún produce suficientes alimentos para sustentar sobradamente a la humanidad, pero 30 países ya han sufrido descensos en las cosechas como resultado de la meteorología adversa, avisa el informe.

«En conjunto, el trabajo suscita una honda preocupación por la evolución que está tomando el cambio climático y sus posibles repercusiones para la salud humana», asevera Andy Haines, profesor de cambio ambiental y salud pública en la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, que no ha participado en el informe de 2018 pero sí ha contribuido en anteriores evaluaciones de Lancet Countdown. «Uno de los problemas es que no disponemos de suficientes datos sobre los impactos actuales, en especial de los países de renta baja», probablemente los más afectados.

Pese a todo, el informe ofrece algún rayo de esperanza: en 2015, treinta de los cuarenta países inquiridos por la OMS afirmaron contar con planes sanitarios para la adaptación al cambio climático, y el 65 por ciento de las ciudades han emprendido (o están emprendiendo) evaluaciones del riesgo que este entraña para las redes sanitarias públicas. Pero el gasto mundial en adaptación sanitaria no alcanza todavía el 5 por ciento del total invertido en la adaptación al clima. Y los fondos aportados no han ido parejos a los compromisos adquiridos en la Cumbre de París, el acuerdo mundial sobre el clima que debería entrar en vigor en 2020.

Entre las principales medidas que los países deben adoptar para paliar los efectos sobre la salud destacan el abandono progresivo del carbón como fuente generadora de electricidad y la transición a medios de transporte más ecológicos, afirma Watts. Los vehículos eléctricos comienzan a abrirse paso en algunos lugares, subraya, y el transporte «activo», como caminar o ir en bicicleta, también es importante. A la hora de valorar los costes del cambio climático, queda claro que «de nuestra actitud activa o pasiva va a depender la salud de la humanidad durante el próximo siglo».

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