¡Cuidado con las metáforas!

Ayudan a salvar barreras conceptuales, pero también pueden causar problemas en la percepción pública de la ciencia. Así lo muestra la proliferación en biología del lenguaje ingenieril.

© ktsimage/THINKSTOCK

El ADN es como un código de barras, los genes se barajan, las células son vistas como hardware y sus partes como bio-ladrillos; la biología sintética está saturada de metáforas. Y no es un caso aislado. En 1976, el biólogo evolucionista Richard Dawkins acuñó el término «gen egoísta» para explicar su visión de la evolución centrada en el ADN. Los ecólogos construyeron un lenguaje metafórico entero, que incluía términos como competición y colonias, en torno a la idea de la «naturaleza como hogar». Más allá de las ciencias naturales, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, describió la restauración de un ego dañado por la neurosis como la «recuperación de las tierras inundadas».

Como experta en políticas públicas, he pasado los últimos cinco años escuchando el discurso de los biólogos sintéticos sobre sus esperanzas, éxitos y fracasos. Al principio, estaba intrigada por la ubicuidad de las metáforas ingenieriles y computacionales, tanto en las conversaciones profesionales entre científicos, como en sus debates con políticos y en sus comunicaciones públicas. Me fue interesando cada vez más saber qué podría haberse perdido en la «traducción» entre estas metáforas y la realidad. En colaboración con Andrea Loettgers, filósofa de la ciencia del Instituto de Tecnología de California en Pasadena, revisé el uso de metáforas en el laboratorio así como en la esfera pública.

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