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Actualidad científica

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  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 2009Nº 390

Astronomía

Encélado

Los paisajes rugosos y los surtidores en la sexta mayor luna de Saturno indican la posible presencia de aguas subterráneas.

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Cuando la nave espacial Voyager 2 atravesó el sistema de Saturno hace más de un cuarto de siglo, se acercó a menos de 90.000 kilómetros de la luna Encélado. En el transcurso de unas pocas horas, las cámaras enviaron una secuencia de imágenes que han tenido confusos a los científicos planetarios durante años. Hasta comparada con los poliformes satélites de Júpiter parecía singular. Su superficie helada era blanca y brillante, como la nieve fresca. En algunas regiones, el terreno, liso y desprovisto de cráteres, difería del paisaje acribillado de cráteres de las otras lunas sin atmósfera: era un indicio claro de actividad geológica generada en el pasado desde el interior de Encélado, que con apenas un diámetro de 500 kilómetros no parece que sea capaz de producir calor por sí mismo. Aun así, algo inesperado debió de sucederle para que no quedase rastro de cráteres en esas zonas.

El breve encuentro del Voyager con Encélado permitió sólo un vistazo rápido. Ahora sabemos que hubo muy poca suerte con las regiones de Encélado que fotografió: tomó sólo unas cuantas imágenes de resolución media del hemisferio norte, algunas de baja resolución en el sur y ninguna del polo sur. No teníamos ni idea de lo que nos habíamos perdido.

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