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1 de Febrero de 2019
Salud

La endometriosis, un misterio doloroso

Esta enfermedad, que se extiende por el cuerpo como la hiedra causando fuertes dolores y esterilidad, afecta a unos 176 millones de mujeres en el mundo. A la ciencia le ha resultado difícil abordarla, pero los nuevos avances han despertado la esperanza de lograr pronto mejores tratamientos.

KATHERINE STREETER

En síntesis

A pesar de que cerca del diez por ciento de las mujeres del planeta la padecen, la endometriosis sigue siendo una incógnita médica.

Se ignora por qué las células epiteliales que tapizan el útero escapan y proliferan en otras partes del cuerpo, donde provocan dolor intenso, inflamación y formación de tejido cicatricial.

Desatendida y poco estudiada durante mucho tiempo, la endometriosis empieza a adquirir visibilidad. Con el despegue de la investigación, las pacientes esperan disponer pronto de mejores tratamientos.

Las mujeres con endometriosis no olvidan nunca cómo empezó todo; la primera vez que supieron que ese dolor en la pelvis no podía ser normal. Emma recuerda el día que se desmayó en clase de historia, durante el último curso de secundaria. Cuenta que pensó que así se sentiría una calabaza cuando la tallan para la noche de difuntos. Su ginecólogo dio por sentado que se trataba de una menstruación dolorosa y le recetó anticonceptivos. Le fueron bien, pero no lo suficiente. «Me hizo sentir como una tonta», refiere Emma, ahora a finales de la treintena y que pidió aparecer con este seudónimo. «Mucho más tarde me di cuenta de que, si el problema médico de una mujer no está bien claro, simplemente no la creen.»

Tuvieron que pasar seis años desde aquel desmayo hasta dar con un médico que le aconsejó una laparoscopia abdominal para buscar la causa del dolor. Solo entonces supo que padecía endometriosis, un trastorno provocado por el tejido que reviste la cavidad del útero (endometrio), que escapa y prolifera en otras partes del cuerpo. Por entonces, había tapizado sus órganos pélvicos como una hiedra invasora.

Este símil vegetal parece apropiado para describirla. Igual que una trepadora vigorosa que se enrosca sobre matas y árboles sofocando todo lo que encuentra a su paso, así actúan las adherencias (tejido cicatricial o fibrosis) formadas por las células endometriales incontroladas que se implantan fuera de lugar. Estas lesiones envuelven o unen entre sí la vejiga, el intestino, los uréteres en su trayecto desde los riñones y otros órganos pélvicos. Si se extirpan, suelen reaparecer: más de la mitad de las mujeres operadas han de pasar de nuevo por el quirófano antes de siete años. El cirujano puede encontrar el intestino, los ovarios y el nervio ciático enmarañados en un macramé de tejido cicatricial, o una trompa de Falopio tan oprimida que el óvulo no puede transitar por ella.

A pesar del daño evidente que causa, la endometriosis es un misterio. Los médicos saben que existe una predisposición familiar vinculada con diversas variantes genéticas (la heredabilidad ronda el 50 por ciento), pero los genes tampoco consiguen explicar su aparición ni predicen su evolución. El grado de fibrosis y el número y la localización de las lesiones guardan escasa relación con la intensidad de los síntomas, que, además del dolor, comprenden menstruación profusa (menorragia) y molestias durante el coito o la defecación, a los que a menudo se ha de sumar una esterilidad profundamente frustrante. La extirpación quirúrgica y los medicamentos alivian a algunas pacientes, mientras que otras, aún con lesiones limitadas, padecen un dolor incesante pese a todos los remedios probados.

Durante décadas, la endometriosis no ha recibido la debida atención y su estudio ha contado con escasos fondos. El dolor y otros síntomas reducen la productividad laboral en casi 11 horas a la semana (el 27 por ciento de la semana de 40 horas), según los resultados del Estudio Internacional de Salud de la Mujer publicado en 2011, que evaluó a más de 1400 mujeres en 10 países.

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