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1 de Diciembre de 2016
Reseña

Humboldt: ahora es verde

Todo está conectado con «mil hilos».

LA INVENCIÓN DE LA NATURALEZA
EL NUEVO MUNDO DE ALEXANDER VON HUMBOLDT
Andrea Wulf
Taurus, 2016

¿Hace falta otra biografía de Alexander von Humboldt? Andrea Wulf piensa que sí. Y parece que el éxito editorial que tuvo su libro en Estados Unidos le da toda la razón. Publicado en 2015, The invention of nature recibió muy buenas críticas y varios premios, de tal manera que la editorial se atrevió a traducir el libro a casi diez idiomas a la vez, incluido el castellano, para conquistar el mercado mundial.

La gran virtud del libro es su estilo. Wulf escribe muy bien, con gran fluidez, gancho y buen ojo para el detalle interesante. Aunque la obra abarca casi 600 páginas, se lee como una novela, llena de drama y aventuras, de retos y descubrimientos. Así fue la larga vida de Alexander von Humboldt (1769-1859).

Pero la autora quiere algo más que escribir una biografía apasionante. Un momento clave para Humboldt —según el libro— fue su ascensión al Chimborazo, considerado por entonces la cumbre más alta del mundo. Desde allí, Humboldt logró una perspectiva holística de la naturaleza. Esta tesis no es nueva, pero Wulf construye toda su narrativa alrededor de ella. Su conocimiento enciclopédico en geografía, botánica y zoología, pero sobre todo la experiencia ganada en su largo viaje por Sudamérica (1799-1804), permitieron a Humboldt percibir las múltiples interconexiones entre los procesos naturales. Para Wulf, su Ensayo sobre la geografía de las plantas es el «primer libro ecológico». Y si todo está conectado con «mil hilos», como decía él, la deforestación o la sobrepesca de las aguas amenaza ecosistemas enteros, un término que por entonces no existía, pero que Humboldt ya describió. La visión holística de Humboldt identificó el impacto pernicioso de las acciones del hombre. Según Wulf, fue el primero en señalar la conexión entre el colonialismo y la destrucción del medio.

Otro punto fuerte de la obra de Wulf es su acertada contextualización histórica. La autora perfila de manera cautivadora las estrechas conexiones entre la investigación de la naturaleza y las revueltas políticas de la primera mitad del siglo XIX. Uno de los grandes admiradores de Humboldt fue Simón Bolívar. Gracias al contacto personal y a la lectura de sus fascinantes relatos de viaje, Bolívar empezó a descubrir la belleza de su propia tierra, para convertirse más tarde en el «libertador» de Sudamérica.

Wulf demuestra el denso entrelazamiento internacional de Humboldt, quien cada año escribe miles de cartas y recibe aún más. Conocía a todos: el presidente Jefferson lo invitó a la Casa Blanca y, para el rey de Prusia, el barón Von Humboldt representaba la gran atracción de su corte. Ejercer de cortesano durante décadas no resultaría fácil para este republicano convencido.

Humboldt fue una «academia en persona», como lo definía un coetáneo, una bestia multidisciplinar que trabajó día y noche hasta su muerte, acaecida cuando contaba casi noventa años. Sabía manejar un sinfín de información y sintetizarla. No importaba que el gran divulgador de la ciencia no fuese capaz de manejar sus propias finanzas, a pesar de su enorme herencia y de varios superventas internacionales. Prefería ayudar a científicos jóvenes.

En su retrato de Humboldt, Wulf dibuja solo unas pequeñas sombras. A veces su lengua fue muy venenosa, y su fama creciente le llevó a cultivar una cierta arrogancia. Era un parlanchín de primera, y en varios idiomas. En los salones de París y, más tarde, en los de Berlín, hablaba sin parar. Escuchar no era su fuerte. Lo pudo constatar Charles Darwin en 1842: en una reunión de varias horas en Londres, el joven naturalista inglés apenas logró insertar unas palabras que, enseguida, generaron un nuevo discurso del alemán.

El libro de Wulf concluye con un análisis del impacto intelectual de Humboldt en Estados Unidos. Puede que los capítulos sobre tres pioneros del movimiento ambientalista estadounidense, Henry David Thoreau, George Perkins Marsh y John Muir, no cobren tanto sentido en las versiones traducidas de la obra, pero la intención de la autora ha sido rescatar a Humboldt del olvido en el que ha caído en Estados Unidos —algo quizá menos necesario en los países castellanohablantes—. No fue siempre así. En el primer centenario del naturalista, en 1869, hubo celebraciones multitudinarias en todo el mundo, las más grandes de las cuales tuvieron lugar en Nueva York, San Francisco y Chicago.

El rey de Prusia le llamó «el hombre más grande desde el diluvio». De hecho, parece muy difícil evitar los superlativos al hablar de Humboldt, y más aún en una biografía dirigida al gran público. Pero, en ocasiones, a Wulf le falta tomar cierta distancia con respecto a las fuentes. La autora reproduce muchos de los elogios sobre la persona de Humboldt sin cuestionarlos: su insaciable curiosidad y vocación por investigar, su aguante casi sobrehumano en sus viajes por la selva tropical o en los Andes, su infatigable energía y productividad. Pero todo eso son estilizaciones de la caja de construcción de héroes. Obviamente, Humboldt fue un naturalista extraordinario, pero hay que preguntarse cómo se construye el personaje.

Hace ya más de diez años que el historiador de la ciencia Nicolaas Rupke publicó su «metabiografía» de Humboldt. Tomando el ejemplo del alemán, mostraba que los héroes científicos son «inestables»; sus imágenes cambian sin cesar. En los últimos 150 años, nuestra superestrella ha sufrido incontables intentos de apropiarse de su persona. En Alemania lo intentaron los nacionalistas y después los nazis, en la RDA destacaron su anticolonialismo, y en la Alemania actual sirve casi para todo, en particular, como referencia de un «buen alemán».

Dado el cambio climático antropogénico y la progresiva destrucción del entorno, no sorprende que ahora —de hecho, desde hace años— se perciba a Humboldt como pionero de la ecología. Una reflexión crítica de su propia perspectiva hubiera hecho este magnífico libro de Andrea Wulf aún mejor. Cada tiempo reclama su Humboldt. Y hoy en día es verde.

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