Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Abril de 2016
Historia de la ciencia

Un siglo de bacteriófagos

El estudio de estas fascinantes entidades biológicas ha contribuido de manera fundamental al desarrollo de la genética, la biotecnología y la medicina.

Aunque el descubrimiento de los bacteriófagos se remonta a 1915, la primera micrografía electrónica de estas entidades biológicas no se obtuvo hasta 1940; aquellas imágenes permitieron confirmar que los efectos atribuidos a los fagos estaban causados por virus, no por actividad enzimática. La microscopía electrónica moderna (ilustración) ha revelado los detalles estructurales de estos virus y ha permitido entender el proceso de infección. [GRAHAM BEARDS/CC-BY-3.0]

En 1915, el bacteriólogo Frederick Twort publicó el primer artículo sobre los virus que infectan bacterias, se replican en su interior y las matan. Desde entonces, el estudio de los bacteriófagos, conocidos popularmente como «fagos», ha transformado la biología. Los fagos proporcionaron los sistemas experimentales y las herramientas que hicieron posible la revolución de la biología molecular del siglo XX, y su rápido crecimiento ha permitido comprobar en el laboratorio los principios fundamentales de la ecología y la evolución. Hoy sabemos que constituyen las entidades biológicas más exitosas del mundo, ya que son más abundantes y genéticamente más diversos que cualquier otra forma de vida. Sin embargo, y a pesar de su importancia, su estudio sigue estando circunscrito a un ámbito muy especializado. Creemos que conocer su historia puede inspirar a una nueva generación de biólogos.

A principios del siglo XX, la mayoría de quienes se dedicaban a investigar los fagos estaban interesados en usarlos como agentes antibacterianos. Era una época de ensayos no controlados, en los que los virus se inyectaban en las personas o se vertían en pozos de agua con la esperanza de acabar con bacterias patógenas, como las del cólera. Esta línea de investigación se vio reducida drásticamente tras el descubrimiento de los antibióticos por Alexander Fleming, en 1928. Hoy, sin embargo, el concepto de «terapia fágica» está resurgiendo a medida que aumenta la preocupación por la resistencia a los antibióticos.

El estudio de estos virus entró en la esfera cuantitativa cuando una red de biólogos, bioquímicos y físicos, conocidos como el Grupo de los Fagos, los usó como modelo para analizar el funcionamiento de la vida. En 1952, Alfred Hershey y Martha Chase llevaron a cabo un célebre experimento en el que separaron un grupo de fagos marcados radiactivamente de una población de bacterias; gracias a ello, lograron establecer que el ADN era el material genético. El descubrimiento de enzimas codificadas por fagos y que actuaban sobre el ADN, como las ADN- y ARN-polimerasas, las ligasas y las endo- y exonucleasas, aceleró el desarrollo de la biología molecular y de la biotecnología. En la actualidad, las proteínas fágicas se emplean a diario en todo el mundo. Y las enzimas de restricción que protegen a las bacterias de las infecciones causadas por fagos proporcionan otra herramienta indispensable para los biólogos moleculares. Esta tendencia continúa hoy, como puede verse en la revolución en edición genética surgida a raíz del descubrimiento del sistema CRISPR-Cas, usado por las bacterias como defensa contra estos virus.

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.