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1 de Febrero de 2019
Reseña

Las grandes preguntas de la geología

La historia de la disciplina esculpida en roca.

THE STORY OF THE EARTH IN 25 ROCKS
TALES OF IMPORTANT GEOLOGICAL PUZZLES AND THE PEOPLE WHO SOLVED THEM
Donald R. Prothero
Columbia University Press, 2018

El reto que para la biología supone entender el origen de la vida lo entraña en geología la comprensión de las rocas primitivas, en especial las pertenecientes al eón Arcaico, hace de 4000 a 2500 millones de años. Era aquel un mundo muy diferente del que observamos hoy, con una tenue corteza continental muy caliente, conformada por microcontinentes o protocontinentes, que en nada se parecía a la corteza poderosa, extensa y fría de nuestros días. El suelo oceánico estaba constituido por lavas que emergían de erupciones de las profundidades de la corteza y del manto, unas lavas ricas en un olivino peculiar conocido por komatita que volverían a derramarse desde el Precámbrico; toda la lava del fondo marino moderno es de basalto.

Cada roca es una huella del pasado. Donald R. Prothero, de la Universidad Politécnica de California en Pomona y del Museo de Historia Natural del condado de Los Ángeles, sigue en el libro de cabecera el método introducido en The story of life in 25 fossils. Utiliza el registro fósil para responder a las cuestiones centrales de la ciencia geológica: la edad de la Tierra, la naturaleza de la deriva continental, la vida primigenia y la causa de la extinción de los dinosaurios, entre otras. Aporta el contexto histórico de cada pieza y presenta información sobre los individuos que hicieron posible el progreso de la disciplina, favorecidos en numerosas ocasiones por la fortuna del azar. La obra que se lee de un tirón y, no obstante, debe guardarse como un libro de consulta.

En muchas cuencas oceánicas encontramos formaciones de hierro bandeado, prueba de que la atmósfera no contó con oxígeno libre hasta la terminación del Arcaico. La Luna se encontraba mucho más cercana a la Tierra, lo que ejercía una atracción mareal fortísima que provocaba unas ondas mareales gigantescas que agitaban los mares someros del globo cada pocas horas. Mucho más curiosas eran las rocas sedimentarias, como las areniscas. En casi todas las rocas anteriores al Arcaico predominan las areniscas de cuarzo, uno de los minerales más comunes de la superficie de la Tierra.

El autor incorpora los últimos hallazgos científicos en breves relatos de perspectiva general y encaja el análisis de rocas específicas en un tapiz amplio de fenómenos geológicos de alcance global. ¿Qué hizo a Chipre la fuente de cobre más rica del mundo antiguo, convirtiéndola en teatro de numerosas batallas e invasiones? El cobre se minaba ya en la isla en el año 4000 a.C., arañando yacimientos de metal casi puro depositados a cielo abierto. Los propios chipriotas hallaron la fuente originaria de ese cobre de superficie: las ofiolitas de las montañas Troodos, en el centro de la isla.

En 1813, el francés Alexandre Brongniart acuñó el término ofiolita, derivado del griego ophis, «serpiente», para designar ciertas rocas halladas en los Alpes. En su mayoría, las rocas ofiolíticas comienzan siendo lavas marinas de basalto para luego metamorfosearse en serpentina, un tipo de roca que semeja la piel suave y brillante de la serpiente. El origen de las rocas ofiolíticas, aunque cartografiadas y descritas hace unos 150 años, no se descifró hasta los años sesenta del siglo pasado gracias a la revolución de la disciplina promovida por la teoría de la tectónica de placas: los geólogos se percataron de que cuando el suelo oceánico se abría a lo largo de una dorsal centrooceánica, el producto de esa separación sería una ofiolita y, en razón de esa misma teoría, las rocas formadas en el lecho marino terminarían en el relieve continental.

Al carbón mineral se refería Teofrasto con el término anthrakes en su libro Sobre minerales, del siglo iv antes de nuestra era. China explotaba minas de carbón mucho antes, desde el año 4000 a.C., para alimentar hornos y hogueras. Pero en torno al 1000 a.C. comenzó a utilizarlo para fundir el cobre. Cuando Marco Polo visitó Oriente de 1271 a 1295, contó a su vuelta que allí quemaban rocas negras que ardían como si fueran troncos. Había tanto carbón que las personas se bañaban hasta tres veces por semana, contaba. Hay pruebas de su uso en la Edad de Bronce inglesa, en yacimientos del tercer milenio antes de nuestra era. Los romanos lo minaron en Inglaterra, Escocia y Gales en torno al año 200.

En la segunda mitad del siglo xviii, los hombres de la Ilustración estaban todavía influidos por el relato del Génesis y el episodio del diluvio universal. Giovanni Arduino y otros clasificaron la secuencia de los estratos en rocas «primarias» (rocas graníticas y metamórficas, como esquistos o gneis), formadas con la creación de la Tierra, y rocas «sedentarias», que cubrirían las anteriores y creaban lechos sedimentarios con estratos fosilíferos, a menudo plegados y deformados. Abraham Gottlob Werner, James Hutton y la mayoría de los naturalistas de la segunda mitad del siglo xviii se embarcaron en la investigación científica de la Tierra. Trabajaron con un éxito limitado en Escocia, Alemania y otros lugares, y generalizaron la historia a gran escala del planeta basándose en pruebas limitadas. Hutton escribió que la Tierra no tenía vestigio de su comienzo. Tras el primer volumen de la obra de Charles Lyell Principles of geology, publicada en 1830, los geólogos convinieron en que la Tierra era inmensamente vieja. Pero ¿cuánto? ¿Cómo ponerle una cifra a la edad del planeta? El problema era correoso, pero no arredró a los científicos, que se las ingeniaron para encontrar una solución. El método preferido era considerar el espesor máximo de las rocas sedimentarias de la Tierra y calcular el tiempo invertido en su deposición.

Charles Darwin se hizo pronto con el primer volumen de la obra de Lyell. La aparición, en 1859, de El origen de las especies dejaba al descubierto su talón de Aquiles: la carencia de pruebas inequívocas de fósiles anteriores al Cámbrico, el período que comenzó hace unos 550 millones de años y en el que hicieron acto de presencia animales multicelulares complejos, como los trilobites. Darwin se había familiarizado con las rocas y los fósiles del Cámbrico en 1831, al explorar Gales para su mentor de Cambridge, el geólogo Adam Sedgwick.

Tras varias propuestas de fósiles que resultaron falsas, se postuló en 1878 otra estructura interesante que habría de poner de manifiesto la ansiada vida buscada en el Precámbrico. Charles Doolittle Walcott descubrió en el valle del Hudson, cerca de los manantiales de Saratoga, un extenso saliente de estructuras estratificadas que semejaban cabezas de coles cortadas en láminas. Esas estructuras ya habían sido descubiertas y denominadas estromatolitos («roca estratificada», en griego). Pero aquellos especímenes eran singulares. Walcott, al abordarlos con rigor y método científico, los denominó Cryptozoon (en griego, «vida oculta»). El escrito de Walcott fue recibido con frialdad y escepticismo. Albert Charles Seward, autoridad máxima e indiscutida en paleontología, objetó que aquellas formaciones no representaban estructuras orgánicas, tejidos vegetales ni nada que no fueran unas capas normales erigidas por el crecimiento mineral.

Pero el avance de la ciencia se hizo imparable con nuevos hallazgos y nuevos tipos de estromatolitos: pilares abovedados, conos altos (Conophyton) o estratos convexos aplanados en el centro (Collenia). Estromatolitos de muy diversas formas fueron comunes en las rocas precámbricas de Siberia. La prueba contundente, sin embargo, llegó con la observación de estromatolitos vivos y en desarrollo en nuestros días. En Shark Bay, en Australia, se descubrieron en 1961 estromatolitos abovedados de un metro de alto y otras estructuras. La superficie estaba cubierta de un tapiz gelatinoso de bacterias de color azul verdoso. Se trataba de cianobacterias, procariotas sin núcleo diferenciado pero con la química interna necesaria para la fotosíntesis. Cuando mueren, dejan tras de sí una estructura de sedimento estratificado.

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