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1 de Diciembre de 2019
Neurociencia

¿Es reversible la muerte?

La reanimación parcial del cerebro de cerdos sacrificados abre interrogantes sobre el momento preciso en el que termina la vida.

GETTY IMAGES/JORUBA/ISTOCK

En síntesis

La definición de la muerte ha cambiado a lo largo de los milenios. En su origen se determinaba por el cese de la respiración y del latido cardíaco.

La aparición de los respiradores mecánicos desplazó el lugar anatómico de la muerte, del tórax al encéfalo, y pasó a definirse como el cese de la función cerebral, es decir, el coma irreversible.

La reanimación parcial del cerebro de cerdos sacrificados hacía unas horas, en un experimento reciente, podría poner en cuestión de nuevo las definiciones de la muerte.

«Y la muerte perderá su dominio.» (Dylan Thomas, 1933)

Tarde o temprano, todos moriremos, sin excepción, porque todo lo que tiene un principio también tiene un final. Es consecuencia inevitable de la segunda ley de la termodinámica.

A casi nadie le gusta pensar en este hecho perturbador, pero una vez nacidos nos resulta imposible abstraernos por completo de la idea de desaparecer. Nos acecha en las tinieblas del inconsciente y en cualquier momento puede salir a la luz. En mi caso, no me sentí plenamente mortal hasta bien alcanzada la madurez. Fue un día en que había pasado la tarde enganchado a un videojuego violento, disparando a discreción a hordas de alienígenas que me perseguían sin tregua por lóbregos subterráneos, galerías inundadas y túneles laberínticos. Aunque esa noche no me costó conciliar el sueño, me desperté bruscamente al cabo de unas horas. Un conocimiento difuso se había convertido en una realidad palpable: yo también iba a morir, no esa madrugada ni en ese lugar, pero sí algún día.

La evolución ha dotado a nuestra especie de dos mecanismos de defensa poderosos para afrontar esta certeza: la represión psicológica y la religión. El primero nos impide reconocer de forma consciente verdades tan incómodas, mientras que el segundo nos ofrece una vida eterna en el cielo cristiano, un ciclo infinito de reencarnaciones budistas o la posibilidad de transferir nuestra mente a la nube (el éxtasis místico para los tecnófilos del siglo XXI).

La muerte no ejerce el mismo dominio sobre los animales no humanos. Aunque algunos sufren por la pérdida de crías o compañeros, nada demuestra a ciencia cierta que simios, perros, cuervos o abejas tengan suficiente autoconsciencia para que les preocupe la noción de que un día dejarán de existir. Por eso, dichos mecanismos de defensa tienen que haber surgido en un momento reciente de la evolución de los homininos, en los últimos diez millones de años.

Desde tiempo inmemorial, las tradiciones religiosas y filosóficas han predicado lo contrario: hay que mirar de frente a la guadaña para librarnos de la angustia que nos provoca. Meditar a diario sobre el «no ser» ayuda a conjurar el miedo. Como científico que empieza a percibir su propia mortalidad, mis reflexiones se dirigen a dilucidar qué es la muerte.

Quienquiera que emprenda esta tarea pronto se percatará de que la muerte —esa amenaza en el horizonte lejano— está mal definida, tanto desde la perspectiva científica como de la médica.

Del corazón al cerebro

A lo largo de la historia, todo el mundo ha sabido siempre lo que era la muerte. Cuando alguien dejaba de respirar y se le paraba el corazón durante más de unos minutos, se lo consideraba muerto y no había más que hablar; la muerte era un momento bien delimitado en el tiempo. Pero todo esto cambió a mediados del siglo XX con la llegada de los respiradores mecánicos y los marcapasos cardíacos. Los cuidados intensivos modernos desvincularon el aparato cardiopulmonar del cerebro, órgano coordinador de la mente, el pensamiento y la acción.

En 1968, en respuesta a esos avances técnicos, un comité especial de la Escuela de Medicina de Harvard introdujo el concepto de muerte definida por el coma irreversible, es decir, por el cese de las funciones encefálicas. Este cambio cobró fuerza legal en Estados Unidos con la Ley de Determinación Uniforme de la Defunción, de 1981, que define la muerte como la interrupción irreversible de las funciones cardiorrespiratorias o del funcionamiento de las estructuras intracraneales. Dicho llanamente: cuando muere el cerebro, muere la persona.

Esa es la definición que se usa hoy en día, con pocas variaciones, en gran parte del mundo desarrollado. El lugar anatómico donde sobreviene la muerte se desplazó del tórax al encéfalo, pero el momento exacto de esta pasó a ser incierto. La rápida aceptación general de la muerte encefálica, reafirmada en 2008 por una comisión presidencial, contrasta nítidamente con la polémica sobre el aborto y el inicio de la vida, que sigue abierta. Quizá refleje otra asimetría a la que apenas prestamos atención: la gente se obsesiona con lo que sucede después de fallecer, pero casi nunca se plantea dónde estaba antes de nacer.

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