El largo brazo de la segunda ley

La naturaleza nos muestra numerosos ejemplos de orden surgiendo del caos, como si desafiaran a la segunda ley de la termodinámica. Una nueva teoría resuelve la aparente paradoja.
La ciencia ha proporcionado a la humanidad alguna que otra decepción. Ha impuesto límites a nuestro desarrollo tecnológico; es el caso de la imposibilidad de alcanzar la velocidad de la luz. No ha acertado a superar definitivamente nuestra vulnerabilidad al cáncer y a otras enfermedades. Nos ha puesto delante de los ojos hechos fatídicos, como el cambio climático. Pero de todas las contrariedades, la existencia de la segunda ley de la termodinámica podría, quizá, ser la más importante. Nos revela que vivimos en un universo que se torna cada vez más desordenado y que no hay nada que podamos hacer para cambiar esa tendencia. El mero acto de vivir contribuye a la inexorable degradación del mundo. No importa cuán avanzadas puedan llegar a ser nuestras máquinas, no se librarán jamás de la pérdida paulatina de energía; por consiguiente, al final dejarán de funcionar. La segunda ley no solamente acaba con el sueño del móvil perpetuo, sino que indica que el cosmos agotará un día su energía y caerá en un eterno letargo, en una muerte térmica.
Irónicamente, la ciencia de la termodinámica, a la que la segunda ley pertenece, proviene de una época, mediados del siglo xix, de enorme optimismo tecnológico. La invención de la máquina de vapor, que comenzaba a transformar el mundo, hizo que Rudolf Clausius, Nicolas Sadi Carnot, James Joule y Lord Kelvin desarrollaran una teoría sobre la energía y el calor que explicara su funcionamiento y mostrase por qué su eficiencia era limitada. A partir de entonces, la termodinámica se ha convertido en una de las ramas más importantes de la física y de la ingeniería. Es una disciplina general que trata de las propiedades colectivas de los sistemas complejos, y no sólo de las máquinas térmicas, sino también de las colonias de bacterias, las memorias de los ordenadores e incluso de los agujeros negros del cosmos. Todos estos sistemas evolucionan de un modo similar, bajo el dictado de la segunda ley.

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