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  • Diciembre 2016Nº 483

Informe especial Estado de la ciencia global 2016

Ciencia y sociedad

Las cuitas del científico divulgador

Relacionarse con el público ha sido tabú en los círculos científicos, pero las redes sociales están forzando un cambio.

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Roger Smith (no es su verdadero nombre) nunca tuvo la intención de llegar a ser un científico popular. Pero hace unos años, tras publicar un descubrimiento de gran importancia en la revista Science, no vio razón alguna para esquivar a los periodistas. De pronto, su trabajo aparecía por todas partes, hasta en el New York Times. Le invitaron a hablar en prestigiosos congresos de difusión de «ideas» y vio que valía para explicarle la ciencia a la población. Su charla para TED (de «Tecnología, entretenimiento y diseño»), organización que exhibe en su sitio en la Red breves conferencias sobre temas diversos, se vio cientos de miles de veces.

Que su fama fuese a más le supuso, sin embargo, unos problemas inesperados. Aunque siguió realizando investigaciones de alta calidad y sus resultados se publicaban todavía de forma regular en revistas científicas prestigiosas, algunos de sus colegas empezaron a penalizarlo por esa fama creciente. Sus solicitudes de fondos para realizar nuevos experimentos empezaron a ser rechazadas. Los evaluadores anónimos de las propuestas para las que buscaba una subvención hacían comentarios terribles, recuerda, del estilo de «el muy bien publicitado» o «el demasiado aireado» trabajo de Smith. A consecuencia de esas reacciones negativas, declinó una invitación a dar una segunda charla TED y cerró su laboratorio a la prensa. «Se acabó», recuerda haber pensado por entonces. «Ya no me comunico más [con el público].»

Al tipo de represalia profesional que Smith sufrió se le suele denominar «efecto Sagan», por el astrónomo y superestrella de la divulgación científica Carl Sagan. En gran medida por culpa de una popularidad cada vez mayor, hubo de sufrir que sus colegas le ridiculizasen y perdiera varias oportunidades profesionales, entre ellas ser numerario de la Universidad Harvard en los años sesenta e ingresar en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos en los noventa. «La gente decía que le dedicaba más tiempo a divulgar que a investigar en serio», cuenta Joel S. Levine, catedrático del Colegio William & Mary, que discrepaba de esa habladuría. Los dos se hicieron amigos mientras trabajaban en el programa Viking en los años setenta.

Un cuarto de siglo después de su chasco en la Academia Nacional de Ciencias, el efecto que lleva el nombre de Sagan aún persiste. Según diversos estudios realizados en los últimos años, la comunidad científica sigue desalentando a los investigadores que quieren involucrarse con la población, a menos que estén bien establecidos y sean de primer rango. Esta mentalidad priva a la sociedad de contar con la totalidad de conocimientos especializados que necesita para tomar decisiones bien informadas sobre algunas de las cuestiones más complejas de hoy, como la ingeniería genética, el cambio climático o las fuentes alternativas de energía. Silenciar voces en la comunidad científica deja además importantes cuestiones de política y economía al albur de manipuladores, de la inclinación política que sea, reacios a reconocer los hechos. Que haya menos voces científicas significa que habrá también menos argumentos que contrarresten los enfoques anticientíficos o pseudocientíficos.

Al limitar la relación de los investigadores más avezados con el público, el efecto Sagan perpetúa además la impresión de que la ciencia es un predio de hombres blancos entrados en años, los que predominan en la parte más alta del escalafón. Aunque la proporción de catedráticas ha ido aumentando a lo largo de este último par de décadas, y aunque el número de personas pertenecientes a minorías en los puestos más altos se ha incrementado también —si bien no tan deprisa—, disminuir la presencia pública de estos grupos podría desanimar a las mujeres y a las minorías infrarrepresentadas, hasta el punto de que ni siquiera piensen en dedicarse a la ciencia.

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