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La investigación soviética durante la Guerra Fría

La ciencia soviética de posguerra se vio subordinada a los objetivos militares. En 1957, el impacto social provocado por el lanzamiento del Spútnik marcó la transición hacia fines civiles y cambió en todo el mundo la manera de entender la investigación.

NASA/CENTRO NACIONAL DE DATOS SOBRE CIENCIA ESPACIAL (NSSDC) DE EE.UU.

En síntesis

Ya antes de la Segunda Guerra Mundial, la ciencia y la técnica recibían en la Unión Soviética mayor apoyo gubernamental que en los países occidentales. La guerra militarizó la investigación.

Los objetivos militares siguieron dominando la ciencia durante la Guerra Fría. La tecnología nuclear y la construcción de cohetes y misiles de largo alcance gozaron de máxima prioridad.

Con el lanzamiento del Spútnik, la URSS demostró al mundo su capacidad científica y técnica. A partir de ese momento, los países occidentales reforzarían el apoyo estatal a la investigación.

Los historiadores consideran el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, el acto final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría. En la Unión Soviética, sin embargo, aquellas explosiones nucleares no se vivieron como el inicio de una relación hostil con sus antiguos aliados, sino como un reto para equipararse técnicamente a ellos. Tras una guerra atroz, Stalin no deseaba renunciar a la paz. Se mantuvo firme en su propósito de evitar que la amenaza subliminal de un armamento atómico extranjero condicionara las relaciones diplomáticas de la posguerra. Con todo, ello no obstaba para que la Unión Soviética desarrollase lo antes posible una bomba propia que protegiera al país de futuras amenazas y reforzara simbólicamente su papel como superpotencia.

El 20 de agosto de 1945, apenas dos semanas después del bombardeo de Hiroshima, el Comité de Defensa soviético creó un Comité Especial del Uranio. Este hizo de la bomba atómica la máxima prioridad del Estado. Hasta ese momento, la investigación sobre el uranio se había limitado a dos pequeños laboratorios en los que unos cien trabajadores (con una cuarta parte de científicos) manipulaban minúsculas cantidades del elemento radiactivo. El nuevo programa de investigación, en cambio, eclipsó el resto de los proyectos industriales oficiales. Fue confiado a Lavrenti Beria, uno de los principales políticos soviéticos: como candidato a miembro del Politburó, tomaba parte en las decisiones políticas más relevantes; como miembro del Comité de Defensa, controlaba los sectores industriales implicados; y como antiguo responsable de los servicios de seguridad del Estado (NKVD), siguió coordinando las actividades de espionaje y movilizó a miles de prisioneros para que realizaran trabajos forzados. La coordinación de todos estos recursos resultó clave para el éxito de aquel gigantesco programa militar e industrial, dirigido por el mariscal Beria con cinismo, mano de hierro y extrema eficacia.

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