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Leibniz y el principio de mínima acción

Trescientos años después de su muerte, manuscritos inéditos de Leibniz retratan a un filósofo natural a la altura de Newton.

Leibniz se mostró capaz de automatizar por completo algunos procesos mecánicos. A partir de sus estudios sobre el funcionamiento del sifón, concibió una idea para construir un reloj de agua extraordinariamente preciso. El flujo constante de agua no solo garantizaba el buen funcionamiento de la clepsidra, sino que, gracias a la adición de un sistema de ruedas dentadas que contaba las gotas, automatizaba la medida del tiempo. [BIBLIOTECA GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ, BIBLIOTECA ESTATAL DE BAJA SAJONIA, HANNOVER (LH XXXVII 3 BL. 96 R)]

En síntesis

Leibniz realizó varias contribuciones clave a la física de su tiempo. La publicación reciente de algunos de sus manuscritos inéditos ha reabierto la cuestión sobre su importancia histórica.

El sabio no solo destacó por sus consideraciones teóricas, sino también por su pericia experimental. Fiel al lema theoria cum praxi, siempre buscó la aplicación de sus ideas.

Sus reflexiones sobre el móvil perpetuo allanaron el camino para formular lo que más tarde se convertiría en el principio de conservación de la energía.

Sus ideas filosóficas sobre el «mejor de los mundos posibles» le llevaron a considerar el principio de mínima acción, un postulado fundamental que permite deducir las leyes de Newton.

La física cuenta, como cada ciencia, con sus propias galerías de honor. En lo que respecta a la transición de la estática a la dinámica, que vio nacer la física en sentido moderno, ocupan un lugar destacado Galileo, Christiaan Huygens y, sobre todo, Isaac Newton. A este último, el poeta inglés del siglo XVIII Alexander Pope llegó a atribuirle cualidades casi divinas en un verso muy conocido:

Nature and Nature's laws lay hid in night;
God said, Let Newton be! and all was light.

(«La naturaleza y sus leyes yacían en la oscuridad
Dijo Dios: ¡Sea Newton!, y el mundo se hizo claridad».)

Las distintas historias de la física, en cambio, no tienen mucho que decir sobre Leibniz. Las clásicas, desde la de Ferdinand Rosenberger hasta la de Edmund Hoppe, redactadas a finales del siglo XIX y principios del XX, mencionan ante todo sus trabajos pioneros sobre la ley de la conservación de la energía y el principio de mínima acción. El fisiólogo Emil du Bois-Reymond lo describió con su característica elocuencia en una conferencia sobre Leibniz pronunciada en 1870: «Su obra se encuentra llena de intuiciones brillantes sobre el futuro de la ciencia, pero en esa adivinación se muestra más un genio natural que la fuerza de una línea de pensamiento sistemática».

Con todo, la importancia de Leibniz en la historia de la física fue fijada sin tener en cuenta la totalidad de su rico legado, hasta hace poco difícilmente accesible. Solo ahora, gracias a la edición de obras y correspondencia inéditas, ha quedado ese material al alcance de los investigadores. Ello nos permite reabrir la cuestión [sobre el trabajo de edición de la obra completa de Leibniz llevado a cabo por varias instituciones alemanas, así como la Sociedad Española Leibniz para Estudios del Barroco y la Ilustración, véase «El arte de editar a Leibniz», por Eberhard Knobloch; Investigación y Ciencia, mayo de 2013].

El mismo Leibniz expresó esa idea en una frase dirigida al escritor y filósofo Vincent Placcius: «Quien solo me conoce por mis publicaciones no me conoce». El historiador de la física Ernst Gerland lo comprobó en 1906, al editar una selección de manuscritos científicos y técnicos de Leibniz sobre neumática, acústica, óptica y dinámica. Gerland demostró que Leibniz no solo debía ser considerado precursor de algunos principios físicos fundamentales, sino también un investigador riguroso y original. En sus trabajos sobre acústica, por ejemplo, analizó la propagación del sonido mediante ondas longitudinales, situándose con ello en la vanguardia de la física de su tiempo. A pesar de todo, y conforme al espíritu de la época, Gerland se hallaba tan convencido del extraordinario valor de la obra de Newton que atribuyó a la lectura de los Principia el estímulo inicial de los trabajos acústicos de Leibniz. No obstante, esa hipótesis se torna insostenible tras la publicación, por parte de la Academia de las Ciencias de Gotinga, de la correspondencia entre Leibniz y Günther Christoph Schelhammer, profesor de medicina en la ciudad de Helmstedt.

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