Vida en el océano profundo

Los nuevos hallazgos en el fondo marino nos obligan a revisar nuestra visión sobre la vida.

El Orpheus, de la Institución Oceanográfica de Woods Hole, ha sido diseñado para maniobrar a las mayores profundidades de forma autónoma y en grupos de vehículos, así como de posarse sobre el fondo para tomar muestras durante el viaje. [Evan Kovacs/© Institución Oceanográfica de Woods Hole]

Durante más de cincuenta años, la exploración del océano profundo ha sido una fuente continua de descubrimientos que han hecho cambiar nuestra comprensión de la vida en el océano, en tierra firme e incluso fuera de nuestro planeta. Así lo ilustran los tres acontecimientos siguientes.

El 16 de octubre de 1968, el cable que unía el submarino Alvin a un buque oceanográfico se rompió a 1000 millas de Nantucket, en Massachusetts. Los tres miembros de la tripulación lograron escapar sanos y salvos, pero el submarino se hundió hasta el lecho marino, a más de 5000 metros de profundidad. Casi un año más tarde, cuando se reflotó el Alvin, la sorpresa fue mayúscula al comprobar que el almuerzo de la tripulación, compuesto de sándwiches y manzanas guardados en un recipiente de plástico, se había conservado extraordinariamente bien. Las pruebas bacteriológicas y biológicas corroboraron esa primera impresión. Incluso hubo quien se atrevió a probarlo. Experimentos posteriores realizados en el laboratorio de la Institución Oceanográfica de Woods Hole, desde donde escribo este artículo, demostraron que la degradación microbiana de las muestras analizadas era entre diez y cien veces más lenta de lo esperado. Este descubrimiento, junto a otros, llevó a la conclusión de que la tasa metabólica y el crecimiento de los organismos del mar profundo eran muy inferiores a las de especies similares de la superficie del océano.

En 1977, los investigadores a bordo del restaurado Alvin realizaron otro descubrimiento histórico: la primera observación de vida en torno a un manantial hidrotermal caliente que se elevaba del fondo marino. Aquella visión derribó la creencia, largo tiempo sostenida, de que la toda la red trófica del planeta dependía de la fotosíntesis, el mecanismo que permite emplear la energía de la luz solar para convertir el agua y el dióxido de carbono en carbohidratos complejos y oxígeno. Los organismos hidrotermales, y todo su ecosistema, proliferaban en la oscuridad más absoluta. Transformaban los compuestos disueltos en el agua de la surgencia en otros capaces de sustentar la vida mediante un proceso conocido hoy como quimiosíntesis.

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