Traumas intergeneracionales

Las experiencias adversas de los padres dejan huellas epigenéticas en sus hijos.

[JOYCE HESSELBERTH]

En síntesis

Las experiencias traumáticas vividas por una persona pueden afectar a la siguiente generación a través de diversas vías relacionadas con alteraciones en el funcionamiento de los genes.

Esa respuesta epigenética explica la persistencia de los efectos del trauma y podría hacer que los hijos de padres traumatizados fueran más propensos a sufrir trastornos mentales.

Sin embargo, es posible que los efectos epigenéticos también preparen a los descendientes para lidiar con dificultades similares a las que afrontaron sus progenitores.

Después de que las Torres Gemelas se desplomaran, en medio de una nube de humo y horror, el 11 de septiembre de 2001, el personal sanitario de la Escuela de Medicina Icahn del Monte Sinaí se ofreció a examinar a cualquiera que hubiese estado en la zona, para determinar su exposición a toxinas. Entre las personas que acudieron a la revisión había 187 mujeres embarazadas. Muchas estaban conmocionadas, y un colega me pidió que colaborara en su diagnóstico y seguimiento. Corrían el riesgo de desarrollar un trastorno por estrés postraumático (TEPT) y experimentar reviviscencias (flashbacks), pesadillas, insensibilidad emocional u otros síntomas psiquiátricos durante años. ¿Y los fetos? ¿Corrían algún peligro?

Mi equipo de investigación sobre el trauma formó con premura a los profesionales de la salud para evaluar y, en caso necesario, tratar a esas mujeres, a las que hicimos un seguimiento durante el resto del embarazo y tras el parto. Al nacer, los bebés eran más pequeños de lo normal, el primer síntoma de que el trauma causado por los ataques al World Trade Center había llegado al útero. Nueve meses después, examinamos a 38 de las mujeres y a sus bebés cuando vinieron a una visita de control, y las evaluaciones psicológicas mostraron que muchas de las madres habían desarrollado TEPT. Y las que lo sufrían presentaban niveles excepcionalmente bajos de cortisol (una hormona relacionada con el estrés), un signo que los investigadores estaban empezando a asociar con el trastorno.

Para nuestra sorpresa y alarma, la saliva de los bebés de nueve meses de las mujeres con TEPT también mostraba concentraciones bajas de cortisol; el efecto era más pronunciado en los bebés cuya madre se encontraba en el tercer trimestre del embarazo en aquel aciago día. Justo un año antes del atentado, un equipo bajo mi dirección había notificado niveles bajos de cortisol en los hijos adultos de supervivientes del Holocausto, pero lo achacamos a que habían sido criados por padres que sufrían las consecuencias emocionales persistentes de un trauma grave. Ahora parecía como si el trauma dejara una huella en los descendientes incluso antes de nacer.

En las décadas transcurridas desde entonces, las investigaciones de mi grupo y otros han confirmado que las experiencias adversas pueden afectar a la siguiente generación a través de distintas vías. La más evidente tiene que ver con el comportamiento parental, pero las influencias durante la gestación e incluso los cambios en los óvulos y espermatozoides también podrían desempeñar un papel. Y todos esos canales parecen relacionados con procesos epigenéticos: aquellos que modifican la expresión de los genes sin que varíe la secuencia del ADN. La epigenética podría explicar por qué los efectos de un trauma a veces persisten mucho tiempo después de que haya desaparecido la amenaza inmediata, y también interviene en las distintas vías que transmiten el trauma a las generaciones futuras.

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