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1 de Marzo de 2003
Medicina

Porfirinas

Pigmentos que, expuestos a la luz, se tornan cáusticos pueden combatir el cáncer, la ceguera y las cardiopatías. Su toxicidad fotoinducida pudiera explicar el obscuro origen de las leyendas de vampiros.

En síntesis

En la terapia fotodinámica se utilizan porfirinas, moléculas susceptibles de activación por luz, para destruir tejidos y células de crecimiento rápido. El tratamiento podría aplicarse a una variedad de trastornos, extre ellos, la degeneración macular asociada a la edad, los tumores y las placas ateroscleróticas. 

Están comercializados unos cuantos fármacos porfirínicos. Varios más se hallan en fase de experimentación en humanos.

La idea de la terapia fotodinámica nació del estudio de una rara enfermedad, la porfiria, que se caracteriza por la acumulación de porfirinas en la piel y en ciertos órganos. A menos que la enfermedad sea controlada las víctimas del tipo más severo de porfiria pueden quedar desfiguradas, lo que ha llevado a algunos investigadores a especular que podrían haber inspirado leyendas de vampiros en tiempos pretéritos.

El mundo del vampiro suele asociarse a la novela de Bram Stoker y al personaje cinematográfico que encarnó Bela Lugosi: un ser marginado, romántico, de intenso y morboso atractivo sexual, succionador de sangre; un ser que aborrece los ajos y las cruces; sobre quien la luz del sol tiene efectos fatales. En las leyendas populares, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, los vampiros eran seres patéticos, lamentables, sepultos vivos. Ciertos investigadores, queriendo hallar alguna verdad subyacente en las leyendas de vampirismo, han especulado que tales historias pudieron haber estado inspiradas en personas de carne y hueso que sufrían de porfiria, una rara enfermedad de la sangre. Y los científicos, al buscar tratamientos para este mal, se han topado con nuevas vías de tratamiento de otras graves enfermedades, mucho más frecuentes.

La porfiria constituye, en realidad, un grupo heterogéneo de trastornos afines, en los cuales ciertos pigmentos, denominados porfirinas, se acumulan en la piel, los huesos, y los dientes. Muchas porfirinas son benignas en la oscuridad; en cambio, la luz del sol las transforma en toxinas cáusticas, que, por así decirlo, devoran las carnes. Sin el debido tratamiento, las formas más severas de la enfermedad (como la porfiria eritropoyética congénita) pueden provocar mutilaciones grotescas, causando en sus fases terminales esa clase de horripilante desfiguración que sería de esperar en los sepultos no acabados de morir. Las orejas y la nariz aparecen carcomidas. Los labios y las encías, roídos y descarnados, dejan al descubierto unos dientes de color rojo ladrillo, largos como colmillos. La piel queda cubierta de ampollas y lesiones, que confeccionan un centón de tejidos cicatriciales, con zonas de pigmentación intensa y otras de palidez mortal, que es reflejo de una anemia subyacente. Dado que la anemia puede ser tratada con transfusiones de sangre, historiadores hay que especulen que, en eras tenebrosas, los enfermos de porfiria hubieran podido buscar remedio a su mal bebiendo sangre por conseja popular. Y haya, o no, algo de verdad en ello, es seguro que quienes padecieran la porfiria eritropoyética congénita habrían aprendido a no aventurarse a salir al exterior durante el día. Es posible también que evitaran los ajos, pues, según se cree, algunas de las sustancias que éstos contienen exacerban los síntomas de la enfermedad porfírica, convirtiendo un ataque leve en una reacción horrorosa.

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