Determinismo genético y periodismo

Hacia un nuevo modelo de comunicación científica.

GENES DE PAPEL: GENÉTICA, RETÓRICA Y PERIODISMO EN EL DIARIO EL PAÍS (1976-2006)
Por Matiana González Silva. Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Madrid, 2014.

La investigación genética tuvo un lugar privilegiado en las páginas del diario El País durante la década de los noventa del siglo XX. El Proyecto Genoma Humano estaba en pleno desarrollo y proporcionó una imagen enormemente prometedora de esta rama de la ciencia. Se pensaba que, mediante la elucidación de la secuencia química de nuestro ADN, sería posible conocer el funcionamiento de nuestros genes y corregir sus defectos en enfermedades hereditarias. Sin embargo, como apunta en esta obra Matiana González Silva, profesora asociada del Centro de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, el auge de la genética en El País fue un fenómeno coyuntural. Durante los años fundacionales del diario (1976-89), los genes se consideraban un factor más, desconocido y no privilegiado, en la salud y el comportamiento humanos. Una vez secuenciado nuestro genoma (2001), el incumplimiento de gran parte de las expectativas llevó a El País a aproximarse a la genética con mayor cautela.

Esas tres etapas (de desconocimiento, eclosión y cautela) informan el argumento de González Silva en Genes de papel. Basado en su tesis doctoral, este libro constituye un exhaustivo análisis de las informaciones sobre genética humana publicadas en El País desde su primer número, en mayo de 1976, hasta 2006, cinco años después de la publicación de los resultados del Proyecto Genoma Humano. Los casi dos mil textos analizados reflejan cómo la importancia que se otorgó a los genes varió en función de las circunstancias científicas y sociopolíticas de la España de la época. Al propio tiempo, esta variación transformó el modelo comunicativo de El País en lo relativo a la difusión pública de la ciencia. El resultado es una obra incisiva, en la que la investigación académica en historia y comunicación científica se combinan para ilustrar de forma crítica las limitaciones y posibles alternativas al modelo dominante de popularización de la ciencia. Sin embargo, en ocasiones se echa de menos una reflexión más amplia del contexto científico y periodístico internacional en el que El País difundió la genética.

La obra arranca con una introducción que nos acerca a los aspectos más relevantes de la historia de la genética humana y del diario El País dentro de la Transición entre la dictadura de Franco y la España democrática. Su labor de síntesis es encomiable: analiza y articula una amplia literatura académica en historia de la biología, del periodismo y de la Transición política española, sin caer en generalizaciones ni omisiones. Se ofrece también una panorámica de los distintos modelos de comunicación científica. Muestra el modo en que, a partir de la década de 1980, la comprensión social de la ciencia (public understanding of science), promovida por instituciones anglosajonas, se erigió como el paradigma dominante. Este modelo buscaba acercar la ciencia al público y mejorar la imagen de la misma, de manera que los ciudadanos no cuestionasen la verdad o los efectos beneficiosos de lo que se hacía en el laboratorio. La autora demuestra que la historia de la genética en El País se corresponde con un ascenso de este modelo, en detrimento de otros que, en la línea del entusiasmo democrático de los primeros años del diario, buscaban acercar la ciencia de manera más crítica y participativa.

En la primera parte del libro se ilustra cómo El País dio voz, de forma cambiante, a un amplio abanico de actores relacionados con la investigación genética. En los primeros años, a finales de los setenta y principios de los ochenta, sus páginas se hacían eco no solo de científicos, sino también de filósofos y colectivos sociales involucrados en el diseño de las primeras políticas democráticas de salud pública. Los genes se presentaban como un elemento más «entre los diferentes factores que contribuían a los procesos patológicos» (pág. 80). Dentro de esta visión, el determinismo genético y las posturas biologicistas se identificaban con la derecha política y, por tanto, se consideraban contrarias a la línea editorial del periódico. Sin embargo, conforme avanzaban los ochenta, la genética fue ganando peso en España y una nueva hornada de investigadores reclamó «cada vez más voz». Sus intereses se vieron beneficiados por el ascenso, dentro del diario, de reporteros especializados, formados en el mundo anglosajón y que admiraban el modelo del public understanding of science, guiado por el criterio de los científicos. Esto contribuyó a que la genética, y la investigación científica en general, se presentasen cada vez más como «una actividad unívoca, universal e incuestionable, que avanzaba imparable y con independencia de cualquier elemento mundano, como las políticas públicas o las legislaciones nacionales» (pág. 98).

Ese nuevo modelo, proclive a reflejar los hallazgos tal y como los relataban los científicos y excluyendo otras voces, alcanzó su cénit en los noventa. El arranque del Proyecto Genoma Humano sirvió como motor para el dominio de la genética en El País, pero no tanto por la participación española en esta iniciativa —que resultó testimonial— como por el uso que una influyente comunidad local de genetistas médicos hizo de sus resultados. Esta distinción entre el Proyecto Genoma Humano en sí y su apropiación por los científicos españoles constituye la aportación más valiosa de González Silva. La autora demuestra cómo la «situación periférica» de España permitió a El País conservar parte de su modelo comunicativo original cuando informaba del Proyecto Genoma Humano, analizando y discutiendo críticamente las dimensiones políticas, económicas y sociales del mismo (pág. 322). Sin embargo, los genetistas médicos españoles lograron establecer una relación simbiótica con los reporteros científicos y llevaron al diario a informar de manera cada vez más determinista sobre las conexiones entre genes, enfermedad y comportamiento.

Esa simbiosis se refleja en la segunda parte del libro, donde se ahonda en el uso que las distintas comunidades relacionadas con la genética hicieron de El País. A lo largo de los ochenta y noventa, los actores más críticos con el determinismo genético, que antes gozaban de un amplio protagonismo, vieron relegadas sus contribuciones a la sección de Cartas al director. Por el contrario, los incipientes genetistas españoles lograron instrumentalizar la cobertura informativa del diario y adecuarla a sus intereses. El Proyecto Genoma Humano sirvió así para impulsar la implantación del diagnóstico genético en España y reclamar financiación para esta rama de la biomedicina, que se veía especialmente adecuada para explotar el potencial médico de la secuencia. El éxito del Proyecto resultó aparente en los años inmediatamente posteriores a la publicación de sus resultados (2001), pero, conforme pasaba el tiempo, las expectativas despertadas no llegaron a cumplirse, al menos a la velocidad esperada [véase «Revolución aplazada», por Stephen S. Hall; Investigación y Ciencia, diciembre de 2010]. Esto llevó a una reaparición de voces críticas con la biologización en las páginas de El País y a informaciones en las que la complejidad de las interacciones entre genes en procesos como el comportamiento o la enfermedad cobraban «cada vez más relevancia» (pág. 235).

El ciclo histórico de descubrimiento, auge y desencanto del papel de los genes en El País permite a González Silva concluir con una lectura crítica de la práctica actual de la comunicación científica. La autora se opone de forma tajante a la idea de que los medios de masas deben únicamente informar de resultados contrastados, abogando por «proveer al público de nuevos elementos que permitan comprender mejor cómo opera la actividad científica». Así, al saber que «aunque alguien no comprenda cada detalle técnico siempre tiene derecho de opinar, los ciudadanos se involucrarían en los temas científicos y dejarían de ver la ciencia y a los científicos como unos entes de naturaleza casi mágica» (págs.334 y 336). Esta conclusión, y el uso de la historia de la ciencia para respaldarla, constituye la principal riqueza del libro. El análisis histórico permite a González Silva mostrar las flaquezas de un modelo comunicativo (el public understanding of science) que se agota tras más de treinta años de dominio.

Uno de los aspectos más fascinantes de los procesos históricos que se describen en Genes de papel es el modo en que las técnicas genéticas se entrelazan con dinámicas sociopolíticas más amplias. Aquí, el análisis de González Silva peca a veces de compartimentalizar en exceso estos procesos, refiriéndose a los «aspectos técnicos» de la genética como categoría que puede detectarse en las informaciones de El País. Si tecnología y sociedad, como acertadamente apunta la autora, son dimensiones inseparables, no queda claro cómo pueden identificarse esos aspectos técnicos en las páginas de un diario. Esta separación, junto con la ausencia de un contexto periodístico internacional más detallado en el que se aprecien mejor los efectos de la situación periférica de El País, constituye el aspecto más mejorable de la obra. Quizá la autora pueda explorarlo en una segunda parte, que a buen seguro los lectores aguardarán con impaciencia.

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