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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Abril 2016Nº 475

Etología

La sabiduría colectiva de las hormigas

Las colonias de hormigas llevan a cabo tareas complejas sin necesidad de un líder. Saber cómo se las apañan ayudaría a entender mejor otros sistemas carentes de gobierno, como el cerebro o Internet.

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Hank Pym es uno de los personajes de Ant-Man, uno de los taquillazos estivales de 2015. Este científico idea un traje que reduce a un hombre al tamaño de un insecto y asegura que las hormigas son capaces de realizar hazañas increíbles, pero precisan de un líder que las dirija. Con la ayuda de un pequeño dispositivo detrás de la oreja les ordena que formen una falange de combate, con la que ayudarán a este minúsculo héroe humano a derrotar a un genio malvado.

La idea de que las hormigas tienen comandantes que imparten órdenes y dirigen sus actividades suena bien porque muchas organizaciones humanas se rigen por una jerarquía y porque es conveniente para las películas de Hollywood, donde los héroes son personas. La única pega es que resulta errónea. Las hormigas nunca marchan al paso, ni obedecen una orden al unísono. En el mundo real, la actividad aparentemente torpe y caprichosa de cada hormiga, que no parece responder a un objetivo común, se aúna con la de las demás y permite que la colonia encuentre y recolecte alimento, excave el hormiguero, abra sendas y levante puentes, proteja las plantas hospedadoras de los herbívoros y cultive huertos, todo ello sin supervisión. No necesitan un jefe, y ninguna hormiga le ordenará jamás a otra lo que ha de hacer.

Los hormigueros no son los únicos sistemas de la naturaleza que carecen de control centralizado. El comportamiento colectivo, sin órdenes superiores, existe por doquier, como la bandada de estorninos que revolotea en el cielo, la red de neuronas que le permite a usted leer esta frase o las moléculas que trabajan con los genes para sintetizar las proteínas. Tal diversidad de conductas es posible gracias a interacciones simples entre los actores, ya sean hormigas, pájaros, neuronas o moléculas.

Cuando empecé a estudiar los sistemas sin centro de control en mi doctorado, busqué uno en que las interacciones fueran fáciles de observar. Y ahí estaban las hormigas, con más de 14.000 especies repartidas por todos los hábitats terrestres del planeta. Estos insectos sociales instalan sus nidos en el suelo, en ramas huecas y hasta en bellotas, debajo de las piedras o en el follaje del dosel arbóreo de la selva. Néctar, hongos u otros insectos son una muestra de lo variado que llega a ser su alimento. Su nexo común es el comportamiento colectivo, por lo que constituyen un excelente modelo para conocer la evolución de este y su papel en la resolución de los problemas ecológicos que afrontan sus comunidades.

Mis investigaciones sobre varias especies de hormigas en ecosistemas dispares, desde el desierto hasta la selva tropical, demuestran que cada especie recurre a las interacciones con fines distintos; bien para acelerar la actividad, moderarla o mantenerla en marcha. Ello sugiere una concordancia entre la situación ecológica y la manera en que las interacciones simples modulan el comportamiento colectivo. Tal vez la evolución haya convergido hasta crear una gama de sistemas descentralizados que generan algoritmos similares para lidiar con problemas ambientales semejantes.

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