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Mantener la cordura en el espacio

Para las misiones de años enteros no bastará tener buen temple. Se necesitará una preparación psicológica especial.

Mientras flotaba en el módulo de entrada de la estación espacial Mir, Andy Thomas comprendió que la aventura no iba a ser fácil. Para el astronauta australiano fue como arrastrarse por la oscura galería de una mina agarrando una cuerda de nudos entre bultos de equipo. El incómodo trayecto desembocó en un menguado compartimento con techo y paredes ilustradas con manchas de café, en las zonas no cubiertas por cajas metálicas, libros y tubos desordenados. Ese iba a ser el hogar de Thomas y otros dos cosmonautas durante cinco meses de 1998.
Aquella experiencia fue como una escapada de fin de semana si se la compara con una misión de ida y vuelta a Marte, en la que los astronautas se encerrarían hasta ocho meses seguidos en una cápsula y permanecerían dos años y medio aislados del resto del mundo, viendo las mismas caras día tras día, sufriendo los trastornos de la ingravidez, sin momentos de soledad. Viajar a Marte, que debería ser una de las mayores aventuras de la humanidad, podría convertirse en una frustración humillante si al planear las misiones no se idea el modo de evitar que los exploradores del espacio se vuelvan locos unos a otros.

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