Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2019Nº 509
Correspondencias

Historia de la ciencia

Newton, Halley y los Principia

Sobre los obstáculos que debió superar la publicación de una de las obras maestras de la ciencia.

Menear

Seguramente no existe libro más importante en la historia de la ciencia que Philosophiae naturalis principia mathematica («Principios matemáticos de la filosofía natural», 1687), de Isaac Newton (1642-1727). En esta obra, escrita en latín, se introducían las tres leyes del movimiento: la de la inercia; la que dice que fuerza es igual a masa por aceleración, y la de acción y reacción. Además, en el Libro Tercero, el del «Sistema del mundo», se explicaba, a través de la gravitación universal (representada en la ley del inverso del cuadrado de la distancia), cómo caen los cuerpos en la Tierra y se mueven los cuerpos celestes. Estos contenidos, así como la transcendencia de la obra, son bien conocidos; en cambio, lo es menos el curso que llevó a su publicación. Sobre este proceso arrojan luz las cartas que Newton intercambió con Edmund Halley (1665-1742), quien actuó como lo que hoy podríamos denominar «editor»; un editor sabio y generoso.

Halley y De motu

Recordado hoy sobre todo por dar nombre a un célebre cometa (fue en uno de sus libros, Astronomiae cometicae sinopsis, publicado en 1705, donde predijo, a partir de la teoría gravitacional de Newton, que el cometa que había sido visto en 1682 volvería a hacerse visible en la Navidad de 1758), en la época que ahora nos interesa Halley dirigía la publicación de las Philosophical Transactions, la revista de la Real Sociedad londinense. Hasta 1704 no consiguió un puesto más distinguido (y remunerado): profesor saviliano de geometría en la Universidad de Oxford. En 1713 se convirtió en Secretario de la Real Sociedad y en 1721, tras la muerte de John Flamsteed, en Astrónomo Real.

La historia a la que me voy a referir comenzó con una reunión que tuvo lugar en enero de 1684 en la sede londinense de la Real Sociedad. Allí se encontraron Halley, Robert Hooke y Christopher Wren, arquitecto, filósofo de la naturaleza y eminente científico (además de miembrode la Real Sociedad y su presidente de 1680 a 1682, fue catedrático de astronomía en el Colegio Gresham de Londres de 1657 a 1661 y profesor saviliano de astronomía en Oxford de 1661 a 1673). En un momento determinado, la conversación giró en torno al problema del movimiento planetario. Wren terminó ofreciendo un premio de un libro valorado en 40 chelines a quien pudiese deducir la forma de las órbitas planetarias, suponiendo que la fuerza de atracción ejercida por el Sol fuese inversa al cuadrado de la distancia y proporcional al producto de las masas.

Esa fue la pregunta que Halley planteó a Newton cuando le visitó en Cambridge en agosto. La respuesta del profesor lucasiano fue inmediata: una elipse (como había sostenido Kepler). Preguntado como lo sabía, contestó que lo había calculado hacía tiempo. Buscó los papeles correspondientes, pero no los encontró. Prometió a Halley que reharía los cálculos y se los haría llegar. En parte, cumplió su promesa, ya que en noviembre le envió un manuscrito que contenía la demostración. También en noviembre, Halley visitó a Newton en Cambridge y el 10 de diciembre anunciaba en la Real Sociedad que este le había enseñado «un curioso tratado, De motu [Sobre el movimiento]». El 23 de febrero de 1685 el manuscrito en cuestión era entregado a la Sociedad, donde fue registrado de forma conveniente.

De motu es un tratado breve, muy lejos de los Principia. En él no aparece, por ejemplo, la ley de la acción y la reacción, sin la cual no puede haber gravitación universal (para que exista hay que suponer que no es solo el Sol el que ejerce una fuerza gravitacional sobre los planetas, sino que estos también actúan sobre él, y en esto consiste, precisamente, la acción y reacción). Ahora bien, por breve e incompleto que fuese, De motu muestra que la mente de Newton había entrado en funcionamiento y que el problema del movimiento de los cuerpos, incluido el de los cuerpos sobre los que actuaba la gravitación (problema acerca del cual había pensado intermitentemente en el pasado), pasaba al centro de sus intereses. Sin embargo, parece que no hubo más noticias sobre el particular hasta más de un año después.

Puede conseguir el artículo en:

Revistas relacionadas