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  • Investigación y Ciencia
  • Febrero 2019Nº 509

Arqueología

Un fósil humano entre una multitud

Una nueva técnica que identifica fragmentos diminutos de hueso fósil ayuda a responder preguntas cruciales sobre el momento, el lugar y el modo en que interaccionaron las especies humanas.

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Llegar a la cueva de Denisova, en Siberia meridional, siempre es un alivio. Después de once horas de un movido trayecto al sureste de Novosibirsk, por la estepa y las estribaciones del macizo de Altái, el campamento surge de repente tras una curva de la polvorienta carretera. En ese momento toda la incomodidad del largo viaje se esfuma. Los valles escarpados, los ríos de aguas bravas y las tradicionales cabañas de madera de las gentes del Altái dominan el paisaje; las águilas reales sobrevuelan en las alturas. A unos doscientos metros, la cueva horadada en la roca caliza, encaramada sobre el río Anui, ejerce su atracción con la promesa de ofrecer algunos de los descubrimientos más apasionantes sobre los orígenes de la especie humana.

La cueva de Denisova protagoniza una revolución en cuanto a los datos que aporta acerca de cómo nuestros ancestros del Paleolítico (Edad de Piedra Antigua) se comportaron y se relacionaron entre sí. Nuestra especie, Homo sapiens, nació en África hace cientos de milenios. Cuando inició su expansión por Europa y Asia, se encontró con otras especies de humanos, como los neandertales, y compartió el planeta con ellos por espacio de milenios hasta que esas especies arcaicas desaparecieron. Sabemos que tales grupos coexistieron porque hoy algunos de nosotros conservamos ADN de parientes extintos, fruto de la hibridación de aquellos primeros H. sapiens con miembros de esos otros grupos. Lo que aún no sabemos y ansiamos saber es en qué momento y lugar se cruzaron sus caminos, con qué frecuencia se hibridaron y de qué modo pudieron influir en la cultura de cada cual. Son pocos los yacimientos arqueológicos relevantes de ese período de transición que albergan útiles líticos y otros artefactos. Y en muchos, como en Denisova, no se han hallado restos humanos lo bastante completos para asignarlos a una especie a partir de sus rasgos anatómicos. Esa carencia nos ha impedido atribuir la autoría de los útiles y datar el momento en que se fabricaron.

Ahora, una técnica de identificación de fragmentos óseos prehistóricos, denominada análisis zooarqueológico por espectrometría de masas (abreviado ZooMS), al fin está empezando a dar respuestas a esas viejas incógnitas. Mediante el análisis de la proteína de colágeno conservada en esos pequeños fragmentos fósiles aparentemente anodinos, es posible identificar los que proceden de la familia de los humanos y los simios antropomorfos e intentar recuperar su ADN. De ese modo podemos saber a qué especie pertenecieron: neandertal, H. sapiens o cualquier otra. Es más, podemos llevar a cabo pruebas para averiguar su antigüedad.

La datación directa de los fósiles es un proceso destructivo; hay que sacrificar una parte del hueso para el análisis. Los conservadores de los museos suelen mostrarse reticentes a someter los huesos más enteros a ese tipo de pruebas. Pero no tienen esos escrúpulos con los pedazos diminutos.

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