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  • Febrero 2019Nº 509
Apuntes

Sostenibilidad

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La hierba no es tan verde

Varios expertos abogan por reemplazar el césped urbano por alternativas más sostenibles.

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En numerosos vecindarios y parques de todo el mundo abundan las extensiones de hierba bien cuidadas. Pero, a pesar de su valor estético, el césped merma la biodiversidad, y su mantenimiento puede requerir prácticas cuestionables desde el punto de vista ambiental. En las zonas secas de EE.UU., por ejemplo, tres cuartas partes del agua para uso doméstico se emplean para regar el césped. A medida que el cambio climático apremia, estos terrenos cubiertos de hierba no hacen más que empeorar las cosas.

Cada vez son más los investigadores, urbanistas y paisajistas que contemplan alternativas más sostenibles. En un artículo publicado el pasado mes de octubre en Science, los investigadores Maria Ignatieva y Marcus Hedblom describen los inconvenientes de las tradicionales praderas de césped y discuten opciones para sustituirlas. Ignatieva, directora del programa de arquitectura del paisaje de la Universidad de Australia Occidental, explica sus razones en la siguiente entrevista.

  

¿Por qué se hizo tan popular el césped?

El césped llegó a considerarse un emblema de la civilización y de un estilo de vida. Era una especie de frontera que separaba las ciudades y los pueblos de las zonas agrestes, y siempre constituyó un símbolo de cómo debería ser una sociedad civilizada. Por eso tenía tanta fuerza. Y, por supuesto, tiene también un valor recreativo. Sin embargo, el césped es artificial: no existe en la naturaleza. Tiene parientes cercanos, como los prados o los pastizales. Esos ecosistemas poseen estructuras similares, pero son mucho más diversos y en ellos la densidad de la hierba es menor.

 

¿Qué problemas ambientales está provocando el césped?

El césped está homogeneizando el entorno; no solo en términos de biodiversidad, sino también visualmente. Si comparamos los paisajes urbanos de países y ciudades de todo el mundo, todos tienen exactamente el mismo aspecto.

A diferencia de una superficie dura, como el cemento o el asfalto, el césped puede ofrecer muchos servicios ecosistémicos: absorbe carbono atmosférico, produce oxígeno y previene la erosión. Pero su mantenimiento requiere recursos: agua, abonos, plaguicidas y herbicidas, que pasan al agua subterránea, y máquinas cortacésped que queman combustibles fósiles y emiten gases que calientan la atmósfera.

Y no todos los países disponen de medios para mantener el césped, sobre todo en ambientes secos. Hay alternativas que pueden proporcionar los mismos servicios ecosistémicos con menos recursos.

 

¿Qué alternativas?

Debemos encontrar nuestra propia solución local, para lo cual podemos inspirarnos en las comunidades naturales de plantas que nos rodean. En áreas suburbanas y rurales, eso podría significar tener un prado o un pastizal. En otros lugares, un entorno similar a la sabana o plantas de montaña. También podemos optar por un «césped sin hierba», formado por plantas que no crezcan demasiado, produzcan el mismo efecto que el césped y sobre las que también podríamos caminar.

La gente está muy acostumbrada al césped verde como símbolo de riqueza, pero es hora de apreciar la naturaleza tal y como es, dando cabida a otro abanico de colores, apariencias y funciones. Se trata de conseguir un paisaje heterogéneo en vez de uno homogéneo; de los beneficios de acercar la naturaleza a las personas y hacer la vida más fácil, sostenible y económica.

 

¿Cómo convencer a la gente de que adopte esas alternativas?

Cuando la gente las ve, las valora y las encuentra atractivas. Así que es solo una cuestión de educación. También tenemos que tratar de cambiar la mentalidad de las autoridades, políticos incluidos. Necesitamos mostrarle a la gente que existen otras maneras de gestionar y mejorar nuestro entorno urbano.

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