Anatomía de un huracán

Mientras volaban a través del huracán Dennis para medir su furia, los físicos esperaban que, con suerte, la perturbación se convirtiera en algo terrible.

Base McDill de la Fuerza Aérea, en Florida, 29 de agosto de 1999, 13:52 hora local. Terminada la charla sobre seguridad, todos tienen abrochados los cinturones en el interior del avión, un cuatrimotor turbohélice WP3D. El aparato, abarrotado de ordenadores, cuatro radares diferentes y múltiples instrumentos más, echa a andar por la pista. Las horas precedentes habían sido una metáfora del huracán: un viaje organizado a toda prisa, un vuelo a las seis de la mañana desde Baltimore y, después, sesiones de información con la tripulación, intercaladas entre aceleradas explicaciones de Frank W. Marks, jefe del grupo de científicos a bordo.

Nuestro destino es un huracán real, el Dennis. Localizado a 290 kilómetros al este de Jacksonville, se halla en pleno giro sobre sí mismo y alimenta vientos de 145 kilómetros por hora. Amenaza ambas Carolinas. En tierra, atemorizados veraneantes y residentes de las islas de barrera de Carolina del Norte aseguran las ventanas, cargan las maletas en los coches y huyen del huracán que se avecina. Pero Marks y su equipo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) miran a Dennis con esperanza, sin temor. Si nuestro vuelo a través de sus brazos curvos se desarrolla de acuerdo con lo previsto, la perturbación arrojará luz sobre un misterio central de los huracanes y tifones: el agente determinante de que ese meteoro aumente su furia o se calme hasta convertirse en una inofensiva zona de baja presión. ¿Es ese agente el océano situado a sus pies o son los vientos superiores?

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