RMN portátil

Una versión portátil de las imponentes máquinas de resonancia magnética nuclear explora la química y la estructura de objetos muy dispares, de momias a neumáticos.
Puede que al lector o a alguna persona conocida le hayan examinado con una máquina de toma de imágenes por resonancia magnética (IRM). Permanecer tendido entre los claustrofóbicos confines de los enormes anillos magnéticos del aparato de resonancia puede resultar estresante, pero el valioso diagnóstico que avanzan las consiguientes imágenes de alto contraste de nuestros tejidos internos compensa cualquier apuro. Una versión más generalizada de esa técnica, la resonancia magnética nuclear (RMN), ofrece también grandes ventajas: permite caracterizar la composición química de los materiales, así como la estructura de proteínas y otras biomoléculas sin necesidad de penetrar en la muestra en estudio.
Desde hace años, sin embargo, médicos y científicos anhelan aparatos portátiles de RMN que puedan emplearse fuera del laboratorio. Imaginemos a personal paramédico con la cabeza cubierta con un casco equipado con un escáner de IRM que localiza coágulos de sangre en el cerebro de quien acaba de sufrir un accidente cerebrovascular, en una ambulancia que circula a toda velocidad. O expertos en arte dotados de espectroscopios portátiles de RMN que determinan la composición química de los pigmentos, lo que les permite distinguir entre cuadros auténticos y falsificaciones.

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