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1 de Febrero de 2019
Reseña

Confusión cuántica

Tópicos peligrosos en la divulgación de la física cuántica.

TOTALLY RANDOM
WHY NOBODY UNDERSTANDS QUANTUM MECHANICS (A SERIOUS COMIC ON ENTANGLEMENT)
Tanya Bub y Jeffrey Bub
Princeton University Press, 2018

En su brillante cómic «La charla» [Investigación y Ciencia, julio de 2017], el gran Scott Aaronson, investigador de la Universidad de Texas en Austin y uno de los mayores expertos mundiales en la materia, nos advertía humorísticamente de que «si usted no habla con sus hijos de computación cuántica, otros lo harán» y les dirán cosas como «la computación cuántica y la consciencia son ambas extrañas y por tanto equivalentes». La tira cómica de Aaronson (ilustrada por el célebre Zach Weinersmith) es un ejemplo maravilloso de cómo se puede combinar rigor, humor y eficacia en la divulgación de la física cuántica. Sin duda, Totally random: Why nobody understands quantum mechanics (a serious comic on entanglement) intenta seguir sus pasos, y lo cierto es que lo consigue en cuanto al humor, ya que los autores, Tanya y Jeffrey Bub, son muy ingeniosos y así lo demuestran a lo largo de todo el libro. Pero ¿qué ocurre con el rigor y la eficacia?

El asunto empieza mal ya desde el título, que se hace eco de la célebre boutade de Richard Feynman: «Creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica». Las malas citas, sacadas de contexto y sin conocer la fuente original, son una de las plagas de nuestros tiempos y lo infectan absolutamente todo, desde las transparencias de los científicos hasta los atriles de los políticos. En este caso —¡una excepción!—, al menos es cierto que Feynman pronunció esas palabras. Pero ¿seguro que quería decir lo que parece que quería decir? Si saben inglés, pongan «Richard Feynman why» en YouTube y prepárense a disfrutar durante siete minutos. Aunque, ¿quién tiene espaciotiempo hoy en día para estos matices?

Tras este mal comienzo, lo cierto es que el primer capítulo, que explica las características básicas del entrelazamiento cuántico, es claramente lo mejor del libro: muy detallado, pedagógico, riguroso e igual de divertido que el resto.

Sin embargo, en el segundo los autores deciden aventurarse en el jardín intelectual de eso que se llaman interpretaciones de la física cuántica, y no pueden evitar someter al lector al calvario habitual: David Bohm (con quien Jeffrey Bub colaboró en los años sesenta del siglo pasado) y sus variables ocultas; Hugh Everett y sus muchos mundos, que empiezan ya a ser demasiados; Einstein como Pepito Grillo; el gatito de Schrödinger... e incluso los desvaríos de Eugene Wigner y John von Neumann sobre la consciencia. Todo en pie de igualdad, en cambalache. Parece mentira, pero pasan las décadas, se acumulan las montañas de experimentos [véase «Acción fantasmal», por Ronald Hanson y Krister Shalm; en este mismo número], y los divulgadores parecen seguir resistiéndose a afrontar estos temas con una visión más moderna y acorde con los resultados. El capítulo termina en una gran confusión, donde se nos viene a decir que el debate sigue abierto en la actualidad exactamente en los mismos términos que hace décadas. Increíblemente, esto intenta apoyarse en una encuesta informal realizada durante un congreso en 2013, cuyos resultados muestran, en realidad, que la mayor parte de la comunidad sigue la interpretación de Copenhague o alguna de sus variantes modernas, mientras que, por ejemplo, la teoría de Bohm es seguida por el 0 por ciento de los asistentes. Otro ejemplo más de «falso balance», uno de los problemas más comunes en la divulgación científica.

Aun así, admitamos por un momento esta visión según la cual los físicos seguimos sin ponernos de acuerdo sobre una teoría que en el fondo no entendemos muy bien. Entonces, ¿cómo es posible que estemos haciendo ordenadores cuánticos y desarrollando otras tecnologías? Para resolver esta dificultad evidente, los autores acuden a una ocurrencia bastante pobre del físico Nicolás Gisin, según la cual los ingenieros serían personas que no entienden muy bien lo que están haciendo. Y, por extensión, debido a que esta cita se coloca justo al comienzo del capítulo sobre tecnología cuántica, parece que la opinión que los autores quieren comunicar al lector es que la parte de la comunidad científica dedicada a impulsar este tipo de tecnología estaría formada por «ingenieros», en ese sentido ligeramente despectivo y arrogante de la cita de Gisin. Aceptaríamos de buen grado la provocación si este capítulo final fuera una aproximación mínimamente seria al campo de las tecnologías cuánticas. Por desgracia, los autores se limitan a presentar dos jueguecitos ingeniosos: uno sobre criptografía y otro sobre computación cuántica, pero no queda del todo claro su relación con lo que en realidad se hace en esos dos campos de investigación, ni el enorme impacto que estas nuevas tecnologías podrían tener en un futuro no muy lejano.

Por último, los autores cierran la tercera parte con el teletransporte cuántico, donde además del ya inevitable «beam me up, Scotty» (una de las citas falsas más célebres de la historia), se nos habla de un «teletransportador de almas» (una nueva tergiversación de una boutade, esta del físico Asher Peres) y se mezcla de manera deliberadamente poco rigurosa la idea del teletransporte cuántico con la de Star Trek. El hecho de que el teletransporte aparezca al final del libro, cuando una ordenación lógica lo habría situado mucho antes, y de que sea tratado de manera tan sensacionalista, se debe únicamente a que los autores tienen preparada una última ocurrencia: teletransportar a los personajes de vuelta a la página uno. Muy ingenioso, pero el lector se queda sin un final que merezca tal nombre y sin las siempre necesarias conclusiones.

Nosotros, en cambio, sí nos tomaremos el trabajo de concluir: estamos ante un libro que puede ser un pasatiempo divertido para los ya iniciados, pero aquellos que no sepan mucha física cuántica harían mejor en permanecer alejados... y esperar a que Aaronson se anime a hacer otro cómic.

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