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Cognición emocional

Neurociencia de la afectividad.

THE CAMBRIDGE HANDBOOK OF HUMAN AFFECTIVE NEUROSCIENCE.
Preparado por Jorge Armony y Patrik Vuilleumier. Cambridge University Press; Cambridge, 2013.

Dirigido por Jorge Armony y Patrik Vuilleumier, dos reconocidos expertos en mecanismos cerebrales del procesamiento emocional y neuroimagen de la cognición, respectivamente, y escrito por jóvenes investigadores, este manual representa un hito en la evolución del pensamiento sobre el papel de las emociones en la mente. El propio panorama abarcado constituye un testimonio de la madurez del campo. La emoción ha entrado ya en el núcleo temático de la antropología y la neurociencia, la inteligencia artificial y la filosofía.

Desentrañar la emoción humana y los mecanismos que subyacen a su generación o expresión ha constituido una preocupación intelectual durante milenios. Pero su estudio científico, en particular desde el punto de vista de la biología, es muy reciente; sobre todo, si lo comparamos con la visión, el lenguaje, la atención, la memoria u otros procesos mentales. Pese a tal arranque tardío, el enfoque neurocientífico de las emociones ha experimentado un desarrollo espectacular a lo largo de los últimos diez años. Y hemos asistido al nacimiento de una nueva disciplina: la neurociencia de la afectividad. Los resultados cosechados se deben en buena medida a los importantes progresos en el empleo de técnicas de neuroimagen no invasivas: tomografía por emisión de positrones (PET), electroencefalografía (EEG), magnetoencefalografía (MEG) y, en particular, resonancia magnética funcional (fMRI), junto con refinamientos en métodos más tradicionales (estudio de lesiones, medidas de conducta y registros fisiológicos).

Apoyada en la investigación fisiológica que la había precedido, la neurociencia de la afectividad comenzó centrándose en las denominadas emociones básicas, con especial atención al miedo, a partir de estímulos visuales (por ejemplo, la expresión facial). Hoy el estudio de las emociones cubre diversas modalidades sensoriales, procesos, interacciones con otros sistemas y diferencias individuales. De intento se ha dejado aquí de lado las emociones en el reino animal, lo que no significa minusvalorar su importancia. De hecho, numerosas aportaciones obtenidas de experimentos con animales han permitido perfilar el cuadro en cuyo interior se ha desarrollado la neurociencia de las emociones.

Desde su emergencia en los años noventa del siglo pasado, la neurociencia de la afectividad ha extendido su campo de interés científico. No se ciñe a las emociones, sino que abarca otros fenómenos afectivos (talante, preferencias y disposiciones). Así, suele definirse la neurociencia afectiva en relación a la neurociencia cognitiva. En última instancia, la razón postrera de la importancia creciente de la neurociencia cognitiva hay que buscarla en el reconocimiento de que las emociones entran en el ámbito de los conceptos y métodos propios de la neurociencia cognitiva para constituir una neurociencia cognitiva de las emociones. Podemos recordar, por botón de muestra, las interacciones entre emoción y atención, y entre emociones y toma de decisiones.

Herbert Simon y Marvin Minsky, pioneros en inteligencia artificial, han destacado el papel de las emociones dentro de la exposición de modelos de mente. Para Minsky, no se trata de si las máquinas inteligentes pueden presentar emociones, sino de si puede haber máquinas inteligentes sin emociones. Esa perspectiva visionaria, de acuerdo con la cual las emociones deben modelarse en inteligencia artificial, fue determinante para la creación de un nuevo campo de investigación, la «computación afectiva», que pone en relación emociones y otros fenómenos afectivos. La base de este tipo de computación reside en el establecimiento de modelos fundados en indicaciones psicológicas y neurocientíficas. Armony, por ejemplo, propone un modelo conexionista computacional de condicionamiento del miedo, delimitado por lo que se sabe sobre la neuroanatomía y neurofisiología del aprendizaje del miedo; en particular, mediante la modelización de las vías corticales y subcorticales hasta la amígdala.

Pero ¿qué es una emoción? A imagen de lo que clásicamente se dice del tiempo, todos saben qué es una emoción hasta que se les pide una definición. Las definiciones de emoción varían no solo en función de la disciplina, sino también a lo largo de la historia y a través de las culturas. Los griegos la llamaban pathos. Para Aristóteles, la emoción era aquello en razón de lo cual las personas cambiaban y diferían en sus juicios y de lo cual esperaban dolor o placer. Esta definición ejerció una gran influencia; amén de sugerir un vínculo entre emoción y juicio, contenía también la dimensión que hoy incorporan los modelos: la valencia, es decir, dolor y placer. LeDoux subraya hoy que las emociones no pueden ser inconscientes, pues están cargadas de afecto y estados de consciencia que se experimentan subjetivamente. Las emociones son estados de consciencia. Neurológicamente, se trata de un conjunto de respuestas que proceden de partes del cerebro a estímulos corporales, y de partes del cerebro a otras zonas del mismo.

Dentro de la propia categoría de emoción caben diferentes tipos. Descartes distinguía seis emociones primarias: admiración, amor, odio, deseo, gozo y tristeza. Admitía que las demás se reducían a estas o eran una combinación de las mismas. Ahora, el grupo básico, capítulo obligado de toda investigación neurocientífica sobre las emociones, está integrado por el miedo, el disgusto, la angustia, la fruición o gozo, la tristeza y la sorpresa. Cada emoción presenta su propia singularidad característica, que se fue alcanzando y definiendo a lo largo de la evolución. Buena parte de la investigación acometida en los últimos diez años sobre neurociencia de la afectividad se ha centrado en la búsqueda de los sistemas cerebrales que subyacen bajo cada una de las emociones, valiéndose de disociaciones neuropsicológicas
y de las técnicas de neuroimagen.

Una división común parte las emociones en positivas y negativas. El motivo discriminante estriba en el componente sensorial de la emoción: si produce placer, se dice que es una emoción positiva; si desagrado, una emoción negativa. Aunque a veces ante un mismo acontecimiento pueden darse, a un tiempo, sensaciones de gozo y dolor. Por ejemplo, la relación sexual puede considerarse positiva porque produce placer, pero puede considerarse también negativa si entra en conflicto con las convicciones morales del sujeto. En razón de si la emoción es positiva o negativa se activan diferentes sistemas cerebrales. Se ha investigado, en ese sentido, qué mecanismos cerebrales participan en un sistema de dolor/aversión y cuáles en un sistema de placer/recompensa. La red del dolor constaría del córtex cingulado anterior dorsal, la ínsula, el córtex somatosensorial, el tálamo y la materia gris periacudúctea. Por su parte, la red de recompensa la integrarían el área tegmental ventral, el estriado ventral, el córtex prefrontal ventromedial y la amígdala. Se disputa si la oposición entre emociones positivas y emociones negativas se funda en la asimetría esférica funcional; en el hemisferio izquierdo habría un centro para los sentimientos positivos, y en el derecho, otro para los sentimientos negativos. En particular, se habla de la hipótesis del hemisferio derecho, según la cual todos los mecanismos relacionados con la emoción se hallarían más lateralizados en ese hemisferio.

Un ejemplo típico de otra distinción, basada en el tipo de objeto que desencadena la emoción, corresponde a las emociones autorreflexivas: vergüenza, perturbación, culpa u orgullo. Propio de esta categoría es el que el objeto de la emoción es el yo, no el episodio desencadenante. Uno puede sentirse avergonzado de uno mismo y sentir miedo de una serpiente. Parece indicado que en este contexto se estudien también emociones tales como la humillación, la gratitud, la envidia y
los celos. Estas emociones autoconscientes (o morales) han recibido creciente atención en neurociencia de la afectividad. Se habla también en este caso de emociones sociales y sirven para regular la conducta social.

Ciertas emociones (interés, confusión, sorpresa, apercibirse) se relacionan con el conocimiento y el aprendizaje, motivo por el cual se denominan a veces emociones epistémicas. Así, la emoción «interés» desempeña un papel clave en la exploración, el aprendizaje, el desarrollo del conocimiento y el desarrollo de la capacidad en muchos dominios. Por su parte, las emociones se desencadenan típicamente cuando las personas se entregan a la contemplación de obras de arte o se extasían ante fenómenos de la naturaleza. Cuasiemociones se supone que son los sentimientos aflorados en las intrigas de la ciencia ficción y en la creación literaria o cinematográfica. Se produce entonces la paradoja de la ficción, cuando el monstruo que aparece en la pantalla provoca un sentimiento de miedo parecido al que se presenta cuando nos hallamos ante un peligro real.

El período que resultó determinante para la génesis y el desarrollo de las ciencias de la afectividad fue la segunda mitad del siglo XIX. La mayoría de los modelos pueden retrotraerse a esa época y a los escritos de Darwin, Dewey, Irons, James, Lange, Spencer y Wundt, por citar solo algunos de los estudiosos más notables. De hecho, la exposición neurocientífica clásica de las emociones que consideramos hoy clásicas (la existencia del sistema límbico) constituyó una reacción a una exposición muy controvertida y específica de las emociones, la teoría de James-Lange. Esta tesis se fundaba sobre el marco general que era habitual en las teorías propuestas por James (1884) y Lange (1885), para quienes las emociones eran cambios corporales subsecuentes a la percepción de un hecho excitante; en concreto, nuestra sensación de dichos cambios conforme van aconteciendo definía la emoción. En 1894, Exner sugería un centro de procesamiento de la aversión en el cerebro; en el mismo año, Freud avanzaba la teoría de la red neuronal sobre la memoria emocional y en 1907 Waynbaum introducía el centro cerebral de las emociones.

La teoría neurocientífica de Cannon en 1927 sobre las emociones apuntaló las bases para los debates contemporáneos sobre el respectivo rol del sistema nervioso central y del sistema nervioso periférico en las emociones. En 1937, Papez produjo la primera propuesta explícita de un circuito cerebral como mecanismo de la emoción, agregándole el hipocampo y el córtex cingulado. En 1952, McLean propuso un concepto que ejerció suma influencia en el campo: el sistema límbico; incluyó la amígdala en este sistema. Sin embargo, la idea de sistema límbico como base unitaria del cerebro emocional ha recibido críticas duras. Aunque la teoría talámica, el circuito de Papez y el sistema límbico han dejado de ser considerados modelos predominantes de la emoción basados en el cerebro, tuvieron una influencia crítica en lo que se denominó neurociencia afectiva unos decenios posteriores.

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