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1 de Abril de 2016
Tecnología de la información

¿Profetas de un apocalipsis digital?

La digitalización guarda semejanzas con otras revoluciones tecnológicas del pasado, como la que trajo consigo la invención del automóvil. El alarmismo está fuera de lugar.

En síntesis

Es lícito preguntarse hasta qué punto la revolución digital puede poner en peligro los derechos civiles. Sin embargo, dicho análisis no debería ignorar los beneficios potenciales de la digitalización ni exagerar sus capacidades actuales.

En el pasado, también otras revoluciones tecnológicas causaron profundos cambios sociales y provocaron efectos colaterales no deseados. Al igual que entonces se redactaron nuevas leyes, lo mismo ocurrirá en la era digital.

La tecnología digital continuará progresando durante las próximas décadas. Los problemas que puedan surgir de su uso no se solucionarán condenándola de manera irreflexiva, sino juzgándola de la manera correcta y aprovechando sus oportunidades.

Vaya por delante que la importancia y vigen­cia de los valores que defiende el Manifiesto Digital, como la madurez de la ciudadanía, los derechos fundamentales y la autodeterminación informativa, se encuentran fuera de toda duda. Lo mismo ocurre con el derecho a la privacidad. También está claro que es lícito preguntarse hasta qué punto la digitalización podría poner en peligro estos derechos civiles inalienables. Sin embargo, el alarmismo de los luditas digitales no ayuda en absoluto a este debate, como tampoco lo hacen las especulaciones disparatadas acerca de que con la digitalización todo será posible, incluidas las máquinas superinteligentes.

¿Qué es, en realidad, la digitalización? En el fondo, la tecnología digital existe desde hace ya más de sesenta años. Pero, de un uso inicial en áreas muy especializadas, con el tiempo ha ido ganando terreno en todos los ámbitos imaginables. De ser una disciplina de laboratorio, la tecnología digital ha pasado a convertirse en una de gran utilidad —y hoy indispensable— en todo tipo de aplicaciones técnicas y empresariales, al tiempo que se ha acercado de manera considerable a la vida cotidiana de las personas. Hoy utilizamos con toda naturalidad teléfonos inteligentes, Internet y otros dispositivos, equipos y sistemas llenos de software. La causa última de este uso intensivo es lo atractivo que nos resulta y las muchas posibilidades que nos ofrece. A pesar de ello, el Manifiesto ignora casi por completo los innegables beneficios de la tecnología digital.

Por nombrar solo algunos ejemplos, la seguridad del tráfico aéreo y toda una serie de avances en medicina son consecuencia directa de la digitalización. De igual modo, la eficiencia energética solo podrá alcanzarse gracias a ella. Y las comunicaciones móviles a escala mundial, impensables sin la tecnología digital, han hecho posible que las personas se relacionen con independencia de su realidad geográfica. ¿Por qué ponemos de relieve los peligros de la tecnología digital sin mostrar sus aspectos positivos?

ANTECEDENTES HISTÓRICOS
Pero centrémonos ahora en el Manifiesto. Por supuesto, sería totalmente inaceptable que la digitalización se utilizara para incapacitar a la ciudadanía, por lo que sin duda necesitamos nuevas leyes específicas que protejan los derechos fundamentales de las personas. Sin embargo, no es la primera vez que una tecnología cambia drásticamente nuestro entorno vital. Así ha ocurrido, por ejemplo, con el automóvil en los últimos cien años. También en ese caso se adaptaron las infraestructuras a la nueva tecnología. Y también se produjeron —y siguen produciéndose— multitud de daños colaterales: desde el impacto ambiental al todavía elevado número de accidentes con daños personales. La introducción del automóvil obligó a redactar nuevas leyes. Con la digitalización ocurre algo muy similar, si bien es cierto que esta última afecta más a las personas como tales y a su naturaleza interior.

Hay un aspecto del Manifiesto Digital que llama la atención. Contiene una serie de afirmaciones que, como mínimo, no están demostradas y son difícilmente demostrables, o que incluso constituyen especulaciones desenfrenadas. Una aseveración como «la inteligencia artificial ya no se programa línea por línea, sino que ha llegado a ser capaz de aprender y progresar por sí misma» resulta, cuando menos, engañosa (especialmente para el profano) y en sentido estricto es sencillamente falsa. Los programas de inteligencia artificial también se programan línea por línea, incluso si en este contexto se emplean técnicas que, efectivamente, se conocen como «sistemas de aprendizaje». Pero este «aprendizaje» está tan alejado del aprendizaje humano como el vuelo de los aviones del de los pájaros. Y la inteligencia artificial todavía progresa gracias a los científicos, no por sí sola.

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