Aprendizaje instintivo

Considerados habitualmente nociones contrapuestas, aprendizaje e instinto actúan a la par: el proceso de aprendizaje, en animales de todos los niveles de complejidad nerviosa, suele instarlo y controlarlo el instinto.

Suele considerarse el aprendizaje un proceso alternativo al instinto, entendiendo por este último la información que se transmite genéticamente de una generación a la siguiente. La mayoría creemos que la capacidad de aprender constituye una propiedad de la inteligencia. Se dice que la diferencia entre el aprendizaje y el instinto separa a los seres humanos de los animales «inferiores», como los insectos. La introspección, esa autoridad engañosamente convincente, le lleva a uno a concluir que el aprendizaje, a diferencia del instinto, se apoya en la toma consciente de decisiones que conciernen a cuándo y qué hay que aprender.

Estudios realizados en las últimas décadas demuestran que no ha lugar a una distinción tan tajante entre instinto y aprendizaje (y entre las fuerzas conductoras que subyacen a los comportamientos humano y animal). Se ha observado, por ejemplo, que muchos insectos aprenden de manera prodigiosa. Y a la inversa, sabemos ahora que, a menudo, el proceso de aprendizaje en los animales superiores, y en los insectos también, se ajusta a directrices innatas, es decir, lo dirige información contenida en la dotación genética del animal. En otras palabras, el propio proceso de aprendizaje suele estar controlado por el instinto.

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