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1 de Diciembre de 2019
Historia de la ciencia

La herencia de Alexander von Humboldt

Este año hemos celebrado 250 años del nacimiento de uno de los mayores eruditos de todos los tiempos. La ubicuidad de su legado ha hecho que a menudo este pase inadvertido.

DOMINIO PÚBLICO, VÍA WIKIMEDIA COMMONS

Alexander von Humboldt nació el 14 de septiembre de 1769, hace ahora 250 años. Y no deja de resultar incomprensible que, hoy, este gran naturalista no disfrute de la fama de la que gozó en vida. Aún en 1869, con motivo de su centenario, cientos de miles de personas de todo el mundo participaron en las celebraciones. En el Central Park de Nueva York se congregaron 25.000 almas con motivo de la inauguración de un busto suyo. En Pittsburgh, el presidente de los Estados Unidos, Ulysses Grant, conmemoró al investigador alemán junto a otros 10.000 asistentes a una fiesta en su honor. En Egipto hubo ceremonias con fuegos artificiales. En Australia, Argentina, México y Rusia tuvieron lugar actos y desfiles. Y Berlín albergó un homenaje en el que participaron 80.000 personas.

Hoy resulta difícil imaginar una celebración semejante por un científico. Sin embargo, una posible explicación tal vez sea que hemos interiorizado hasta tal punto sus investigaciones que ya ni siquiera nos percatamos de lo revolucionarias que fueron. Podemos entenderlo con la fórmula

T = constante,

donde T denota la temperatura. Por supuesto, muy a menudo la temperatura varía: cambia en el transcurso del día o dependiendo de si la medimos en un desierto, un bosque o en lo alto de una montaña. Pero el mérito de Humboldt radicó, entre otras cosas, en proporcionarnos una visión mucho más completa del mundo.

En sus viajes por América del Norte, América del Sur, Europa y Asia lo investigó todo. Midió montañas y ríos, estudió volcanes y terremotos, observó las estrellas del cielo, catalogó plantas y animales, midió la temperatura y la presión atmosférica y creó registros meteorológicos. Se ocupó de las lenguas de los pueblos que conoció y también de su cultura, su agricultura y sus sistemas políticos [véase «Von Humboldt: el científico universal», por J. M. Sánchez Ron, en este mismo número]. Su visión del mundo era tanto microscópica como global, y demostró que la una no tenía sentido sin la otra. Todas las cosas están relacionadas entre sí: incluso las criaturas más pequeñas pueden influir en los fenómenos globales, y viceversa. Lo que inició Humboldt fue, en esencia, la ciencia que hoy llamamos ecología.

Si alguien desea descubrir las leyes de la naturaleza, lo primero que debe entender es qué constituye la norma y qué fenómenos se desvían de ella. Por ello, Humboldt intentó clasificar y promediar matemáticamente un amplio abanico de mediciones. Dividió el mundo en zonas climáticas, lo que dio lugar a su célebre mapa de los Andes donde muestra que la vegetación y el clima cambian no solo con la latitud, sino también con la altura. A partir de ahí desarrolló los mapas de isotermas; esto es, líneas de temperatura constante, definidas por la fórmula anterior, que él dibujó por primera vez. Puede que la temperatura fluctúe sin cesar, pero cuando uno registra los valores medios y los conecta geográficamente, obtiene una visión completamente nueva de las propiedades de la atmósfera.

Hoy estamos acostumbrados a ver isotermas en los mapas del pronóstico meteorológico, y lo mismo ocurre con otros muchos hallazgos de Humboldt. Pueden parecer modestos, pero eso solo refleja hasta qué punto se han instalado en nuestra vida y nuestros pensamientos. «Todo es interacción», escribió Humboldt en 1803. En un mundo amenazado por el cambio climático, la extinción de las especies y otros desastres ecológicos, esta conclusión sigue siendo tan vigente hoy como entonces.

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