Eliminación de residuos en el reino animal

Las especies siguen distintas estrategias cuando tienen que hacer frente a los desechos propios o ajenos, ya sean heces o cadáveres.

Barrenderos avezados: La hormiga Atta cephalotes construye en el interior del nido cámaras especiales a las que lleva los residuos de su propia actividad. WIKIMEDIA COMMONS/CC BY SA 3.0

En síntesis

Los residuos son un problema no solo para los humanos. Pueden transmitir enfermedades y atraer a los depredadores con su olor. Por eso también los otros animales han tenido que inventar sus «vertederos», «aseos», varios tipos de medidas higiénicas y sistemas para desembarazarse de los cadáveres de los compañeros de nido.

Sin embargo, los residuos pueden constituir también un recurso: basta saber cómo usarlos y aprovechar de manera apropiada su hedor y contenido de bacterias.

La selección natural ha premiado a veces los comportamientos de reciclaje, que suelen ser los que producen más beneficio con un menor costo. Los ha favorecido tanto si se trata de residuos propios como si proceden de otras especies.

Los residuos generan problemas: infecciones, alteraciones de la salud, trastornos sociales y, además, hedor y disgusto. Por eso los humanos nos hemos dotado de sistemas para la recogida de basuras de nuestro hábitat y para su eliminación lo más lejos posible: desagües, alcantarillas, contenedores, vertidos, incineradores y, en fecha más reciente, las complicadas cadenas de reciclaje de papel, vidrio, plástico o metales. Pero el problema no es solo nuestro. Afecta a todos los animales que viven en comunidad, que producen residuos y que deben defenderse de las infecciones y los depredadores. Visto a través de los ojos de un naturalista, las dificultades surgen a raíz de la convivencia entre individuos de la misma especie, pero sobre todo de la interacción entre diferentes especies; en especial, cuando una ve en los residuos de la otra recursos o reclamos, es decir, indicios de su presencia en el ambiente.

Así es como, si se busca en los rincones más íntimos del comportamiento animal, se descubren espacios que nosotros, los humanos, llamaríamos «aseos», «vertederos» y «basureros». Pero no solo eso. Uno de los residuos más difíciles de gestionar, incluso para nosotros, que no los consideramos como tales, son los cadáveres. Las abejas, las termitas y las hormigas han desarrollado conductas complejas para retirarlos, las cuales han evolucionado de forma independiente en diferentes especies de insectos sociales. Se trata de estrategias que se denominan en conjunto necroforesis, un término introducido a mediados de los años ochenta del siglo XX por el pionero de la mirmecología Edward O. Wilson.

A medida que las estudiamos, descubrimos que las tácticas necroforéticas no se hallan tan alejadas de las nuestras. Por el contrario, el cadáver de una compañera puede ser tratado por las hormigas, las abejas y las termitas de maneras parecidas a las que adoptamos los humanos. En el pasado, los naturalistas les han dado descripciones claramente antropomórficas al hablar de «funerales» y «cementerios», siguiendo la descripción que Plinio el Viejo hizo de las hormigas en su Naturalis Historia.

Tal parecido no debe sorprendernos. Se trata de una prueba más de que, con presiones evolutivas semejantes, la selección natural ha favorecido respuestas parecidas. Tanto nosotros como esos animales, que por algo se definen como sociales, solemos vivir cerca de nuestros congéneres en grandes comunidades. En el caso de los insectos, se habla de colonias, que a veces están constituidas por millones de miembros. Cada colonia vive dentro de su propia «ciudad», que puede ser el hormiguero, el termitero o la colmena. Y en un hormiguero, un termitero o una colmena, así como en una ciudad real, los patógenos y los parásitos que afectan a un individuo pueden convertirse rápidamente en fuente de epidemias que se propagan a toda la colectividad.

Pero, a diferencia de las especies solitarias, los humanos y los insectos sociales no hacemos algo tan sencillo como recoger nuestras pertenencias, trasladarnos a otro lugar para evitar el contacto con los patógenos y tal vez construir allí otra ciudad. No podemos ignorar el cadáver o mantenernos a distancia de él, como hacen ciertos escarabajos de algunas especies solitarias. Al final, lo que nos resulta más práctico es dotarnos de infraestructuras para gestionar los cadáveres, y de profesionales que las sepan hacer funcionar. En pocas palabras: hace falta algo parecido a un médico forense y un sepulturero.

Puedes obtener el artículo en...

¿Tienes acceso a la revista?

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.