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  • Junio 2015Nº 465
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Medioambiente

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La pluviselva, de nuevo amenazada

El aumento actual de las talas en la Amazonía podría acarrear cambios en el clima y sequías más intensas.

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Hasta hace poco, Brasil destacaba como un esperanzador caso aparte en la plaga de la deforestación. Entre 1990 y 2010, la tala de las selvas tropicales aumentó un 62 por ciento en el mundo, pero en Brasil esa destrucción se desplomó entre 2004 y 2011, en parte gracias a unas severas normas ambientales y a la prohibición de la venta de soja cultivada en tierras desforestadas. Sin embargo, desde agosto de 2014 la tala de árboles se ha más que duplicado allí en comparación con el mismo período del año anterior, según un análisis por satélite publicado esta primavera por el instituto de investigación independiente Imazon.

Ese informe quizás esté señalando una nueva ronda de dificultades para la selva pluvial más extensa del mundo. La mayor parte de los terrenos despejados en este auge de la tala se destinarán a pastos para el ganado, que se han visto favorecidos por el precio creciente de la carne en el mundo (la corta de árboles para crear ranchos es el principal motivo de deforestación en la Amazonía brasileña; contribuye al 70 por ciento de la tierra despejada). Y la recién reelegida presidenta de Brasil, Dilma Rouseff, ha pedido que se construyan varias presas hidroeléctricas y una carretera importante, que, si llegan a hacerse, hendirán el intacto corazón del Amazonas. El Gobierno apoya también un cambio legal que debilita la protección ambiental y ofrece la amnistía a quienes hayan cortado árboles ilegalmente; lo justifican por la necesidad de crecer económicamente.

Un estudio realizado en 2014 por el Instituto Nacional para la Investigación Espacial de Brasil halló que la deforestación, sobre todo las amplias talas a lo largo del borde meridional de la Amazonía, ha hecho disminuir el movimiento de la humedad atmosférica hacia el sur. Los climatólogos del instituto sostienen que ese cambio tal vez sea uno de los factores que esté interviniendo en la intensa sequía que ha obligado a racionar el agua en la mayor metrópolis del país, São Paulo. Y según Phillip Fearnside, biólogo del Instituto de Investigaciones de la Amazonía, si se sigue desforestando el Amazonas, al final se tendrá una sequía permanente, no solo una de esas que duran un año.

La pérdida de árboles influye más allá de las fronteras de Brasil. Conlleva una remodelación del clima en todo el hemisferio occidental: la pluviselva inyecta en la atmósfera 20.000 millones de toneladas de vapor de agua al día por medio de la transpiración de las hojas, un aporte que tiene efectos en cadena en los sistemas climáticos de otros continentes. En la actualidad, la deforestación de la Amazonía casi alcanza el 20 por ciento, lo que, según Thomas Lovejoy, uno de los pioneros de la investigación del Amazonas, significa acercarse a un punto de inflexión en lo que respecta a la capacidad de la región para mantener el sistema climático y las lluvias a las que contribuye. Una combinación desastrosa de talas, incendios y cambio climático, se teme Lovejoy, podría transformar vastas franjas del sur y del este del Amazonas en una sabana.

Así, un estudio de 2013 predice que, con un Amazonas totalmente deforestado, nevaría un cincuenta por ciento menos en la Sierra Nevada de California, lo que mermaría muchísimo la escorrentía de primavera, vital para la agricultura de la región. (Se desconoce si el grado actual de deforestación guarda relación con la sequía que está padeciendo la costa oeste de EE.UU.). Para evitar males mayores habrán de intervenir muchos actores sociales, pero parece que Brasil se está moviendo ahora en dirección contraria.

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