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¿Podremos salvar los suelos?

Pese a la alarmante situación de las tierras del planeta, los intentos oficiales para frenar su degradación no pasan de meras declaraciones de buenas intenciones.

THINKSTOCK/VIKTOR PRAVDICA

Adán deriva del femenino hebreo adama, que significa «suelo»; Eva proviene de hava, que significa «vida». Adán y Eva representaban, por tanto, el suelo y la vida. Las civilizaciones antiguas reconocían la importancia del suelo en el sostenimiento de la agricultura. ¿Cuál es la situación actual?

La roturación de las tierras para el cultivo iniciada en el Neolítico seleccionaba las zonas llanas y de suelos más productivos (valles, llanuras deltaicas, suelos de la vega de los ríos). Ello permitió aumentar de forma extraordinaria la producción de alimentos y supuso un hito en el desarrollo humano. Sin embargo, el avance de la agricultura ha tenido también efectos colaterales negativos sobre el suelo. La civilización sumeria acabó arruinada con la degradación de los suelos por salinización asociada al riego. Según ha ido aumentando la población, se han ido roturando tierras de menor calidad y más vulnerables. Y los suelos se han ido abandonando conforme perdían productividad. El resultado: en la actualidad, un tercio de las tierras del planeta están degradadas.

Hallamos un caso singular en las ciudades históricas que han devenido conurbaciones. Para la fundación de estas urbes se seleccionaban zonas bien comunicadas y ricas en recursos básicos como agua y tierra fértil. Los suelos poco productivos, con frecuencia promontorios, se dedicaban a la edificación (pensemos en la Barcino romana); los de buena calidad, en cambio, se convertían en el «huerto» que sustentaba a la ciudad. El extraordinario crecimiento urbanístico que han experimentado algunos de estos núcleos durante el último siglo se ha llevado a cabo sin considerar la calidad agrícola de los suelos, y los cultivos productivos de la periferia se han destruido sin más.

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