Interpretaciones cuánticas innecesarias

Carlo Rovelli y su visión relacional de la mecánica cuántica.

[Anagrama, 2022]

 

Helgoland
Carlo Rovelli
Anagrama, 2022
216 páginas

Carlo Rovelli es profesor de física teórica en la Universidad de Aix-Marsella y uno de los mayores expertos mundiales en gravedad cuántica de bucles, una de las principales alternativas a la teoría de cuerdas como teoría cuántica de la gravedad. También es un prolífico escritor y divulgador científico. En 1996, publicó un artículo de investigación titulado «Mecánica cuántica relacional», con el que se adentró en el siempre atractivo, pero pantanoso, terreno de las «interpretaciones de la mecánica cuántica». Y ese es el tema central de su último libro, Helgoland.

No está muy claro por qué tendríamos que interpretar la mecánica cuántica, y no las leyes de Newton o los principios de la termodinámica. Sin embargo, Rovelli se adhiere aquí, usando los argumentos habituales (la famosa boutade de Richard Feynman o el debate Bohr-Einstein, que muchos creen, erróneamente, aún abierto), a esa corriente según la cual los físicos no entendemos la mecánica cuántica. Hay quien propone que la clave para descifrarla se encuentra en los «muchos mundos» de Everett o la teoría de Bohm, enfoques certeramente criticados por Rovelli. Según él, en cambio, la piedra de Rosetta que debería hacernos caer del caballo es la comprensión del carácter «relacional» de la naturaleza.

Los experimentos basados en la violación de las desigualdades de Bell han mostrado de manera concluyente que los sistemas cuánticos no poseen propiedades bien definidas hasta que se realiza una medición. En palabras de Niels Bohr, confirmadas en el laboratorio, «la descripción no ambigua de un fenómeno cuántico requiere, en principio, incluir la descripción de todos los aspectos relevantes del dispositivo experimental». Esta es quizá la característica fundamental de la física cuántica. En términos relacionales, podemos decir que las propiedades de los sistemas cuánticos siempre están definidas con respecto a algo: el aparato de medida. (Evitemos la confusa terminología que alude al «observador», aunque no lo haga Rovelli.) Pero si, como admite el autor, la idea relacional ya se hallaba presente en los escritos de Bohr y otros padres fundadores de la física cuántica, ¿por qué necesitamos una nueva interpretación? Según Rovelli, ahora sabemos que «toda la naturaleza es cuántica y no existe nada especial en un laboratorio de física con un aparato de medición». Pero ese es justo el punto más débil de su discurso.

El mismo Rovelli, sin pretenderlo, nos explica por qué, cuando hace una muy oportuna crítica del uso de la física cuántica para justificar pseudociencias, pseudoterapias y misticismos varios: «el mundo es lo bastante complejo para dar cuenta de la magia de la música de Bach, de las buenas vibraciones y de nuestra profunda vida espiritual sin necesidad alguna de recurrir a rarezas cuánticas». Tiene toda la razón, pero ¿no habíamos quedado en que toda la naturaleza es cuántica? ¿No decía el autor que «los dispositivos que efectúan las mediciones, los científicos que los leen, los cuadernos en los que toman notas, los mensajes en los que escriben los resultados de la medición, también son todos ellos objetos cuánticos»?

No, no lo son. Rovelli nos cuenta que su amigo Lee (seguramente Lee Smolin), tras estudiar por primera vez el entrelazamiento, se había pasado horas tumbado «pensando que cada átomo de su cuerpo había interactuado en un pasado lejano con muchos átomos del universo. Así pues, cada átomo de su cuerpo tenía que estar conectado con miles de millones de otros átomos esparcidos por la galaxia... Se sentía mezclado con el cosmos». Rovelli da por bueno este comentario, cuando en realidad debería enmarcarse en el «increíble desfile de tonterías» de los misticismos cuánticos. La superposición cuántica, en la que se basa el entrelazamiento, es muy difícil de generar y de mantener, y desaparece enseguida en contacto con el entorno. Ninguno de los átomos del cuerpo del amigo Lee está ya entrelazado con nada del exterior.

Ese error se repite en toda la parte central del libro. Por más vueltas que le demos al célebre gato de Schrödinger (reconvertido aquí en gato de Rovelli, ya que solo estaría en un estado de superposición entre dormido y despierto: «No me gusta bromear con la muerte de un gato»), no basta con encerrar al felino en una caja con un elemento radiactivo para poner el sistema en una superposición cuántica. Y es que esta requeriría unas condiciones (de temperatura, por ejemplo) incompatibles con la existencia del gato. Schrödinger planteó ese ejemplo mental para subrayar lo ridículo de extender la superposición cuántica a objetos macroscópicos cotidianos, que es precisamente lo que hace Rovelli.

Es en su intento de mostrarnos cómo afectaría la interpretación relacional a nuestra visión macroscópica del mundo cuando la obra naufraga de forma más clara. Rovelli identifica cualquier correlación, como la existente entre la lectura de un termómetro y la temperatura exterior, con el entrelazamiento. Pero el entrelazamiento cuántico es un vínculo especial que va más allá de las «correlaciones clásicas», como la del termómetro. Ese razonamiento le lleva al disparate: si miro una mariposa y veo el color de sus alas, estoy en un estado entrelazado con la mariposa y «no es imposible que se den sutiles fenómenos de interferencia con la configuración donde la mariposa era de otro color». No. Es ciertamente imposible porque no hay ninguna superposición cuántica, ningún entrelazamiento ni ninguna interferencia: solo correlaciones clásicas.

Obviamente, Rovelli no ignora (porque menciona la decoherencia cuántica) que los objetos «clásicos» de nuestra vida diaria no están en estado de superposición. Sin embargo, parece creer que los efectos cuánticos siguen ahí, aunque no sea posible medirlos. Por un lado, eso no es cierto: por ejemplo, el entrelazamiento desaparece (se hace cero, no muy pequeño) por debajo de un cierto valor umbral de superposición. Y, por otro, tal razonamiento contradice las ideas centrales de la interpretación relacional: ¿qué sería esa especie de esencia que no es relativa a nada, ni se relaciona con nada, ya que no se puede medir? ¿Todo es relacional salvo el hecho, indiscutible e inverificable, de que todo es cuántico?

Rovelli refiere una conversación con el filósofo David Albert, quien le pregunta: «Carlo, ¿cómo puedes pensar que experimentos hechos con trozos de metal y vidrio en el laboratorio puedan tener tanto peso como para cuestionar nuestras convicciones metafísicas más profundas acerca de cómo es el mundo?». Rovelli replica: «¿Y cuáles son "nuestras convicciones metafísicas más profundas" sino también estas, solo algo que nos hemos acostumbrado a creer verdadero, precisamente manipulando piedras y trozos de madera?». No es mala contestación, pero elude el punto principal, que yo plantearía así: ¿por qué los experimentos con objetos que siguen leyes cuánticas deberían afectar a nuestra comprensión de objetos que no se rigen por esas leyes? La intención de este libro (que saquemos todo tipo de conclusiones filosóficas a partir de la interpretación relacional de la física cuántica) fracasa si no damos respuesta a esa pregunta.

Rovelli es, sin duda, un buen escritor y una persona culta, dos rasgos que le distinguen de muchos de sus colegas. Disfrutamos con sus referencias a Robert Musil, Luigi Pirandello o Shakespeare, que van apareciendo de manera natural en este libro, como en todos los suyos. Le perdonamos sus divagaciones sobre el revolucionario soviético Aleksandr Bogdánov y el filósofo indio Nāgārjuna. Nos gusta imaginárnoslo tomando té en Ontario, mientras acaricia a su gato y fuera cae la nieve. Pero aquí, entre la niebla de Helgoland, se desvía «de su camino un cuarto de legua para correr en pos de una agudeza», como diría Montaigne. Tal vez la mecánica cuántica no necesitaba de tanta interpretación y sí de una mejor explicación, una que evite la confusión con la física clásica.

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